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Nacional | Lunes 07 • Marzo • 2016

El vicepresidente se llama Raúl Fernando Sendic

Recibimos y publicamos.

El vicepresidente, Fernando González y yo le debemos el nombre al mismo personaje. Fernando Rodríguez era un paisano, medio indio, de Paso de los Toros. Inteligente, irónico y talentoso. Fernando Rodríguez fue conserje y encargado de Casa del Pueblo hace añares. Trabajaba feliz y militaba por el socialismo. Nunca tuvo nada y nada pidió por lo que hizo. Se fue con Raúl Sendic buscando otras formas para el cambio. No juzgo su opción, eso no importa. En el MLN-Tupamaros fue hombre de confianza, manejó cosas increíbles, advirtió desgracias y en la cárcel escribió las Actas Tupamaras de principio a fin en hojillas de cigarros, con una letra minúscula. Irónicas e irreverentes, leales en el relato, serias en la recopilación, las Actas Tupamaras son un documento inevitable para entender una época. Preso, torturado, salió de Uruguay para el Chile de Allende. Percibió la tragedia, voló para Cuba poco antes del dolor y la muerte. Renunció al delirio de algún desembarco tipo Agraciada y recaló en Bélgica. Rezongón y siempre crítico, luchador y militante, terco, cabeza dura y chapado a la antigua, se ganó el mote de “Ramírez Contreras”. Galeano le agradece así el aporte en Memorias del fuego. Volvió a Uruguay a seguir dando y diciendo. Nada tuvo y con nada se fue. Dejó otro libro de poemas, Los dedos de la mano, donde habla de amor en una extensión que llega a sus mujeres y sus amigos que se confunden con sus hermanos. El vicepresidente se llama Raúl por un paisano donoso, que en Montevideo tenía que dormir en los balcones porque no bancaba el encierro. Brillante, tosco, humilde y duro, a veces rígido como era aquella izquierda. Debatía todo y con todos, de frente. Frugoni lo adoraba y cuando optó por otros rumbos le ofreció sus servicios de abogado, porque se lo merecía. Raúl Sendic se jugó y fue consecuencia de su época. Reservado y claro, organizó a los más olvidados, convocó a cientos y mostró una cara del Uruguay que no se quería o no se sabía ver. No vamos a evaluar hoy sus opciones, pero tuvo valor, entereza y sabiduría. Supo darse cuenta de los cambios, supo ser autocrítico. Cuando murió, todos lo reconocieron y lo acompañaron por lo que fue, independientemente de sus errores.

Estos dos paisanos nunca negaron sus yerros, quisieron ser anónimos y la historia no los dejó. Nunca desagarraron la confianza de su pueblo. Pudieron ser criticados por sus decisiones, pero nunca por su honestidad. El vicepresidente se llama Raúl Fernando Sendic. Tiene mucho nombre.

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