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Cultura | Martes 15 • Marzo • 2016

Real de Azúa, por Fermín Hontou (Ombú).

Fundador de panoramas

Se cumplen 100 años del nacimiento de Carlos Real de Azúa.

Caballero solo

En algún momento de su madurez, tal vez en la década de 1960, Carlos Real de Azúa trazó una rápida retrospectiva (un retrospecto, hubiese escrito él) de su itinerario político-ideológico: “antitotalitarismo... tercerismo... la izquierda y la acción autónoma... la adhesión a la izquierda balanceada... abogado del diablo de la izquierda y el marxismo”. En verdad, la identidad intelectual y política de Real de Azúa, o lo que de ella se refleja en su escritura arremolinada y espesa, es algo bastante más complejo que aquella secuencia propuesta por él mismo.

Descendiente empobrecido y melancólico del patriciado uruguayo (el primer Real de Azúa había llegado al Río de la Plata en 1794), el ensayista fue católico, fascista y falangista en su adolescencia entusiasta, antiliberal, partidario de Benito Nardone, crítico agudo y tenaz del batllismo. Esta trayectoria muestra una superposición de anomalías respecto de la imagen del intelectual uruguayo (mesocrático, liberal, izquierdizante, previsiblemente moderno) que la generación de la que formó parte logró imponer como hegemónica en la segunda mitad del siglo pasado.

Desde 1948, sin embargo, según informa la contratapa de la primera edición de El patriciado uruguayo, los textos de Real de Azúa comenzaron a publicarse en el semanario Marcha. Esta circunstancia, cuya posibilidad es atribuida por el historiador Gerardo Caetano a la generosidad o al ojo crítico de Carlos Quijano, acercó a Real de Azúa a sus colegas de la “generación del 45”, lo legitimó, le consiguió un público y de algún modo lo rehabilitó de sus ominosas euforias juveniles. Éstas, sin embargo, nunca dejaron del todo de ser señaladas como si fuesen taras o cicatrices de una antigua enfermedad vergonzante.

Su colega Ángel Rama, en unas líneas de homenaje póstumo, no se privó de incriminarle la pertenencia social y política, la condición de cajetilla y reaccionario: “Hablo, es cierto, desde el ángulo de mis discrepancias políticas [...], pero también hablo pensando en su misma conducta, que en los años turbulentos de la juventud lo integró al movimiento falangista español [...], desde este punto de vista es comprensible que ni yo ni mi hermano Carlos (para evocar su rudo enfrentamiento ideológico con Real), hijos de campesinos españoles inmigrantes que se integraron a la nacionalidad uruguaya en el seno del proletariado aluvional de los años 20 [...], nos sintiéramos concernidos en la misma forma por la totalidad del pasado nacional, ni dispusiéramos de una estimación (más sensible que intelectual) por los elementos históricos que se opusieron a lo que entendíamos la línea del progresismo, la que del liberalismo principista encarnaba en el batllismo y se expandía en el socialismo”.

De todos modos, Real de Azúa se terminó encolumnando -tal vez de un modo que se percibe algo incómodo para él y para sus compañeros- en “la línea del progresismo” al adherir en 1962 a la Unión Popular (coalición entre escindidos del herrerismo y el Partido Socialista) e impulsar, una década después, la fundación del Frente Amplio.

Más allá del perfil político, presumiblemente condicionado por la clase social, existen otros asuntos que agregan nuevos pliegues al complicado descentramiento del escritor. Tulio Halperín Donghi menciona uno de esos asuntos: “Aun para su problemática más personal podría contar con esa tolerancia [...]. Si [la familia de Real], por su parte, parece haber visto el que era el drama insoluble de su vida sobre todo como la más extrema de sus excentricidades, no fue quizá tan sólo por influencia de una índole nacional que no tiende a ver los conflictos del mundo sobre un diapasón excesivamente dramático; sin duda influía también sobre ellos la convicción, inescapable para cuantos lo conocieron, -aunque él prefiriese no creerlo así- de que Carlitos Real de Azúa era obviamente una buenísima persona”. Tal vez no sea muy aventurado sospechar que semejante amontonamiento de eufemismos y remilgos intenta referirse a la homosexualidad. La orientación sexual -que alguna vez circuló en el anecdotario, en una petite histoire oficiosa de la cultura uruguaya- no parece haber dejado huellas sensatamente rastreables en la escritura de Real, pero contribuye a retratarlo como un caballero crepuscular y simpático, elegantemente melancólico, parecido a un personaje de Luchino Visconti, colocado en un rincón del panorama.

La sintaxis fractal

Como debe ser, es en la escritura donde esas extravagancias coagulan enérgicamente, se convierten en una potente idiosincrasia, en el trazo inconfundible de un sujeto. Se ha escrito mucho sobre las marañas de una sintaxis abrumadora y fractal, hecha de un caos lento de períodos que serpentean interminablemente por el párrafo, y donde las subordinadas y los paréntesis se encapsulan unos dentro de otros como muñecas rusas. Emir Rodríguez Monegal (quien junto con el mencionado Rama y el mismo Real de Azúa completa la santísima trinidad crítica de su famosa generación) describió aquella prosa con un adjetivo que después se repitió en cada solapa o reseña sobre el autor: arborescente. El crítico señala este rasgo como un defecto: su evaluación es que Real de Azúa escribía mal o, al menos, peor que cualquiera de sus coetáneos.

La tendencia a la ramificación infinita es interpretada por Rodríguez Monegal como la continuidad inevitable de los procedimientos utilizados: “Cada trabajo de Real de Azúa solía ir creciendo en las galeras, encontraba la forma de aumentarse subrepticiamente en las pruebas de páginas, y siempre parecía inconcluso a la voluntad expansionista del autor”. Es verdad que cada página del autor de El impulso y su freno, amonestada generalmente por unas cuantas notas al pie, despliega síntomas extremos de horror al vacío. Es verdad que, de vez en cuando, no se priva de palabras como derelicción, entitativa o parigualmente. También es cierto que no son excepcionales fragmentos como el siguiente, seleccionado casi al azar, sin inquina: “Y si, a pesar de sonar a pedantería, también es inevitable recordar que hay tantas concepciones de la democracia y de la paz y de los derechos humanos como ideologías se mueven y pugnan en el mundo (y tantas también como ellas las diferentes sensibilidades para sus eventuales quiebras) una sola conclusión, no por demasiado repetida, se impone. Es la del contraste entre la rigidez y la explosividad de cualquier medida de intervención multilateral o colectiva (que en la práctica se sabe sería otra cosa) y la desesperante imprecisión de las situaciones que podrían ponerla en movimiento, hacerla efectiva”.

Sin embargo, aunque la cita parezca corroborar lo contrario, la escritura de Real de Azúa no suele impresionar como una especie de mueble inútil de pesadez pomposa. Casi siempre en su naturaleza espiralada y sobreabundante se transparenta una búsqueda, una averiguación de posibilidades, una invención de territorios inconclusos en los que el lector siente deseos de aventurarse. Lo que generalmente se nos ofrece es el mapa o el registro provisorio -inmediato, en bruto, levantado sobre el terreno mismo- de un tanteo, de un ensayo. Por ejemplo, en el comienzo de El patriciado uruguayo propone tres definiciones admisibles, “prologalmente admisibles”, y excluyentes de su objeto de estudio.

El monstruo delicado

Esta proliferación de peculiaridades biográficas, ideológicas y, sobre todo, literarias permite describir a Real de Azúa como monstruo. Lo es en tanto “ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie”, y también porque “excede en mucho las cualidades y aptitudes comunes” (son definiciones de la Real Academia Española). También el carácter desbordante y excesivo de su escritura lo arrima a esta categoría, que es la negación de toda categorización. Hasta podría decirse, tal vez de manera algo forzada, que la relación de su obra con lo disciplinar participa de lo monstruoso (lo que se compone de partes notoriamente heterogéneas, y que exhibe las costuras y los remaches que conectan esas partes).

El patriciado uruguayo y El impulso y su freno pueden adscribirse

a la historia, al ensayo político, a la crítica cultural y aun a lo que alguna vez se llamó “crítica de costumbres”. El desconcierto lúcido de su prosa nunca deja de mostrar la intencionalidad estética propia de lo literario. Y cuando se ocupa de asuntos centralmente literarios, como en “Ambiente espiritual del Novecientos” o en su excelente prólogo de Ariel, establece -con contagiosa fruición- multitud de conexiones interdisciplinarias. Roberto Echavarren lo llamó “el historiador barroco” y lo acercó -con reticencia y con acierto- a José Lezama Lima; Rama lo consideró un exponente brillante de “eso que se ha dado en llamar imaginación sociológica”.

Real, sin embargo, parece haber querido abolir su condición de fenómeno intelectual inaudito. Su obra puede ser leída como la sostenida fundación de un mundo, de un relato legitimador en el que él mismo dejase de ser una emergencia, una mutación fronteriza ocurrida al margen del mainstream. En el comienzo de “Ambiente espiritual del 900” se expone, en una especie de mecanismo de distanciamiento brechtiano, este proceder, donde el escritor dispone telones y transparencias, a modo de un régisseur que construye el espacio para su drama: “Podría ordenarse escenográficamente el medio intelectual novecentista”. Así, El patriciado uruguayo es la reconstrucción histórica de un colectivo que contiene o explica al propio Real, la fabulación erudita y cariñosa de una filogénesis. El impulso y su freno es la lectura del batllismo, y del Uruguay que éste instituyó, como fracaso. Y es también la iluminación de un Uruguay latente o ucrónico cuya clausura, llevada adelante por la modernización liberal, no deja de ser deplorada por el autor.

Su obra monumental, la que lo erige como fundador de panoramas, como relator de una tradición que lo inscriba y lo legitime, es Antología del ensayo uruguayo. El libro se abre con el deslinde y la genealogía de un formato textual en el que se verifica cada uno de los rasgos de la práctica intelectual de Real: plantea que el ensayo es “una agencia verbal del espíritu, del pensamiento, del juicio, situada -ambigua, incómodamente- en las zonas fronterizas de la Ciencia, de la Literatura y de la Filosofía. Pero dotado también de una serie relativamente inequívoca de modalidades. Unas modalidades que lo distinguen de las Ciencias, tanto físicas, naturales, exactas como de las del Hombre, del Espíritu, Históricas, Culturales (aunque prepare, fertilice todo el sector de estas últimas). Unas modalidades que lo distinguen de la Literatura más típica y central por la falta de núcleo ficticio y la abundancia de elementos intelectuales y argumentativos (pero que tampoco lo alejan demasiado de ella...)”.

Luego de esa definición, que bien podría ser metatextual, se releva, se ordena y se mapea una lista de 40 autores. Así, Real de Azúa construye una tradición donde habitar: la casa del monstruo.

Finalmente, si tenemos en cuenta las gigantografías que ilustran las exposiciones de libros uruguayos en el extranjero, o el desdén por la prosa (compensado por la sobreabundancia de gráficas en forma de torta) que informa las páginas de ciertos sociólogos y -ay- politólogos, el gran relato abigarrado y ectópico de Real de Azúa parece no haber prosperado. Hay en él, sin embargo, aquel poder que Jean Baudrillard señalaba como propio del pensamiento radical: la capacidad de tomar el mundo tal y como nos ha sido dado, para devolverlo enrarecido, más ininteligible e inquietante de lo que era. Si a eso le agrega un gesto discretamente apocalíptico, la convicción resignada de ser habitante y testigo de un ocaso, bien podríamos ilustrar el retrato de Real de Azúa con un bello epígrafe de César Aira: “El escritor es un especialista en monstruos, y toda gran obra literaria está bañada en la atmósfera de melancolía de una extinción inminente”.

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