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Cultura | Viernes 18 • Marzo • 2016

The End of the Tour, dirigida por James Ponsoldt. Con Jason Segel y Jesse Eisenberg. Estados Unidos, 2015. Disponible en DVD.

Entre el teclado y la penumbra

The End of the Tour, dirigida por James Ponsoldt. Con Jason Segel y Jesse Eisenberg. Estados Unidos, 2015. Disponible en DVD.

La última gran ganadora de los premios Oscar (pese a la relativamente poca cantidad de estatuillas que se llevó) fue Spotlight, una película que, en la minuciosidad con que retrataba la investigación de un caso de múltiples abusos sexuales perpetrados por sacerdotes católicos, bebía de la más sólida tradición de Todos los hombres del presidente (Alan Pakula, 1976). El horizonte ético del film era dignificar la actividad periodística, prescindiendo de la construcción épica del investigador como una mezcla de escritor y detective de film noir, para aproximarse a un modelo más modesto, en el que la verdad no llega por confesiones de femmes fatales en un bar en penumbras, sino mediante un trabajo de hormiga en la organización y recolección de fuentes. Aun así, no se apartaba del casillero de las “películas de profesiones”, probablemente reproducidas en la plataforma introductoria a alguna licenciatura en Comunicación.

En comparación con ella, The End of the Tour, de James Ponsoldt, circuló bastante lejos del radar (de hecho, sólo llegó a Uruguay en DVD), pese a haber recibido críticas casi unánimemente positivas. Si la etiquetáramos como “cine de profesiones”, sería a la vez sobre periodismo y literatura. A diferencia del formato clásico de las biopics, disecciona un momento breve y particular de la vida del autor en el que se inspira, salteándose toda la construcción genealógica de su persona. Aun así, el formato no sería demasiado novedoso si no fuera por la forma en que se lleva a cabo la empresa y, más que nada, porque el artista elegido es David Foster Wallace.

Difícilmente haya habido en la literatura estadounidense de los últimos 20 años una figura tan relevante como aquel escritor de perpetua bandana, que dejó tras de sí la gargantuesca novela La broma infinita, una serie infalible de libros de cuentos como La chica del pelo raro y Extinción, y dos o tres artículos que cambiaron la historia del periodismo (especialmente “Up, Simba!”, un perfil para la revista Rolling Stone de John McCain cuando éste todavía competía con George W Bush en las primarias del Partido Republicano; uno de los comentarios más agudos sobre el absurdo mundo de las campañas políticas). Más allá de su particularísimo y denso estilo basado en notas al pie -con una especie de erudición alternativa que celebraba, a su manera, a Thomas Pynchon-, lo que hizo más importante a Wallace, aun después de su suicidio, en 2008, fue su descarnado diagnóstico de la sensibilidad en el Estados Unidos de fin de siglo, una crítica al absurdo cotidiano en aquel país dominado por una estela trágica de vidas pequeñas, maquinales y sin sentido, en un mundo de entretenimiento explosivo y mutágeno. Siempre pareció obsesionarle, sobre todo, la socavación constante de lo real, cada vez más devorado por el avance de nuevas tecnologías, pero más que nada por el lento tsunami del avance de la ironía en todas las esferas de lo público.

Tal obsesión tenía un pie bien metido en el barro de la televisión (Wallace era un adicto a ella: podía pasarse viéndola varios días seguidos, levantándose sólo para ir al baño), con los cuentos “Animalitos inexpresivos” y “Mi aparición” como piezas fundamentales para entender un mundo generador de paranoia, donde la realidad se va desvaneciendo en sucesivos movimientos defensivos. En el segundo cuento (publicado originalmente en la revista Playboy), una conocida actriz se prepara para participar como invitada en el show de David Letterman y recibe de su sobreprotector novio una serie de guías de comportamiento, en las que parece entrenarla para que pueda verse en escena como ella misma y, a la vez, eludir cualquier posible insinuación irónica del famoso conductor. En esa preocupación acerca de la realidad y la representación, la pose y el sentimiento, la obra de Wallace se anticipó a aspectos mucho más locos y deshumanizadores que se extendieron con las redes sociales y el siempre irónico hipsterismo. Una obra de ficción que llevara a la pantalla su vida y su persona implicaba cierto viso de traición similar al del conflicto circular de “Mi aparición”, pero el resultado dependía, más que de lo que se retratara, de cómo se hacía.

The End of the Tour narra cinco días en los que David Lipsky (Jesse Eisenberg), escritor y periodista de la Rolling Stone, acompañó a Wallace (Jason Segel) en un ciclo de lecturas realizadas en el corazón del midwest estadounidense, para una nota que no llegó a publicarse, convirtiéndose luego en un libro que Lipsky publicó poco después de la muerte del escritor. Como ingeniosamente señala el póster oficial del film -con las siluetas de ambos armadas con la cinta de un grabador-, se trata de una conversación de cinco días, del descubrimiento mutuo entre un artista conflictivo -y, a su particularísima manera, torturado- y un periodista que alterna entre la fascinación y un complejo de inferioridad galopante. Eisenberg era una opción cantada para ese papel, con su insigne colección de tics, hablar hiperquinético e inseguridades (en este plano, hace de la grabadora una extensión de su cuerpo, en la que suele proyectar emociones y nerviosismos, como en el constante chequeo que la lucecita roja de rec siga encendida). La verdadera sorpresa es Segel, un actor y guionista cuya filmografía ha estado atada a papeles de bonachón, pero que aquí no sólo despliega una habilidad imitativa sorprendente, sino también un muy peculiar estilo para retratar la neurosis. En vez del modelo entre fastidioso y encantador que se puede identificar con Woody Allen, construye un personaje más pausado y menos seductor pero mucho más profundo: el de un hombre preocupado por ser él mismo en todo momento. En la forma en que toma un vaso de Pepsi, trata infructuosamente de dar órdenes a sus perros o corre desgarbado y emocionado hacia una góndola, al enterarse de que todos los gastos van por cuenta de la Rolling Stone, hay mucho más que en mil actuaciones gimnásticas de llantos y monólogos. Si se tuvieran en cuenta estas cosas, Segel tendría que haber sido, al menos, nominado en la terna de mejor actor.

Lo que sucede en The End of the Tour es que dos tipos hablan durante la mayor parte de 107 minutos, sin que ninguna de sus acciones desemboque en mucho más que un mutuo develarse; casi como la idea del “show acerca de nada” popularizada por la serie Seinfeld. Sin embargo, el film no sólo es fiel al retrato de Wallace, sino también a la ética detrás de su obra. Más que una película sobre él, es una sobre el país acerca del que escribía. Hay algo fascinante en la elección de los escenarios que recorren los dos David, un universo chato de no lugares, estaciones de servicio, hoteles cuatro estrellas, interiores de automóviles y shopping malls. La escena en que ambos deambulan por una anchísima autopista, cercada por carteles de McDonald’s, Taco Bell y Kentucky Fried Chicken, transcurre en la “América profunda”, disipada y evanescente, de los personajes nimios que pueblan la obra del escritor.

Al alejarse de las obviedades del “cine de profesiones”, el film se libra también de esa etiqueta. No vemos a Wallace tocado por la vara de la creación, sin poder hacer otra cosa que sentarse a escribir, ni a Lipsky logrando descubrimientos deslumbrantes a partir de su instinto periodístico. El título del libro que inspiró el film “Although of course you end up becoming yourself” (algo así como “aunque, por supuesto, terminás volviéndote vos mismo”) habla tanto de la literatura como del periodismo. El “ser él mismo” es, en lo literario, descubrir una voz propia detrás de angustias y neurosis; en lo periodístico, habla de la extrañeza de compartir tiempo con una persona a investigar que, terminada la tarea, vuelve a ser una extraña.

Quizá la escena más redonda sobre esas concepciones está al final del film, cuando Lipsky aprovecha que Wallace se va a sacar la nieve de su auto para inspeccionarle la casa, y encuentra un cuarto oscuro, casi tapiado, en el que se erige, solitaria, la computadora en la que se escribieron los cuentos y novelas que cambiaron una década. Vemos la torre y el monitor de esa máquina, y es muy tentador pensar que, en definitiva, el “ser él mismo” de Wallace no era ni más ni menos que eso, el canal de donde surgían todas esas historias, una personalidad en la que todo lo que había que buscar estaba en el teclado, aguardando en la penumbra.

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