Ir al contenido

Cultura | Jueves 18 • Febrero • 2016

Rolling Stones, el martes en el estadio Centenario. Foto: Federico Gutiérrez

Pasamos la noche juntos

The Rolling Stones en el estadio Centenario.

Existen acciones por demás simples que la mayoría de las veces no significan nada relevante, pero que en un contexto determinado adquieren un sentido extraordinario, casi religioso. Cuando se apagan las luces en la casa del vecino, no pasa nada; el buen hombre se habrá ido a dormir con su amada esposa. Pero cuando la oscuridad se apodera de golpe de un concierto de The Rolling Stones quiere decir que llegó la hora. Y no cualquier hora, sino la de ver el show de rock en vivo por excelencia. El público se amontona, grita, chifla, se emociona; mira fijamente, con un brillo en los ojos digno de Alex DeLarge cuando en La naranja mecánica le muestran una mujer desnuda para comprobar si el método Ludovico sirvió de algo. La sensación es de verdad única e inexplicable. Los fanáticos del grupo seguro lo entenderán, pero los que no lo son, también, porque igualmente tienen un corazón que les late en el pecho.

Rituales

Al final, hay que creerle a Mick Jagger cuando en “Start Me Up” -la primera que sonó en el Centenario- canta que nunca va a parar. Porque no para. Pero lo que más asombra es su voz, no hay diferencia con la que ostentaba hace 20 años. Sigue potente, firme, desparramando lascivia y actitud con la gola. Apenas Charlie Watts dio el primer golpe a su batería, el público que estaba de pie en la cancha empezó a saltar con fervor. Después arremetieron con aquella declaración de principios de 1974 llamada “It’s Only Rock ‘n Roll (But I Like It)”, y el estadio palpó el entretejido de guitarras de Keith Richards y Ronnie Wood.

Richards tiene 72 años, y ya no toca como cuando tenía 26, pero no queda otra que aplaudir el sonido que le saca a su Gibson ES 335 cuando toca los aparentemente simples punteos de notas dobles a lo Chuck Berry.

Jagger hizo el saludo que marca el protocolo, y dijo “por fin en Uruguay, ta”; la primera frase personalizada basada en nuestras expresiones vernáculas que leyó en su teleprompter -la pantallita que está ubicada en el piso del escenario y en la que también se muestran las letras de las canciones-. A lo largo del show expresó cosas parecidas a “vamo’ arriba, bo”, o “toquete otra”; habló de Luis Suárez, preguntó si Gardel era uruguayo, dijo que escucharon “candombé”, que Ronnie comió un chivito y que caminaron por la “Midnight rambla”, y tribuneó recordando que en el próximo lugar en que van a tocar es donde se dio el Maracanazo. Mick trata de ponerle entusiasmo al protocolo. Es un poema observar su gesto luego de que lee las frases para el público. Es como un niño chico que terminó sus deberes como pudo en un par de minutos, y se los muestra a la maestra esperando su aprobación.

Joyas

Luego de la versión siempre ajustada de “Tumbling Dice” -que en vivo nunca logró sonar con el groove y el balanceo rítmico de la original de Exile On Main St.- vino el momento de la joya perdida de la noche, con “Out of Control”, la canción más reciente que tocaron (es de 1997), dado que es la primera vez que los Stones vienen a América Latina sin disco nuevo bajo el brazo que presentar. En un sector de las localidades VIP -la parte de adelante del campo-, el público se apagó un poco -quizá no todos conocían esa canción, ya que está lejos de ser un hit-, dejando de lado lo de “fuera de control”. Mientras sonaba el tema, parecía que estábamos viendo un DVD en vivo de la gira de Bridges To Babylon, porque sonó con la misma fuerza o aún más, aprovechando el poderoso estribillo para mostrar toda la parafernalia de luces que despliegan en el inmenso escenario. La parte técnica fue sin dudas la mejor que pasó por este país en materia de recitales. El sonido tenía una definición formidable -por lo menos desde adelante-, con cada plano destacado en su lugar, y las imágenes en pantalla gigante impactaban por la resolución y por el trabajo del equipo de filmación.

El voto popular dio su veredicto, y entre las canciones que la banda dio para elegir, ganó “She’s So Cold”, en una versión mucho más potente que la de estudio incluida en Emotional Rescue (1980), que dio paso a la balada de la noche: “Wild Horses”. Resultó muy emotivo ver a Richards dirigirse hacia su micrófono para cantar cada estribillo, como en los viejos tiempos; imponiendo su tono dulcemente triste a aquello de que los caballos salvajes no nos podrán arrastrar y algún día los vamos a cabalgar. El público le puso color con la correspondiente alza de celulares, que desde lejos parecían luciérnagas saludando a la noche.

En un momento Richards tomó el centro del escenario para digitar un arpegio que a la tercera nota ya hace que se nos erice la piel. Acto seguido, miró para atrás y levantó la mano señalando al señor Watts. “Pa, pa, pa, pa”, la batería retumbaba en el pecho, era “Paint It Black”, y el público del campo empezó a saltar siguiendo el ritmo que marcaba el viejo canoso con sus baquetas tomadas con estilo jazzero. Jagger fue corriendo por la pasarela que bordeaba el escenario y daba para el lado de la tribuna Colombes, y cantó desde la punta. Porque el tipo se come la cancha. Aprovecha todos los espacios. No hay recoveco que no pise o por el que no se mande algún bailecito. Hace valer cada peso de la entrada.

Desempeños

Ya entrando en la mitad del concierto, se podía concluir que la parte más floja de las cuatro fundamentales del grupo es la de Richards. Y no por pifiar, ya que también lo hacía de joven, sino por cierta falta de fluidez en la construcción de los solos, como, por ejemplo, en el de “Honky Tonk Woman” -uno de los más característicos en su trayectoria-, en el que se notó que lo iba hilvanando de a pasos. Cuando pasó al frente para cantar dos temas suyos -luego de que Jagger siguiera el protocolo y presentara debidamente a toda la banda-, se lo notó algo distraído. Quizás una de las razones principales fue el par de canciones que eligió: “Slipping Away” y “Can’t Be Seen”, ambas de Steel Wheels (1989), que no suele interpretar tan a menudo como “Happy” o “Before They Make Me Run” (un dato para stonemaníacos: es la primera vez que Keith toca sus dos temas de Steel Wheels en el mismo show; una elección bastante arriesgada para la primera visita a nuestro país, ya que vaya a saber si aquí todos los conocen). En las dos canciones apenas tocó la guitarra y no siguió del todo la letra. A veces balbuceaba o miraba a los coristas (Bernard Fowler y Sasha Allen) como para tantear cuándo entrar. Antes de arrancar a cantar, dijo “finally, is good to be here” (por fin, es bueno estar acá), para rematar con su clásico “is good to be anywhere” (es bueno estar en cualquier lado). Aun así, el viejo pirata logró emocionar a varios con la preciosa melodía de “Slipping Away”.

Los huecos en el sonido que a veces dejaba Richards eran “rellenados” -esa palabra no le hace justicia, porque lo que realiza es mucho más complejo- con creces por Wood, que es una hormiga obrera de la guitarra; siempre está ahí, haciendo su trabajo como se debe y con perfil bajo -más allá de alguna mueca y correteos-. De cualquier manera, cuando Ronnie puede brillar, lo hace, y cómo. En la orgía guitarrera de blues y rock & roll que se burla del tempo llamada “Midnight Rambler”, el narigón la descosió. Luego la volvió a coser y entretejió con Richards a gusto y placer. La batería de Charlie, siempre certera, sonando contundente, como toda la noche -había que prestarle atención a su respiración, como la contiene, dando la sensación de que está al límite-. Mick jugó con el público al clásico “pregunta y respuesta” (“oh, yeah” / “oh yeah”, etcétera), tocó la armónica como si no hubiera mañana (un rol en el que a veces se lo infravalora), y en la parte lenta y blusera de la canción se mandó un pequeño guiño a Robert Johnson, cantando “come on / in my kitchen”. Así logró que la otrora laguna sobre la que se construyó el Centenario se transformara por unos segundos en el Delta del Mississippi. Demostraron por enésima vez que son negros atrapados en el cuerpo de blancos.

Con la lengua afuera

Con los primeros acordes de “Miss You”, el estadio se transformó en un boliche discotequero y el bajista, Darryl Jones, se mandó un solo sincopado que desparramó swing por todos lados. Algo que no pudo desparramar Richards en la introducción de “Gimme Shelter”, que no sonó muy ajustada. Pero luego la canción levantó, y la nueva corista, Sasha Allen -que sustituye a Lisa Fischer-, demostró que puede brillar sin tener que realizar necesariamente una imitación de su predecesora. Por supuesto, y como hacía con la corista anterior, Jagger cantó con ella en la plataforma ubicada entre el público -a la que accedía por una pasarela perpendicular al escenario-, y en pleno dúo le hizo sentir el rigor del cuerpo.

La catarata de hits siguió con “Brown Sugar”, en la que se extraña el solo de saxo de Bobby Keys (al fallecido saxofonista lo suplanta Karl Denson, quien tocó con Lenny Kravitz) y “Sympathy for the Devil”. En el tema diabólico la escenografía es explotada al máximo, con las tres grandes pantallas que se visten de rojo y crean una atmósfera infernal. En el estribillo Keith se mandó unos buenos punteos afilados.

Pero si hubo un tema en el que Richards se destacó más que en cualquier otro fue en “Jumpin’ Jack Flash”, el mejor momento de la noche -seguido de cerca por “Midnight Rambler”-. No hay caso con ese riff, es una patada al pecho, un tren descarrilado bajando por una montaña, una inyección del más puro rock -quizá por eso fue cuando más pogo se armó-. Todavía no se han encontrado adjetivos para describir cómo sonaba la Telecaster de Keith en esa canción.

Luego de un final de simulacro, volvieron para los bises: “You Can’t Always Get What You Want”, con el coro montevideano Rapsodia aportando el toque celestial como en la grabación original de Let it Bleed (que, dicho sea de paso, fue el disco del que más canciones tocaron: tres); y el himno, “(I Can’t Get No) Satisfaction”, del que ya no queda nada para agregar.

Terminada la misa, el público se dispersó lentamente, con una lección de rock -desprolijidades incluidas- zumbando en la cabeza. Al pasar por Bulevar Artigas, a uno no le queda más que pensar en que si este país fuera más laico y más rockero, deberían sacar esa anodina cruz blanca y colocar una brillante e irreverente lengua roja.

Etiquetas