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Cultura | Martes 22 • Marzo • 2016

13 horas: Los soldados secretos de Bengasi (13 Hours: The Secret Soldiers of Benghazi), dirigida por Michael Bay. Basada en un libro de Mitchell Zuckoff. Con John Krasinski, James Badge Dale, Pablo Schreiber. Estados Unidos, 2015. Life Cinemas 21 (ex Casablanca) y Punta Shopping; Movie Montevideo

Republicano, macho y heroico

No es que Paramount sea una empresa decididamente alineada con el Partido Republicano de Estados Unidos. Parece más bien que sus directivos son conscientes de que en ese país, dado el contexto actual de predominio de matrices ideológicas superficialmente “liberales”, un enorme porcentaje de la población con ideas más conservadoras está subrepresentado en la comunicación masiva. A partir de un enfoque comercial racional, entonces, esta película fue direccionada al nicho de mercado “patriótico” estadounidense, y su campaña de promoción incluyó proyecciones privadas para eminencias del mencionado Partido Republicano, con el objetivo de formar una corriente de opinión favorable a ella e influyente. Vaya uno a saber hasta qué punto esa estrategia no estuvo presente desde la concepción misma del film.

El “republicanismo” (en sentido partidario) o conservadurismo viene incluido en el subgénero de películas de guerra ubicadas en los conflictos recientes en Medio Oriente que enaltecen la acción heroica de los militares estadounidenses. En este caso está potenciado, además, por un tratamiento muy especialmente macho: pocas veces se vio en una película tal profusión de varones maduros (entre 30 y 40 años) de imponentes musculaturas, llenos de pelos en la cara, con rostros de rasgos marcados, mirada firme, actitud intrépida y sentido del deber, diciendo frases lacónicas y contundentes. Todos ellos están casados y tienen hijos. A dos les llegamos a ver las familias, que son en ambos casos de clase media “estándar”, con esposas e hijos rubios.

Más allá de ese marco de género o subgénero cinematográfico, la historia específica también suma puntos a favor de los republicanos. Se trata de la historia real de la “batalla de Bengasi”: el 11 de setiembre de 2012, “celebrando” los 11 años de los atentados de 2001, un grupo islamista lanzó un ataque masivo que destruyó la misión diplomática estadounidense en Bengasi, Libia, y mató al embajador Christopher Stevens y a un agente que lo protegía. Luego atacaron un puesto semisecreto de la CIA instalado a un kilómetro de dicha misión diplomática. El coraje y habilidad de ex militares contratados por la CIA para acciones de contraterrorismo, que estaban a cargo de la seguridad de esa instalación (integrantes del llamado Personal de Respuesta Global, GRS por sus siglas en inglés), permitió que siete personas resistieran el sitio de más de 100 milicianos y minimizó la cantidad de víctimas estadounidenses.

Hillary Clinton, en aquel entonces secretaria de Estado, había desatendido reiterados pedidos del embajador para incrementar la seguridad en esa zona, que se había vuelto sumamente inestable luego de la revolución que derribó al gobierno de Muamar Gadafi en 2011. Al parecer, el presidente Barack Obama tardó en apreciar la gravedad de la situación. Luego del desenlace parcialmente trágico, tanto Clinton como Obama trataron de minimizar su significado, divulgando que los ataques habían sido la respuesta airada y espontánea de una banda fundamentalista a la difusión de un video antimusulmán, cuando en realidad se había tratado de un ataque masivo y largamente planificado, con empleo de armamento pesado.

Esos hechos políticos no son directamente mostrados en la película, pero forman parte de su trasfondo. Lo que sí se ve es que los agentes atacados no reciben ningún tipo de ayuda oficial estadounidense (salvo la de un miembro aislado del GRS que se suma al grupo, originalmente de seis personas) y se tienen que defender solos hasta que el gobierno libio los rescata. Y el comandante del anexo de la CIA es ridiculizado porque tiene una actitud de respeto legalista por la jurisdicción libia, a la que se suma una postura contraria al uso de la violencia y a que los militares estadounidenses se involucren con los locales. Gadafi sólo es presentado como un dictador malévolo. Aunque hay una observación final acerca de que Libia se convirtió luego en un Estado fallido con alta presencia de Estado Islámico, no hay nada que parezca implicar una autocrítica del apoyo estadounidense a las fuerzas que derrocaron a Gadafi, y uno podría pensar que el derrumbe de la institucionalidad en Libia tuvo que ver sobre todo con el retiro de la representación estadounidense en ese país del norte de África.

Los créditos finales tienen el aire reverente de un saludo militar a las víctimas fatales estadounidenses y a los integrantes del GRS que sobrevivieron. No parece que hubiera demasiada preocupación por evitar la identificación “musulmán = terrorista”: en la única escena que refiere a la religión, vemos a un grupo de libios haciendo sus oraciones, y de pronto, un travelling hacia el costado nos muestra sus fusiles recostados contra la pared (eso sí, los libios del Ejército de Liberación Nacional, que ayudan a proteger a los estadounidenses, son gente de bien y rechazan las acciones terroristas).

Más allá del evidente direccionamiento partidario, la historia en sí tiene mucho que dar en términos de cine de acción: un grupo de gente “nuestra” resiste, en una pequeña fortificación, contra el ataque de un grupo mucho más numeroso de “otros”. Es como el Álamo o los británicos atacados por los zulúes, pero con un final menos desgraciado. Se puede comparar también con Los siete samuráis (1954): los integrantes del GRS que resisten también son siete, y hacia el final hay un diálogo muy en el espíritu de aquella obra de Akira Kurosawa, en el que uno de ellos le comenta a otro que los oficiales de la CIA van a ser condecorados, pero que ellos mismos, los GRS que realmente dieron batalla, como mucho tendrán la satisfacción de volver a casa. Su situación en Libia es especialmente angustiosa, además, porque tienen que pelear en un contexto que no llegan a entender cabalmente: los miembros del GRS que vemos no hablan árabe ni saben distinguir a un grupo libio de otro, y el contacto con cualquiera de los nativos puede ser para ellos tanto la salvación como una trampa mortal.

Fuego de ametralladora

Michael Bay, el director de esta película, es la figura más emblemática de la versión extrema del estilo de “continuidad intensificada” que es una de las vetas distintivas de la “Nueva Nueva Hollywood”. Descuida totalmente las reglas tradicionales que facilitan la orientación espacial del espectador, usa muchos planos muy breves y a menudo visualmente muy complejos, con el resultado de que el foco de atención salta constantemente de un punto al otro de la pantalla en forma frenética. Así, en los momentos de acción más dinámica, podemos ver morir a alguien pero no disponemos de tiempo para entender bien si el que cayó es un estadounidense o un libio, y mucho menos para identificar quién era. En general, se nos ayuda poco a tener presente quién es quién, más allá de cinco o seis personajes un poquito mejor definidos, porque todo se expone en forma tan vertiginosa que no llegamos a familiarizarnos con ninguno de los personajes. Por todo lo mencionado, la experiencia de ver alguna de las películas de Bay (que fue el director, entre otras, de Armagedón en 1998, Pearl Harbour en 2001 y los cuatro films de la franquicia Transformers en 2007, 2009, 2011 y 2014) se parece un poco a ir a una fiesta en la que uno no conoce a casi nadie, los pocos a los que sí conocemos no nos importan demasiado, y todo lo que queda es ponerse a bailar al sonido de una música muy fuerte. Es un cine mucho más sensorial que narrativo, en el que lo que hay de narrativa parece estar en función de la experiencia de velocidad, energía y frenesí audiovisual.

Y sí, hay imágenes bellas; qué pena que haya que apreciarlas en duraciones de no más de tres segundos. Me llamó la atención un plano en cámara lenta de Rone cercado de chispas causadas por los proyectiles que se chocan a su alrededor. Otras, de pronto, ya entran en algo que podría llamarse efectismo (la cámara plantada dentro del tubo de un mortero mientras se le introduce un proyectil) y otras directamente son de una banalidad inconcebible (la cámara subjetiva detrás del fusil, por si alguien no se percató del parentesco de algunas escenas con los videojuegos del género llamado FPS, por las siglas en inglés de “tirador en primera persona”, como Call of Duty o Counter-Strike).

Ya que la dimensión de claridad narrativa está tan descuidada, se requieren pinceladas gruesas para que la historia mantenga un mínimo sentido y haya una esperanza de involucramiento personal de los espectadores. Así, cuando Rone y Jack sacan sus armas en la escena callejera cerca del inicio, suenan fuertes los ruidos de amartillar las pistolas, aunque los personajes no hicieron más que empuñarlas: es como para darle cuerpo sonoro a la acción, o “peso” y materialidad al gesto. Una trompeta heroica pero melancólica, solitaria y muy reverberada, es la primera música que escucharemos, para establecer el tono patriótico-militarista. En cambio, cuando Jack habla con su familia suena una música melaza y, por supuesto, en ese momento él se entera de que su esposa está embarazada (así, presuntamente, sentiremos más aprecio y preocupación por él cuando su vida corra peligro). En la escena en la que los soldados son finalmente rescatados, luego de una noche de tensión, brilla el sol, vemos niños que miran pasar a los hombres de bien, y las azafatas del avión son todas árabes de piel tostada, muy bonitas, que a cualquiera le gustaría tener en su harén. Por si no quedó claro, el letrero final dice que la película está dedicada al grupo de GRS que peleó contra los terroristas.

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