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Cultura | Viernes 11 • Marzo • 2016

Qué pena

Columna de opinión.

A falta de ediciones legales y cuidadas, se hallan en internet numerosas grabaciones digitalizadas de Alfredo Zitarrosa, muchas de ellas “piratas”, desde la interpretación temprana de algunas canciones en Radio Centenario allá por 1962, años antes de que se editara su primer disco, hasta una presentación en el Club Oeste de Caballito, el viernes 28 de octubre de 1988. En ella, después de una interpretación a dúo con Teresa Parodi, a Zitarrosa le pidieron otra y cantó una versión de las “Coplas de Baguala”, con menos estrofas y en otro orden, de modo que terminó diciendo: “¿Qué cosa será la muerte / que llega tan despacito? / Al más macho me lo duebla / y lo deja dormidito”. Falleció 12 semanas después.

La casualidad impresiona, sobre todo si no se tiene presente que aquellos versos, grabados por primera vez en 1971, no habían sido por cierto la primera ni la única referencia a la muerte en la obra del cantor, que anduvo lidiando con ella durante muchos años. Cabe decir incluso que se fue muriendo, o que lo fueron matando, de a poco y desde mucho antes del 17 de enero de 1989.

Cuando se produjo el golpe de Estado de 1973 tenía 37 años y estaba en un momento muy fecundo de su producción artística, que comenzó a sufrir severas restricciones en los primeros años de la dictadura. Postergó bastante la partida, pero se tuvo que ir de Uruguay en febrero de 1976, poco antes de cumplir 40 años y aún en la plenitud de sus recursos (baste como ejemplo que lanzó la monumental “Guitarra negra” al año siguiente). Pero el exilio tuvo en él un efecto devastador. Al enumerar las consecuencias terribles de la dictadura, es frecuente que las midamos en violaciones de los derechos humanos o en deterioro de indicadores sociales y económicos, sin contar efectos como éste, sobre una persona capaz de aportes enormes y sobre varias generaciones que se vieron privadas de ellos.

El hombre que volvió al país en marzo de 1984 había disminuido mucho el ritmo de su actividad creativa. Desde que comenzó a grabar discos en 1966 hasta 1973 había lanzado más de 60 composiciones propias. Durante los ocho años en que debió penar lejos de su tierra fueron apenas unas 15, y en los cinco transcurridos entre su regreso a Uruguay y su muerte, menos de 20, varias de ellas instrumentales o recitadas. Además, le ocurría otra cosa profunda y complicada. Desde el comienzo de su trayectoria, había grabado con regularidad canciones y textos que lo destacaron como observador atento y comentarista comprometido de las coyunturas políticas uruguayas. A partir de su retorno, y en los muy agitados primeros años posteriores a la dictadura, siguió siendo una persona notoriamente alineada con causas políticas, y no dejó de interpretar composiciones anteriores muy politizadas, pero agregó a su repertorio poquísimo en esa línea, con apreciaciones bastante genéricas: una canción -“Crece desde el pie”- en el disco Melodía larga (1984), un texto relativamente breve en “Hoy desde aquí”, que acompañó la edición local de “Guitarra negra” en 1985; y nada en los dos discos siguientes, Melodía larga II (1987) y Sobre pájaros y almas (grabado en 1988 junto a Héctor Numa Moraes y editado en forma póstuma), salvo que se quiera contar la breve alusión al primer referéndum contra la ley de caducidad que realiza, en el disco del 87, un coro que repite la frase “Queremos la verdad”, en la composición -básicamente instrumental- “Truco no”.

Además, por razones que habría que indagar más y que no cabe desarrollar aquí, el contenido de esos discos de los últimos años desconcierta un poco, con algunas letras propias y ajenas al borde de lo extravagante o por debajo del promedio habitual en Zitarrosa, y planteando algunas instrumentaciones y énfasis rítmicos que podrían verse como intentos de acercarse a un repertorio bailable, en un Uruguay sacudido por el éxito de propuestas como la de Jaime Roos a partir de su “Brindis por Pierrot” y sus actuaciones con el grupo Repique.

Por último, otra parte del proceso en el que Zitarrosa se fue muriendo o lo fueron matando está registrada con mucha claridad en una nota de Rosalba Oxandabarat para el semanario Brecha acerca de Sobre pájaros y almas (ver http://ladiaria.com.uy/UJk) cuando Numa Moraes dice, sobre aquel disco: “Fue una cosa hecha a esfuerzo. Él pagaba el estudio, yo a los músicos. Pero lo peor es que no teníamos sello. Nos habían borrado. Después de aquel fervor del 84 y el 85, en dos o tres años, ya no éramos necesarios. [El sello] Orfeo nos había echado. Él llamó a los distintos sellos, a ninguno le interesó. Claro, después de su muerte, sí. Salió en vinilo en Orfeo”.

Por supuesto, que haya sucedido algo así no se puede achacar solamente a errores o a mala voluntad de una empresa discográfica, como si los intereses y las demandas de los demás integrantes de la sociedad uruguaya en aquellos años no hubieran tenido nada que ver. Es un lugar común aseverar que el arte de Zitarrosa fue y es atesorado con inmenso cariño por su pueblo, mucho más allá de la identificación con sus posiciones políticas, pero después del exilio, algo en ese vínculo sin duda se había dañado, aunque hoy cueste admitirlo.

En estos días no estamos conmemorando la muerte de Zitarrosa, ni revisando quiénes fueron más o menos responsables de ella, sino que recordamos su nacimiento, o sea, la fecha en que a este país le fue dada la posibilidad de contar entre los suyos a un artista gigantesco. Pero no está de más que asumamos algunas deudas ya impagables.

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