Si bien hubo poca discusión pública al respecto, los votos de la clase media jugaron un papel no menor en la campaña para la elección nacional del domingo. Esta afirmación no se basa en una indagación rigurosa sobre el comportamiento electoral de ese agregado de contornos e ideologías tan difusas (las bases de datos y técnicas para investigarlo existen, pero la controversia sobre su delimitación probablemente subsista incluso con mejores datos). Más bien, el protagonismo de la clase media en la campaña se deduce de la sensación (confirmada por algunos participantes directos) de que algunos de los partidos contendientes fueron persuadidos de la necesidad de captar ese electorado, y ajustaron sus estrategias para lograrlo.

Lo que sigue son algunas razones por las que es peligroso (especialmente para las organizaciones políticas de izquierda) prestar demasiada atención a las veleidades de esa categoría social aparentemente tan influyente en las campañas.

Todos somos de clase media. Esta constatación sí deriva de estudios sistemáticos.* Los sesgos de percepción que tenemos ciudadanos de diversas profesiones, ideologías, niveles de ingresos o perfiles culturales hacen que nos veamos mucho más cerca del centro de la distribución de los recursos que lo que realmente estamos. Esto se verifica tanto para los que están por encima de lo que las definiciones “objetivas” delimitarían como clase media como para aquellos que objetivamente están por debajo. Siendo así, la autopercepción define una clase media que seguramente es mucho más heterogénea que lo que el discurso político reconoce.

Ser de clase media es bueno y digno del favor de las políticas públicas. Esta caracterización es más difícil de explicar, pero seguramente deriva de la imagen extendida de que “los del medio” han podido sortear las trampas de la necesidad a fuerza de trabajo y sacrificio, sin caer en los vicios de la opulencia (es decir, del dispendioso vivir a costa de los esfuerzos de antepasados astutos o taimados).

Esta autopercepción que tiende a autojustificación es frecuentemente insincera al menos por dos razones: no reconoce la cuota de “suerte” (y de transferencias públicas de variada naturaleza, como la enseñanza gratuita) que seguramente tuvo algo que ver con que antepasados o contemporáneos escaparan de la privación; y abraza el mismo fetichismo del consumo que condena en los ricos, toda vez que el ciclo económico se lo permite; incluso aunque implique abandonar una solidaridad que practica con más entusiasmo cuando le toca pedir que cuando se le impone dar (por ejemplo, más cuando se trata de pedir que no se recorten jubilaciones que cuando se debaten transferencias a hogares pobres con niños). Con el riesgo de caricaturizar, y de errar precisamente por asumir una homogeneidad que se declaró imposible, cabe dudar de la “virtud” genérica de la clase media, y por ende de su prioridad ante las políticas públicas.

Pero más preocupante que tener una clase media desinformada, contradictoria o egoísta es que los partidos (sus equipos de campaña o principales liderazgos) corran a elaborar propuestas presuntamente orientadas a recuperar el favor de estos segmentos. En especial, un partido de izquierda que busca su tercer período consecutivo de gobierno procurando avances en la equidad corre algunos riesgos específicos e importantes con esta estrategia.

1) Ineficacia. El primer riesgo es no conseguir lo que se busca. La heterogeneidad “objetiva” de la subpoblación que se autodefine como clase media hace que sea imposible conformar a todos sus miembros. La elevación del mínimo no imponible del Impuesto a las Rentas de las Personas Físicas seguramente sería cuestionada por segmentos que seguirían siendo afectados por ese impuesto con nuevas categorías, a pesar de ser “tan de clase media y trabajadores como los beneficiados”. Si lo que se procura con el intento de seducción a la clase media es ganar votos, es posible llegar a perder tantos como se ganen (recuérdense los errores de autopercepción y súmese a ellos la alta valoración de las diferencias relativas entre los votantes, verificadas por estudios del consumo o determinantes de la felicidad).**

2) Deudas adquiridas. Independientemente de que logre atraer a algunos votantes, una campaña de favores o señales de simpatía hacia la clase media hace que quien la lleva a cabo legitime la categoría (como vimos, difusa y algo caprichosa), y al mismo tiempo asuma compromisos electorales que le serán reclamados. Un gobierno de izquierda seguramente tendrá que aumentar impuestos en el próximo período. Una política comprehensiva de reducción de la desigualdad seguramente requerirá dialogar y negociar con actores autodefinidos como clase media, pero objetivamente privilegiados en grado suficiente para que tenga sentido imponerles un aporte fiscal mayor. Si bien la reforma tributaria de 2006 mostró que las confusiones sobre la ubicación de los ciudadanos en la escala social no tienen por qué imposibilitar reformas redistributivas, tampoco parece que se justifiquen ni contribuyan las promesas generosas diseñadas en el fragor de una campaña.

3) Dilución de los objetivos. Seamos pragmáticos: los ajustes de campaña realizados porque se tiene la impresión de estar perdiendo el respaldo en algún segmento social importante son inevitables, y difícilmente esto vaya a cambiar pronto. Sin embargo, una conducción de campaña tiene en alguna medida la capacidad de incidir en el vínculo entre votantes y organización política. En temas de redistribución, sumarse a un “culto a la clase media” no parece transmitir con claridad qué desigualdades importan y deben ser corregidas desde el punto de vista de la izquierda, y qué razones justifican determinadas formas de acción contra la injusticia. El entorno de una campaña electoral puede ser poco apropiado para discusiones abstractas o centradas en sutilezas, pero sería preferible que las respuestas apresuradas no cierren puertas a un debate que sería bueno que se profundice cuando el país recupere algo de normalidad.

* Guillermo Cruces, Ricardo Pérez-Truglia y Martín Tetaz (2011), “Biased Perceptions of Income Distribution and Preferences for Redistribution: Evidence from a Survey Experiment”, IZA DP, Nº 5699.

** Robert H Frank (2007), Falling Behind: How Rising Inequality Harms the Middle Class (1ª edición), University of California Press. Carol Graham (2005). “The Economics of Happiness”, World Economics, 6(3), 41-55.