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Deporte | Lunes 29 • Febrero • 2016

Maximiliano Gómez convierte el segundo gol de Defensor Sporting a Danubio, ayer, en el estadio Luis Franzini. Foto: Pablo Vignali

La gente ya no come, por ver a Maxi Gómez

Épica victoria de Defensor Sporting en el clásico ante Danubio.

Maximiliano Gómez nunca se imaginó que el título de una crónica futbolera pudiera acercarlo a uno de los mejores futbolistas que dio el Río de la Plata: Walter Gómez. El Botija, como lo apodaban, nació en el barrio de la Unión, jugó en Central Español, luego en Nacional y en la selección uruguaya, y se hizo inmortal en River Plate de Argentina, donde le entonaban ese cantito que inspiró el nombre de esta nota: “La gente ya no come, por ver a Walter Gómez”.

Maximiliano también es un botija; aún no cumplió los 20 años y ayer de tarde se hizo grande con los dos goles que le metió a Danubio. El chiquilín, nacido y formado en Paysandú, ya había acariciado la gloria cuando Juan Tejera lo hizo debutar en el primer equipo de Defensor Sporting en la Copa Sudamericana, el 15 de setiembre del año pasado. Maxi, corpulento y goleador, saltó a la fama en la definición por penales contra Lanús de esa Sudamericana, cuando se animó y pateó el último tiro que les dio la clasificación a los tuertos. En octubre del año pasado, Tejera le contó a la diaria (http://ladiaria.com.uy/por-la-union) cómo tomó la decisión de mandar a Gómez a definir la tanda de penales: “Vino Fleurquin y me dijo: ‘No sé qué pensás, pero Maxi Gómez me dijo que se tiene fe’. Hice otra consulta a otro jugador y me dijo que estaba cansado y a Romário Acuña lo había sacado del partido. Y, bueno, después de la charla y la motivación, di la lista y dije: ‘El quinto es Maxi Gómez’. Ni lo miré, para no meterle presión. ‘Vamo’ arriba, muchachos, ya hicimos el trabajo’. Y así fue”. La historia del delantero con la gloria comenzó hace unos meses y parece seguir latente.

Hoy te convertís en héroe

El estadio Luis Franzini se vistió de fiesta para recibir esta nueva edición del clásico new age entre Defensor Sporting y Danubio. Si es clásico o no, pregúnteselo a la gente que llenó la cancha. Lo que es seguro es que el partido, para los dos planteles y para los hinchas más jóvenes de cada equipo, tiene un carácter especial. El precioso ambiente que había en el Franzini fue el marco ideal para un partidazo entre dos equipos que querían y necesitaban ganar. Danubio, para meterse en el pelotón de los equipos que están arriba; Defensor, porque estaba último y no había sumado puntos en las tres primeras fechas del Clausura. El objetivo de los de Eduardo Acevedo comenzaba a pintar bien cuando Felipe Rodríguez, el exquisito volante creativo de Juanicó, metió un testazo tremendo tras un preciso centro de Emilio Zeballos. El cabezazo fue tan fuerte que batió el arco del flaco Michael Etulain. Al toque lo empató Danubio, con otro buen cabezazo. El delantero olimareño Gonzalo Barreto marcó para los franjeados y como una tromba pasó el equipo de Luis González y se fue al descanso arriba en el score, por un buen gol de Giovanni Zarfino, que remató con la derecha. La pelota hizo una comba al estilo Jabulani que descolocó al Mono Yonathan Irrazábal, que incluso llegó a tocarla, pero siguió expresa hacia la red. El 1-2 en contra se veía estampado en las caras de los preocupados hinchas defensoristas. Pero el segundo tiempo fue totalmente diferente. Maxi Gómez lo empató a los 61, y quedaba por delante un partido vibrante para ver y sentir. La realidad es que los dos podrían haberlo ganado, sobre todo en el final, porque se dieron palo y palo, se atacaron y buscaron irse vencedores. Pero el empate no conformó a Defensor, que encontró el tercero, otra vez por intermedio de Gómez, cuando se moría el match, a los 54 minutos -el árbitro adicionó unos cuantos porque el partido estuvo parado un rato- y fue una locura. Antes hubo un tiro en el travesaño del paraguayo Esteban Ramírez para los violetas y el 2-2, que parecía no quería salir del placard, se destapó con una jugada de Facundo Castro, que aceleró por el sector derecho de la cancha y mandó el centro para que el héroe de la tarde metiera el cabezazo de la gloria y resonara por todos los rincones de Parque Rodó y Punta Carretas el grito sagrado del fútbol: ¡la viola, nomá!

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