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Cultura | Viernes 12 • Febrero • 2016

Contra los traficantes del olvido

“El hombre rojo no fue capaz de entrar en el reino de la libertad que había soñado alrededor de su mesa de cocina”, afirmó Svetlana Alexiévich al recibir el premio Nobel. Así fue como muchos escuchamos por primera vez el nombre de esta periodista y escritora bielorrusa, y los títulos de sus novelas polifónicas, que iluminan episodios claves del siglo XX como el accidente de la central nuclear de Chernóbil o la Segunda Guerra Mundial, reconstruyendo una infinidad de puntos de vista. Es que Alexiévich se ha atrincherado en el terreno del drama, para observar con cautela las experiencias más terribles y desoladoras.

Del otro lado del Atlántico, La guerra no tiene rostro de mujer (1985) la convirtió en la escritora del momento. El manuscrito fue rechazado e ignorado durante años con el argumento de que manchaba la imagen heroica de la participación soviética en la Segunda Guerra Mundial, y que socavaría la autoimagen al respecto de los convencidos a ultranza. Pero, como siempre sucede en estos casos, cuando llegó la Perestroika y los mitos soviéticos comenzaron a temblar, el libro se publicó en Moscú, un ejemplar cayó en las manos de Mijaíl Gorbachov, que decidió elogiarlo en un discurso por el aniversario de los 40 años del fin de esa guerra, y ahí empezó la escalada: vendió dos millones de ejemplares, cada seis meses se imprimía una nueva tirada, y pronto llegaron adaptaciones al teatro y al cine.

La guerra no tiene rostro de mujer recoge muchísimas voces de mujeres soviéticas que combatieron en aquella guerra, y a partir de sus distintos recuerdos construye un documento espeluznante, en el que se evidencian la esencia humana, la adrenalina, las reacciones físicas y psicológicas ante situaciones límites, la convivencia con la muerte, la sangre, el odio, el horror y el desesperado deseo de vivir.

“Yo misma recogía los restos quemados”, cuenta María V Zholba, integrante de una organización clandestina. “Recogí a la familia de mi amiga… -continúa-. La gente buscaba huesos, pedacitos de ropa, lo que fuera, tratábamos de reconocer de quién eran. Cada uno buscaba a los suyos. Yo encontré un trozo de ropa y mi amiga dijo: ‘Es la blusa de mi mamá’. Y se desmayó. Pronto comprendes que matar es mucho más difícil que morir”. De esta manera, a través de una selección de 700 entrevistas que la autora realizó a lo largo de diez años, el lector recorre ciudades y pueblos incendiados, viendo desfilar rostros destrozados, brazos y piernas amputados, millones de personas que se escapan con lo puesto, niños, mujeres y ancianos aplastados por tanques o acribillados a balazos, y regimientos enteros reemplazados por mujeres, casi todas voluntarias y menores de 18 años.

Pero lo más impactante de ese mundo tan difícil de imaginar es el relato de las mujeres, y cómo su memoria y sus recuerdos de la guerra se distancian tanto de la memoria heroica de los varones: ellas recuerdan olores, sentimientos, colores, rostros, sonrisas, cómo se escapaban para embellecerse a escondidas con lo que encontraran. Es revelador cómo, en medio de los muertos, el fuego cruzado y el combate cuerpo a cuerpo, a muchas las desvelaba la idea de morir con la ropa vieja y sucia, como si lo que iba a sobrevivirlas determinara el recuerdo ajeno, la memoria del honor y el encanto.

Eso es lo que Alexiévich quiere retener, las voces de los seres anónimos que fueron silenciados, invisibilizados: saber de qué hablaba la gente en su casa, cómo se iban a la guerra y cómo se despedían, cómo se esperaba que volvieran. No busca datos, estadísticas ni informaciones, sino saber qué le pasó a la gente. Y cómo, después, tantas debieron aprender a vivir de nuevo.

El irresistible deseo de vivir

Al comienzo del libro, Alexiévich plantea la dificultad de acceder a la memoria íntima, porque por un lado estuvo la joven de 15 o 16 años que se alistó y vivió el infierno, y por otro está esa misma persona envejecida, con el peso sobre sí de muchas décadas en las que prefirió callar e intentar el olvido.

“No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. De cómo la guerra de la mujer es más difícil que la de los hombres, porque la sociedad no las prepara para eso”, explica.

Aquellas mujeres se enfrentaron a políticas de silencio, de desmemoria, de castigo. ¿Cómo pudo una mujer dejarlo todo y luchar? ¿Qué merece, más allá del mote de “zorra del frente”? A través de los testimonios, parece que la victoria produjo una fragmentación de la memoria, y que Alexiévich, con este trabajo monumental, rescata y sustenta un imaginario colectivo, haciendo posible la reconstrucción de una parte sustancial de la historia, que por indolencia o por mandato se había mantenido en silencio, desde los relatos históricos hasta los cotidianos y también en la prensa.

De hecho, la periodista plantea que el “cómo fue” no está en primer lugar, sino que la inquieta y la espanta otra cosa: “¿Qué le ocurrió allí al ser humano? ¿Qué ha visto y qué ha comprendido?”.

La memoria es más una reconstrucción que un recuerdo, y ante estos testimonios el lector también es parte de esa reconstrucción: “Una memoria de otra memoria, una memoria que es posible porque evoca otra memoria. Sólo podemos recordar gracias al hecho de que alguien recordó antes que nosotros”, decía la italiana Luisa Passerini. Así, conviven múltiples memorias, que se encadenan unas a otras y entre las que parece haber sólo un puente: el quiebre de la guerra.

Al avanzar en la lectura descubrimos que La guerra no tiene rostro de mujer -al igual que Voces de Chernóbil- deja de lado lo singular e irrepetible de una experiencia traumática, en favor de un uso universalizado de la memoria. En ese transcurso es patente cómo se transforma el valor del pasado, y se percibe un gran orgullo por lo vivido, por el recuerdo. Parece que el enfrentamiento entre los “militantes de la memoria” y los “traficantes del olvido” -como los llamó alguna vez Marcelo Viñar- siguiera en pie.

En ese marco, se plantea el gran problema de la selección, ya que la panadera vivió una guerra, la enfermera otra, y así la piloto, la francotiradora, la comandante de fusileros, la paracaidista y la cirujana. La autora decidió franquear ese umbral alternando relatos diversos, de mujeres rusas, ucranianas, bielorrusas, bálticas y de otros orígenes que pelearon en el Ejército Rojo. Y los testimonios varían muchísimo. “Con 19 años me entregaron la Medalla al Valor”, dice una instructora sanitaria. “Con 19 se me quedó el pelo blanco. Con 19 años, en el último combate, una bala me atravesó ambos pulmones, y otra bala me pasó entre dos vértebras. Me paralizó las piernas… Y me consideraron muerta [...]. Cuando volví a mi casa, mi hermana me enseñó el aviso de mi muerte... Hasta me habían enterrado”, cuenta, aún sin poder creerlo.

En cambio, una técnica sanitaria se conmueve recordando los sonidos de la guerra: “A tu alrededor todo zumba, rechina, cruje... En la guerra, el alma del ser humano envejece. Después de la guerra jamás volví a ser joven”. “¿Me preguntas qué es lo más espantoso de la guerra?”, le dice una tiradora. “Seguro que estás esperando que te diga... Ya sé lo que estás esperando... Crees que te voy a responder ‘Lo más espantoso de la guerra es la muerte’. ¿A que sí? Como si no os conociera a los periodistas... Vosotros y vuestros tópicos... ja, ja, ja. ¿Por qué no te ríes? ¿Eh? Para mí, lo más terrible de la guerra era tener que llevar calzones de hombre. Un auténtico horror [...]. Estás en la guerra, te estás preparando para morir por tu Patria, y vas y llevas calzoncillos de hombre. En fin, tienes un aspecto ridículo”. En el recuerdo de que la vergüenza las asustaba más que la idea de morir, a todas las une la misma sentencia: antes no sabían lo vulgar y poco selecta que era la muerte.

Shakespeare se quedaría mudo

Con o sin paradojas, el desmoronamiento del socialismo y la catástrofe de Chernóbil coincidieron. Y Voces de Chernóbil (1997) continúa con el minucioso montaje de relatos y de voces de La guerra..., en una secuencia que se vuelve casi documental. Así, se reconstruye cómo vivieron -de nuevo, tipos comunes y silenciados- el accidente nuclear de 1986, y cómo se trató de ocultarlo, pese a que se trataba del mayor desastre tecnológico del siglo XX, determinante de que muchos vivan aún en la tierra contaminada. La literatura cedió su lugar a la realidad, y esta crónica impensada revive cómo, hasta el día de hoy, la monstruosa cantidad exacta de víctimas no se conoce. Cuando la noticia del accidente llegó a Moscú, se enviaron soldados a “limpiar” el lugar y evacuar a la gente, con la mentira de que volverían en pocos días. Nadie entendía nada, nadie hablaba de radiación, nadie usaba guantes ni mascarillas, en un momento en que la Unión Soviética vivía sus momentos más altos de paranoia.

Pero lo que más le importa a Alexiévich no es qué pasó esa noche, cómo las escuelas organizaban salidas para que los niños vieran las nubes violetas y verdes, quién tuvo la culpa o cómo se intentó ocultar todo a la propia población local -enterrando en secreto a los muertos, manteniendo escondidos a los afectados que padecían-, sino las voces que reconstruyen lo cotidiano: los que se fueron de Chernóbil, los que llegaron, los que se quedaron, los que lo miran de afuera.

En una entrevista de la autora consigo misma, incluida en el mismo trabajo, ella confiesa que mira a Chernóbil como el inicio de una nueva historia, como un enigma que aún debemos descifrar. “Un signo que no sabemos leer. Tal vez el enigma del siglo XXI”. A la vez, aporta una investigación exhaustiva sobre las consecuencias de la catástrofe en la población -no sólo soviética-, y cómo el desastre se propagó debido a la impericia y al desinterés por la vida de tanta gente.

Al leer los testimonios, es inevitable que al lector lo asalten la indignación y la impotencia frente al grotesco. “La gente creía en cualquier texto impreso, aunque nadie escribía la verdad. Ni la decía. Por un lado, la escondían; por otro, no todos comprendían [...]. Luego empezaron a aparecer indicios claros; todos estaban atentos a aquellas señales: mientras en la ciudad o en el pueblo hubiera palomas o gorriones, en aquel lugar se podía vivir. Si las abejas volaban era que el aire estaba limpio. Un día, un taxista me comentaba perplejo: ¿Por qué los pájaros caen como ciegos contra el cristal delantero? ¿Es que se han vuelto locos? Aquello era lo más parecido al suicidio”, recuerda un profesor bielorruso.

En cualquiera de los dos libros parece que la guerra o el desastre no han terminado ni terminarán jamás. Este tipo de periodismo, que rescata los fantasmas olvidados de un mundo arrasado, permanece en conflicto con el terreno de la ficción, definido hace tiempo como una “antropología especulativa” por el escritor argentino Juan José Saer.

Se desdibujan, una vez más, los confusos límites de los géneros, trascendidos por la realidad que se impone: “Usted es escritora. Invéntese algo. Algo bonito. Sin parásitos ni suciedad, sin vómitos... Sin olor a vodka y a sangre... Algo no tan terrible como la vida”.

Aquí, de nuevo, la historia se convierte en una pesadilla de la que sigue siendo imposible despertar.

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