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Cultura | Jueves 03 • Marzo • 2016

John Cale. Foto: s/d de Autor

Pequeña guía para un músico ilustrado

Ante su llegada, una muestra de lo mejor del John Cale solista.

Mañana llega por segunda vez a Montevideo un ex integrante de The Velvet Underground, una banda que nunca llegó a ser masiva pero que se considera tan influyente como The Beatles, y que decidió que el rock también podía ser música para adultos.

El primero en venir fue Lou Reed, en 2000, con un concierto inolvidable que no llenó el Ramón Collazo pero al que todo el mundo parece haber ido. Ahora llega la segunda pieza que hizo de The Velvet Underground la banda de rock y pop de vanguardia que inspiró a movimientos musicales enteros, desde el punk hasta el gótico; el músico que de algún modo fue el auténtico soporte experimental del grupo: John Cale. Un galés formado como concertista de Erik Satie y John Cage, alumno de La Monte Young y Aaron Copland, que logró introducir en el formato de un grupo de rock las investigaciones sonoras de sus maestros. Alguien que con el tiempo ha sido reconocido como integrante esencial de aquella formación revolucionaria, pero cuyo abundante trabajo como solista es más bien desconocido, aunque está lleno de recompensas para quien decida indagar en él. A un día de que esta leyenda viviente suba al escenario de La Trastienda, ofrecemos un pequeño mapa de lo mejor de Cale.

Vintage Violence (1970): El primer disco solista de Cale es sorprendentemente convencional para provenir del ideólogo de los sonidos más radicales y extremos de The Velvet Underground. Una colección de canciones más bien folk, con algún tema de pop orquestal y ligeras incursiones en el country y el rhythm and blues, que no llamaría mucho la atención (de hecho, no lo hizo) si no fuera por la calidad enorme de canciones, estructuralmente tan simples como las de la Velvet, pero cantadas con elegancia apasionada por un Cale cuya voz de crooner pasado de rosca apenas se había escuchado antes.

The Church of Anthrax (1971): La primera de sus obras en colaboración (aunque se podría considerar toda la etapa en The Velvet Underground como una colaboración con Lou Reed), esta vez con otro de los discípulos de La Monte Young, el minimalista Terry Riley. Se trata -a diferencia del Vintage Violence- de un disco totalmente experimental y casi sin voces, cercano al rock progresivo y a la música clásica contemporánea, sin pertenecer realmente a ninguno de esos mundos. Un disco voluptuoso (nada minimalista), pero conviene estar familiarizado con los sonidos de Cale antes de hincarle el diente.

Paris 1919 (1973): Nueve de cada diez fans de Cale lo nombran como su disco favorito, y tienen sus razones. Un desarrollo, en cierta forma, de Vintage Violence, pero que profundiza sus raíces europeas para ofrecer canciones de pop orquestal absolutamente perfectas y conmovedoras. Es el disco de “Andalucia”, “Hanky Panky Nohow”, “Half Past France” y seis maravillas más. Tal vez se extraña un poco su lado más desaforado, pero es la mejor puerta de entrada imaginable a su obra.

Fear (1974): El primero de la brillante trilogía de discos que grabó para el sello Island -junto a Slow Dazzle y Helen of Troy-, en la que, manteniendo el formato canción, Cale empezó a dejar libres a algunos de sus demonios. Variadísimo, reúne elegantes baladas, como “Buffalo Ballet” y “Ship of Fools”, con piezas agresivas como “Gun”, que recuerdan a su trabajo con la Velvet. Slow Dazzle (1975) perfeccionaría la fórmula, pero el total de Fear es levemente más satisfactorio.

Helen of Troy (1975): Más rockero que sus predecesores, aquí comienzan a notarse los abusos de Cale en su vida privada. Es un disco oscuro y hostil -pero tan apasionado como sus vocalizaciones, en las que pasa del canto melódico al alarido-, en el que se destaca la guitarra brutal de Chris Spedding, y que pasa de la majestuosidad de “I Keep a Close Watch” (compuesta con la idea de que la cantara Frank Sinatra) al estallido de violencia pura de “Leaving It Up to You”. Un disco de espíritu muy punk, pero que fue editado -ante la indiferencia general- dos años antes de que el punk estallara.

Music for a New Society (1982): Luego de un tiempo algo disperso, con repertorios que coexistieron con el punk neoyorquino de Television y Patti Smith sin llegar a ser grabados, Cale se sumergió en la experimentación electrónico-minimalista para hacer su gran obra maldita, con canciones pequeñas, disonantes y oscurísimas, que incluyen una reelaboración de “I Keep a Close Watch” y la inesperadamente tierna “Thoughtless Kind”, destacadas en un disco difícil, distanciado y en el que abandonó su etapa más salvaje y ruidosa para adentrarse en la depresión experimental.

Words for the Dying (1989): Una obra de alto perfil y ambiciones en la que el galés -tras algunos discos muy erráticos y fallidos- musicalizó orquestalmente varios poemas de su legendario coterráneo Dylan Thomas (a quien ya había mencionado o citado en algunas de sus canciones), cuyos textos antibélicos utiliza aquí para hacer una reflexión sobre la Guerra de las Malvinas. Distante tanto del pop como del rock, Words for the Dying devuelve a Cale al ámbito de la música culta con resultados disímiles pero siempre fascinantes. Como yapa incluye una composición más pop, de letra propia y música compartida con Brian Eno, “The Soul of Carmen Miranda”, que vale el disco por sí sola.

Songs for Drella (1990): La muerte del mentor de The Velvet Underground, Andy Warhol, permitió que Cale y Lou Reed (con quien siempre mantuvo una extraña amistad atravesada por períodos de intenso odio) hicieran las paces y compusieran este disco elegíaco que narra la vida del pintor. Estrictamente, es más de Reed -que compuso todas las melodías y las letras-, pero el toque minimalista del galés se siente en todas y cada una de las canciones, además de que presta su estremecida voz a cinco de los mejores temas, incluyendo el soberbio “Style It Takes”.

Wrong Way Up (1990): Otra colaboración, esta vez con su mayor rival en términos de prestigio como músico experimental-popular y productor cotizado, el brillante Brian Eno. No se trata de un trabajo muy osado, sino de una colección de excelentes canciones de tecno-pop, de ánimo sorpresivamente festivo y soleado. Eno y Cale intercambian voces y autorías hasta que no queda muy claro qué es de quién, pero toda la audición es emotiva y extrañamente esperanzadora, con la única excepción de la más melancólica “Cordoba” -un tema ya clásico en la carrera del galés-, en la que la lectura de unos fragmentos de un libro de enseñanza del español se convierte en una desolada poesía que Cale canta/recita con una emoción indescriptible.

Fragments of a Rainy Season (1992): Cale tiene varios discos en vivo en su carrera, pero éste lo encuentra en su versión más mínima, acompañado sólo de un piano o una guitarra acústica (interpretados por él mismo con inconfundible energía), en la que repasa lo mejor de su discografía en versiones que no pocas veces superan a las originales. Es otra buena puerta de entrada a su discografía y contiene, además, su personalísima versión del “Hallelujah”, de Leonard Cohen, la mejor versión de una canción que ya ha sido versionada demasiadas veces.

M: Fans (2015): La obra de Cale en el siglo XXI ha oscilado entre discos variados de canciones y bandas de sonido, entre los que se encuentran temas geniales como “Perfect” (de Black Acetate, 2005), pero sin alcanzar nunca el nivel de sus grandes discos de los 70 (ni los errores de algunos de los 80 y los 90). Pero el que más llamó la atención -y cuyo repertorio será repasado en buena parte mañana en La Trastienda- es esta revisión íntegra del disco Music for a New Society (el título M: Fans es un acrónimo del de aquél), en el que retoma su obra más negra y maldita para rearreglarla -y en ocasiones deconstruirla-, para obtener sorprendentes resultados llenos de novedades armónicas e ideas asombrosamente frescas para un músico de 73 años que trabaja sobre temas compuestos hace tres décadas. Un disco cuyo tono elegíaco ha sido percibido como un último saludo a sus compañeros -casi todos fallecidos- de The Velvet Underground, y que puede ser un excelente soporte de un recital que muchos creíamos que jamás se iba a dar en Montevideo.

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