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Nacional | Jueves 17 • Marzo • 2016

Inauguración de la escuela sustentable, ayer, en Jaureguiberry, Canelones. Foto: Pablo Vignali

Dio sus frutos

Después de Turismo, 40 estudiantes comienzan las clases en el local autosustentable de la escuela de Jaureguiberry.

Ya no es necesario llevar casco para visitar el nuevo local de la escuela Nº 294 de Jaureguiberry. Seis semanas atrás, cuando sí lo era, comenzaron las obras de la promocionada primera escuela autosustentable de América Latina, encabezadas por las organizaciones Earthship, del arquitecto Michael Reynolds, y Tagma, formada en Uruguay por un grupo de jóvenes. En un plazo poco frecuente para este tipo de obras, 100 estudiantes que vinieron desde los cinco continentes a aprender el método autosustentable de construcción de Reynolds trabajaron duro para poner en pie la primera construcción de este tipo que se destina a una escuela. Además, participaron unos 60 voluntarios, que, antes de que comenzara la obra, acondicionaron el terreno y, una vez que finalizó, realizaron trabajos de terminación. En total, se gastaron cerca de 300.000 dólares, y 60% de los materiales utilizados para la construcción fueron reciclados y mayormente recolectados por los vecinos de la zona.

Ayer, representantes de Tagma y de la empresa Nevex, que donó 90% de los materiales para la construcción, convocaron a un acto en el que entregaron formalmente las llaves del edificio al Consejo de Educación Inicial y Primaria (CEIP) de la Administración Nacional de Educación Pública, en el que participaron vecinos, niños y maestras de la escuela, constructores, autoridades de gobierno y personas vinculadas al mundo empresarial. La ovación de la tarde se la llevó Martín Espósito, coordinador de Tagma, que contó que la idea surgió después de ver un documental sobre Reynolds, y que al comienzo parecía “un viaje a la Luna”, ya que el grupo de amigos que comenzó a pensar el proyecto no tenía idea sobre construcción ni sobre trámites burocráticos. Agregó que poder concretar el proyecto significó “dejar de protestar y empezar a proponer”, además de construir “la escuela a la que hubieran querido ir cuando eran niños”.

Espósito se mostró convencido de que se puede “repensar la forma en que somos parte del mundo” y que se debe habitar el planeta “respetando” el aire, la tierra y el agua, y señaló que la clave para el desarrollo está “en la perfección de la naturaleza”. Además, se refirió a la necesidad de la “conexión” entre las personas para lograr sus proyectos y dijo que las comunidades pueden realizar lo que se proponen si se mantienen unidas.

La escuela Nº 294 es de tipo rural, y hasta el momento funcionaba en un local muy chico, que sólo le permitía albergar a 34 estudiantes, por lo que el resto de los niños de la zona debía ir a la escuela de Solís, en Maldonado y del otro lado del peaje. Las clases en el nuevo local, de 270 metros cuadrados, comenzarán el lunes siguiente a la Semana de Turismo. Como desde el CEIP se comprometieron a enviar una maestra de educación inicial, podrán incorporarse otros 16 niños de menos de seis años, que actualmente están en lista de espera para ingresar a la institución.

Sorpresa y media

Alicia Álvarez contó que cuando pidió el cargo de dirección de la escuela de Jaureguiberry para este año no estaba en conocimiento del proyecto que se estaba implementando, por lo que al momento de su arribo lo vivió como una sorpresa. Según explicó a la diaria, trabajar en la escuela presenta un desafío, porque se trata de “una vidriera para el país y para el mundo”, y ahora ella y las dos maestras que estarán en el centro educativo después de Turismo deberán tener las “estrategias” para coordinar proyectos con el currículo de Primaria. Al respecto, agregó que el formato de escuela planteado va a dar otras posibilidades para trabajar los contenidos curriculares, y que los niños “van a vivir” el concepto de sustentabilidad y no será necesario transmitirlo por medio de un libro o un video, lo que es una ventaja, porque “lo que se vive se aprende para siempre”.

Ahora Tagma seguirá apoyando a la escuela tanto en el mantenimiento del edificio, que tiene varias particularidades -como los mecanismos por los que genera su propia agua, energía eléctrica y calefacción-, como en el acompañamiento a niños y docentes en la apropiación del nuevo edificio, que cuenta con 270 metros cuadrados, organizados en tres salones y dos baños, y tiene árboles nativos, un vivero y una huerta orgánica. Del lado de adentro de la pared de vidrio de la escuela ya hay plantadas berenjenas, morrones, papayas, mostazas, frutillas, albahacas, tomates y acelgas.

Francesco Fassina es italiano, se formó en la educación para la sustentabilidad y es uno de los estudiantes de la academia de Reynolds que permanecen en Uruguay y aún no tienen fecha de retorno. Según explicó a la diaria, la escuela ya tenía huerta en el antiguo local, pero ahora su tamaño se triplicó, lo que va a dar más posibilidades de introducir temas del mundo natural, y de la interacción de los seres humanos con él. Por ejemplo, señaló que “se va a poder hablar más de la alimentación, porque se va a producir mucha comida que los niños van a cultivar y comer”, y realizar otras actividades que tienen que ver con “los principios básicos que regulan la vida”, en referencia a los ecosistemas y a las sociedades humanas. Añadió que en la siguiente etapa del proyecto, junto con las maestras, “van a intentar desarrollar actividades para que estos conceptos puedan ser aprendidos desde la experiencia y no se queden en lo teórico”. “Esta escuela da la posibilidad de tocar y de vivirlo”, dijo.

Gonzalo Gagliardi es el presidente de la comisión fomento de la escuela y quien años atrás convocó a la primera reunión de vecinos en la parada de ómnibus que queda frente al actual local para que Jaureguiberry tuviera su propia escuela. Además, participó en la construcción del edificio autosustentable y fue becado, porque se aspira a que sea uno de los actores de la comunidad que puedan mantenerla. Según recordó, cuando comenzó con las gestiones para que se creara una escuela, después de un par de intentos fallidos se instaló la creencia de que eso no iba a ser posible. Gagliardi recuerda que, al crearse el centro educativo años atrás y después de que padres y vecinos se encargaran de las obras, la nombraron la primera escuela comunitaria del país; ahora fue más allá, y se convirtió en autosustentable. Contó que desde hace seis años la escuela trabaja sobre la autogestión, y ahora ese espacio de trabajo también se potenciará.


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