No todos los días se tiene la oportunidad de reseñar un disco de jazz de un artista uruguayo (de hecho, si nos ponemos estrictos y puristas, “jazz uruguayo” es un oxímoron, como “tango inglés” o “milonga canadiense”), y, mucho menos, un disco de jazz muy bueno. Pero a veces se alinean los planetas y aparece un disco como Between Loves, de Florencia González, y se dan las dos cosas.

Florencia González es saxofonista, nació en Montevideo y hace más de diez años que está radicada en Estados Unidos, en donde estudió composición de jazz, en el Berklee College of Music de Boston -que es algo así como el Barcelona de los institutos de enseñanza de música popular y contemporánea en general, y de jazz en particular-. González vive actualmente en Nueva York, y fue allí donde grabó Between Loves, un álbum con material cultivado en los primeros años de su estadía en el país del norte. A diferencia de la formación con la que toca habitualmente -una big band, con la que grabó su anterior disco, Woman Dreaming of Escape (2012), editado de forma independiente-, en esta oportunidad grabó con un ensamble más chico, un sexteto: Florencia González (saxo tenor), Jonathan Powell (trompeta y fiscorno), Shannon Bernett (trombón), Luis Perdomo (piano), Fernando Huergo (bajo) y Franco Pinna (batería). Así las cosas, como discos de este tipo no se reseñan todos los días, vale la pena realizar una pequeña disección y adentrarnos en cada una de las siete piezas que lo componen.

El álbum empieza con un homenaje a Hugo Fattoruso, con una versión de uno de sus tantos clásicos: “Hurry” (aquel que dice: “Giros en los balcones, / giros de tus polleras, / cantás en las canciones del alma, / ay ay ay”). La pieza tiene arreglos de González que varían la melodía principal irradiando el mismo swing que desprende el tema original -y toda la obra de Fattoruso, vamos-. Mientras la mente se deja llevar por el saxo, cuando queremos acordar, la pieza ya terminó, y los casi siete minutos -aunque parezca mentira, en este mundo fragmentado, rápido y líquido- parecen quedar cortos.

“Weird Pericon” (“Pericón raro”) es la pieza del disco en la que más se abrazan el género jazz con las raíces rioplatenses; ya de arranque, con el distintivo ostinato (es un motivo que se repite casi de forma obsesiva; similar concepto que el de riff en el rock) del pericón, que empieza a desplegar el solitario piano, para luego sumarse el saxo con coloridos dibujos que en algunos trazados bordean la melodía periconera del piano y se mimetizan con ella. Iniciando la mitad de la pieza, el asunto se pone más movido al aumentar el tempo -el ostinato queda a cargo del bajo-, momento en el que el saxo se expresa a sus anchas, para luego retomar el tempo lento y volver a juguetear con la melodía principal. Probablemente a muchos escuchas se les vengan a la mente, como un rayo, imágenes y sensaciones de sexto de escuela: la túnica, el pañuelo en el cuello, la intriga de si la pareja de baile será la compañerita/o que les gustaba desde tercero, la vergüenza de danzar frente al público, etcétera. Todo esto matizado por el jazz, que puede confundirnos y hacernos creer que fuimos a una escuela pegada al Village Vanguard, en la séptima avenida de Nueva York.

“Woman Dreaming of Escape” es otro tema en el que se entrelaza el jazz con otro género de por acá: el tango. La pieza está inspirada -según señala González en el booklet- en la música de Osvaldo Pugliese, Igor Stravinsky y la obra del pintor surrealista catalán Joan Miró (el nombre de la pieza surge del de la pintura “Mujer soñando con la evasión”). Aunque, por momentos, el tema parece tener ribetes -por lo menos, a eso sonó en la cabeza de quien esto escribe- de Astor Piazzolla, en particular, del disco Libertango (1974) -por supuesto, probablemente Piazzolla se haya inspirado en Pugliese; es difícil delimitar la intertextualidad sonora-.

“Woman Dreaming of Escape” es un buen ejercicio para el escucha, porque implícitamente plantea una cuestión sobre la que mucho se ha escrito y nunca deja de ser interesante: cómo la música pura, es decir, sin letra, puede evocar o estar inspirada en imágenes, siendo el arte más abstracto de todos. En este caso, estamos ante una especie de sinestesia: determinadas imágenes generan sentimientos, sensaciones, etcétera, que el músico transforma en sonidos. El ejercicio puede ser escuchar la pieza y mirar el cuadro, para intentar establecer la conexión o tratar de asimilar esas sensaciones. Dado que se trata de una obra surrealista, puede ser un viaje por demás interesante.

El déjà vu escolar vuelve con “Zamba por José Gervasio” (¿hay que aclarar que es por Artigas?), que, según comenta González en el booklet del disco, está inspirada en las canciones populares que se cantan en la escuela. Curiosamente -o, quizá, no tanto- la pieza tiene aroma a melancolía, en particular algunos pasajes de saxo. El break, en el que el bajo improvisa inquietas líneas sobre el colchón del piano y la tímida batería, se roba el tema.

Dado que González toca el saxo, no puede faltar el homenaje al pope, John Coltrane. “The One Who Never Was” se titula el tributo al legendario saxofonista estadounidense, que rítmicamente es en esencia un candombe (con ribetes de Opa). El homenaje a Coltrane se palpa en el uso de los Coltrane changes (“cambios Coltrane”), como se conoce en la armonía del jazz a las progresiones de acordes introducidas por Coltrane en piezas como “Giant Steps” y “Countdown” -ambas de Giant Steps (1960)-, en las que estableció los centros tonales a una tercera mayor de distancia (son los detalles con los que se regocijan los musicólogos mientras fuman sus pipas de tabaco mentolado en algún coqueto bar). De cualquier manera, el melómano promedio, al que quizá no le interesa saber demasiado sobre la cuarta, la quinta, la caída en menor y la subida en mayor (dijera Leonard Cohen en su “Hallelujah”), seguramente reconocerá la paleta de colores coltreana al instante.

Otro homenaje del disco -pero más privado y menos reconocible- es “Chacarera for Greg”, dedicada a Greg Hopkins, primer profesor de composición en el Berklee College de González, en la que también se mezclan ritmos de por acá, como su nombre lo indica, y que sirve como antesala de “Between Loves”, la pieza de cierre y la estrella del disco -no en vano el álbum se llama así-, que de pique desparrama una corta pero expresiva melodía de vientos que oficia de leitmotiv de la obra. La pieza está basada en un motivo armónico de dos acordes que, según explica González, son dos polos en cambio constante que evolucionan en diferentes variaciones y diferentes contextos. “Dos polos, ésa es la idea del álbum, y uno dividido entre estos dos amores. Todo coexiste, pero en un equilibrio inestable”.

En las composiciones de González coexisten de forma equilibrada -pero no inestable- la mezcla del jazz con los géneros rioplatenses, formando un ensamble rico que nunca suena forzado ni a pastiche -esto es importantísimo- y en el que, antes que todo, prima el jazz. En definitiva, Between Loves es un disco que no defraudará a los amantes del jazz; y los que todavía no lo son, pueden empezar dándole un beso con este disco.