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Cultura | Jueves 25 • Febrero • 2016

Don Timoteo en el Velódromo. Foto: Pablo Vignali

Murgón con dueños

Momograma – Don Timoteo.

Al observar el panorama de las murgas que participan este año, encontramos que, como en los últimos tiempos, coexisten las que tienen dueños y las cooperativas. La primera modalidad ha sido la histórica en el carnaval uruguayo: una persona o grupo de personas registra por un valor económico a su murga en el carnaval mayor, contrata, en función de sus gustos y su capacidad de pago, a integrantes, letristas, vestuaristas, iluminadores y puestistas, y arma sus espectáculos. En cambio, las murgas cooperativas de las nuevas generaciones, por lo general provenientes de la “murga joven”, se organizan en comisiones y se manejan con el dinero que la propia murga genera, ya sea por su propia participación en el carnaval o mediante festivales para recaudar fondos. Hoy en día, los festivales durante los ensayos se han convertido en una vidriera también para las murgas que poseen dueños/responsables.

Hay quienes opinan que las murgas cooperativas tienen más merecimientos por su esfuerzo, o que las que tienen dueños son las que terminan peleando los primeros puestos en el concurso, a veces sin presentar un buen espectáculo. Pero se han visto muchos ejemplos de que el dinero no siempre logra un espectáculo de calidad, y se puede discutir si la calidad es “comprable”, mediante la contratación de figuras reconocidas y con vasta experiencia. También nos podemos preguntar si realmente se puede hablar de competencia entre una murga cooperativa que realiza a pulmón sus espectáculos y otra que posee un dueño dispuesto a pagar lo necesario para pelear el primer premio. En todo caso, son dos caminos distintos. Se podría decir que la cuestión es si se busca ganar o hacer murga, ganar o salir a divertirse, pero lo real es que se busca ganar haciendo murga, y que si bien todos los conjuntos dicen que salen a divertirse, todos, aunque no lo digan, salen a ganar.

Una de las murgas con dueño que presentan un buen espectáculo este año es Don Timoteo. Como todas las que dependen de alguien que aporta el dinero y toma las decisiones, tiene hinchas y contras; algunos destacan ante todo que es un murgón, mientras que otros sostienen que su formación de elite es cuestión de plata. Sea como fuere, entró a la Liguilla y es una de las potenciales ganadoras del primer premio. Sale bajo la responsabilidad de los ex jugadores de fútbol Rafael Perrone, Álvaro Recoba y Antonio Pacheco -con ese solo dato suma hinchada- y la integra una selección de figuras que se han destacado antes en otras murgas, como Pablo Aguirrezábal, Martín Angiolini, Rafael Cotelo, Gerardo Dorado y Marcelo Pallarés. Su espectáculo, titulado Creer o reventar, fue lanzado en una rueda de prensa, una auténtica novedad en el carnaval.

Ambas puntas, presentación y retirada, son exquisitas en letra y música, con canciones que seguramente quedarán sonando. El espectáculo es guiado por tres personajes interpretados por Martín Sacco, Cotelo y -destacándose especialmente- Aguirrezábal con sus constantes desvaríos. Se juega continuamente con un personaje ficticio fuera de escena, un francotirador llamado William, que amenaza la vida de Aguirrezábal en varias ocasiones.

En el medio, los minicuplés se suceden con altibajos (mayor o menor efecto, más cómicos o más críticos), enrabados por la participación de los tres personajes que guían. La introducción del espectáculo trae su tema central, creer o reventar, y nos lleva a la realidad del gobierno nacional y los reclamos en la educación. Sigue un pasaje cómico, que quizá sea uno de los menos eficaces, en torno a las presuntas milanesas de pollo que se consumen en los bares. Luego la murga se dedica al fútbol local, la FIFA y la eventual organización de un Mundial en Uruguay. Hay intentos fallidos de homenaje a la mujer, a los ancestros africanos y al Mercosur, y ese pasaje se cierra con uno de los momentos altos del espectáculo, que describe al medio Uruguay que se queja y baila con la derecha. A continuación, se nos presenta la evolución del relato de vida que un padre transmite a su hijo, y cómo han cambiado las historias de revolución. El padre que ya vivió una juventud rebelde se conforma hoy con lo que hay, y cuando el hijo llega a ser papá debe crear su propio cuento.

La sucesión de minicuplés desemboca en una canción final de las que nos ha acostumbrado a esperar esta murga, cantada magníficamente por Gerardo Dorado y Nicolás Grandal, en la que se nos invita a perder el juicio y dejar que todo se nos escape de las manos. A la disyuntiva entre “creer o reventar” se le plantea otra opción: empezar a disfrutar del juego.

El espectáculo concluye con una despedida que homenajea al cantautor Alfredo Zitarrosa, que este año cumpliría 80 años, y nos invita a cantar. Se destaca el trabajo musical del director, Martín Angiolini, que logró hilar en seis minutos las canciones que se pueden considerar más destacadas en la carrera del homenajeado.

Muchas veces he oído que una buena despedida compensa todas las disparidades que pueda tener el espectáculo de una murga. En este caso, la despedida es bellísima, y aunque se justificaría un análisis en profundidad de su texto y su música, a veces sólo es necesario escuchar y dejarse llevar.


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