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Cultura | Martes 19 • Abril • 2016

João Ripper. Foto: Sandro Pereyra

El rescate de la dignidad

Un encuentro con el fotoperiodista João Ripper, y sus reflexiones sobre el periodismo, la fotografía y la realidad brasileña.

João Ripper, nacido en Río de Janeiro, se dedica a investigar los distintos caminos por los que la fotografía puede intervenir la realidad retratada. Hace poco, el Centro de Fotografía (CdF) nos sorprendió con La belleza del otro, una exposición que homenajeaba sus 30 años de trabajo documental, en la que se podía rastrear un claro interés del fotoperiodista por retratar la forma de vivir -o sobrevivir- de los olvidados: trabajadores rurales y sin tierra, indígenas, caucheros, habitantes de favelas o de quilombos (el nombre histórico en Brasil de las comunidades de ex esclavos negros), personas en condiciones de esclavitud, trabajadores de fábricas clandestinas, familias carboneras. De cada uno Ripper parece extraer una verdad y un realismo que duelen y que, en definitiva, logran arrebatar el alma de lo que registra con su cámara. Mañana, como última actividad en Montevideo, este carioca ofrecerá una charla a las 19.30 en la sede del CdF, en la que expondrá su concepción de la fotografía y el derecho fundamental de toda persona a informarse y difundir imágenes que reflejen su vida y su contexto.

En ese sentido, el fotógrafo percibe el poder de la belleza en el retrato. De manera que buscar la belleza en todos los contextos, independientemente de la pobreza o el conflicto, “permite ver los sueños, los deseos, el amor, las tareas” cotidianas del otro. Así es como Ripper lucha, desde la fotografía documental, contra lo que llama la “historia única”, es decir, aquella que fija estereotipos sobre grupos de personas. Pero no se ha limitado al trabajo fotográfico: también creó la organización Imágenes Humanas, desde la que acompaña, más que nada, a las comunidades indígenas de Mato Grosso, a los afectados por la sequía en el terrible y maravilloso nordeste, y a grupos de mujeres que sobrevivieron a distintos contextos complejos. También fundó, hace más de una década, la Agencia-Escuela de Fotógrafos Populares, en el mayor complejo de favelas carioca (el Complexo de Maré), donde, junto con colegas, inició una labor de docencia de fotografía y creó una agencia de fotonoticias y un banco de imágenes, que son administrados por la propia comunidad.

-¿Cómo se aproximó a la fotografía?

-Por un amigo. Yo tendría 18 años, y comencé a sacar fotos y hacer el revelado con él. Pero a mí ya me gustaba salir a sacar fotos por las calles y la ciudad, y conocer las historias de las personas. La gente siempre me interesó, y creo que fue por influencia de mi padre y de mi madre. Ella siempre invitaba a casa personas que necesitaban alimentos. Cuando llegaba, en la sala siempre estaba mi madre con distintas personas de la calle.

-Después de trabajar en distintos medios, fundó la agencia AF4, un movimiento importante del sector independiente, a la que se sumaron muchos fotoperiodistas de los grandes medios.

-Todos comenzamos en distintos periódicos. Había un movimiento fotográfico que comenzaba a preguntarse acerca de los caminos que nosotros mismos podíamos crear, para escapar de los periódicos. Cuando se realizó la campaña por elecciones presidenciales directas [1984-1985] yo trabajaba en O Globo, pero con este grupo de fotógrafos nos reuníamos y decidíamos ir a las manifestaciones con dos cámaras: una, la nuestra, con la que registrábamos todo, y la otra, que pertenecía al diario, con la que sólo sacábamos a la multitud, porque no queríamos que eligieran una foto con gran angular que pudiera tener un vacío aislado, que pudiera disminuir la intensidad de la manifestación. Tuvimos mucho éxito con eso. Nos reuníamos con los sindicatos todos los miércoles, y discutíamos mucho acerca de la necesidad de un pago mínimo, acerca de la lucha por los créditos en las fotos y acerca de estos nuevos caminos posibles.

-¿Aproximándose al modelo de periodismo que busca transformar la realidad y no, simplemente, reproducirla?

-Sí, claro. Además de la lucha por los salarios, las tablas de precios mínimos para los freelancers, la lucha por la gestión ética, y por cómo podíamos hacer para ser éticos en los periódicos, sobre todo si estos no respondían a la transformación social. Se implantó un cambio muy importante en la fotografía brasileña. En ese momento comenzaron a crecer los fotógrafos independientes, y entre ellos, las agencias independientes.

-En sus 40 años de carrera, ¿cuáles fueron los cambios más significativos que percibió en la fotografía brasileña?

-Ese período del que hablamos fue un cambio fantástico, porque se conquistaron derechos y se discutió la cuestión ética. A todos nosotros nos gustan mucho las fotos, pero eso no puede ser lo principal; lo importante son las personas, y tú puedes hacer fotos que les resulten perjudiciales. Creo que hoy hace falta esto. En las agencias también teníamos un movimiento muy fuerte, porque los fotógrafos comenzaron a pensar la práctica, la experiencia fotográfica. Se podía hacer una experimentación y un trabajo documental, con una experiencia distinta dentro de la fotografía periodística o documental, dando crecimiento a la dimensión cualitativa como fotógrafos. Después se podía editar y contar la historia; creo que contar la historia es tan importante como sacar la foto. En estos momentos han cambiado varios conceptos, como eso de que una foto vale más que mil palabras, que se llegó a enseñar en las universidades. Pero el arte y la comunicación no necesitan pelear entre ellos, y es muy importante que el fotógrafo escuche las historias de los otros. En aquel entonces nosotros ya salíamos para buscar y crear historias. Eso fue muy importante.

-¿Esto se vinculó con una búsqueda, con una inquietud documental?

-Sí, nos teníamos que preparar, estudiar, pensar la historia y escribir. O buscar un compañero que escribiera bien. Creo que ahí surgió una discusión sobre cuáles son las historias que salen en los grandes medios, que en general contribuyen a una historia única. Después de AF4 creé el proyecto Imágenes de la Tierra. Trabajando para movimientos sindicales y sociales, lográbamos sustentar una documentación de la vida rural en Brasil que no podríamos haber financiado solos.

-Usted lucha contra la historia única y el estereotipo de la belleza. ¿Esto se vincula con esa militancia social?

-Tiene que ver con que, con el tiempo, fui aprendiendo y cambiando. En la primera fase, la lucha era por contar otra historia, sin la conciencia de que existía un poder muy grande que era protegido por la prensa, al quitar de su información la belleza de lo que hacen las comunidades menos favorecidas. Eso perjudicaba a las comunidades que querían hacer un cambio del statu quo. Entonces, utilizamos eso que sentíamos: “Cómo me gustaría que mis hijos, y que las personas en general, vieran esto, que es tan lindo que eriza”. Hay cosas lindas en la favela, hay cosas lindas entre los indígenas, entre las poblaciones que viven de recoger flores siemprevivas, entre los siringueros y otras poblaciones tradicionales.

-En la prensa, cuando se cubre a esos sectores, en general la información se reduce a la violencia y la delincuencia.

-Son dos partes de la visión única: la violencia imputada a los habitantes de la favela, no sólo a los traficantes; y la ausencia de todo lo demás... Una mirada por la ausencia, y no a lo que realmente hacen. Por eso, en mis talleres digo que aunque no nos conozcamos, nuestra historia es muy parecida. En mi caso, mi padre se vino a Río de Janeiro de un pueblo lejano. Era un cearense fuerte. Cierto día, en Río de Janeiro, miró por primera vez a mi madre, que era una mujer menuda pero muy bella. Y ella lo miró a él, se conocieron, y vieron la belleza de sus seres. Y yo soy el segundo de siete hijos. Seguramente es una historia semejante a la de sus padres y a la suya. Es la historia de todas las poblaciones, y a partir de ella se construye la humanidad. Al momento de informar acerca de las personas menos favorecidas se omite, de la información, la belleza que también los rodea, la belleza de lo que hacen por placer. Con esto se quiebra la divinidad de las personas. Y cuando se quiebra la divinidad es porque se cuenta sólo una historia, que responde a la parte mala: se aleja a las personas que son entrevistadas, fotografiadas o filmadas, de las otras personas que reciben la información. Pero si trabajamos con información múltiple, que cuente toda la historia, nos aproximamos a las personas y contribuimos a cambiar los contextos sociales, para incomodar la existencia del statu quo.

-¿Cómo surgió el proyecto Imágenes de la Tierra?

-El trabajo, básicamente con fotógrafos más nuevos, era documentar el movimiento sindical y social de las ciudades. Y con eso obtener el financiamiento para documentar la gestión agraria del país. Eso fue lo que hicimos por ocho años, y contamos con una documentación fantástica sobre la vida de los campesinos, su lucha, el combate contra el trabajo esclavo. Ahí sí comenzó a darse un trabajo más político, rompiendo con la tradición que afirma que los periodistas deben ser imparciales. Eso es lo que se enseña, pero es la frase más hipócrita. Ni nosotros ni los periódicos lo somos. Lo más grave no es que existan periódicos reacios a los derechos humanos y a las conquistas, que no quieren la igualdad social ni logran ver al otro como un igual. Ese no es el problema. Hay personas que piensan así, y así se sostienen los fascismos. Para mí lo más grave es que se hable de eso como si fuese imparcial, y como si eso que dicen fuera la verdad mayor. Si la violencia que muestran es una violencia del poder del Estado, o de la industria, muestran la violencia en un reporte bonito. Cuando se trata de la violencia que se considera responsabilidad de los movimientos sociales, todo cambia.

-En cuanto a eso que no se muestra, en La belleza del otro había una imagen muy fuerte de un hombre negro apenas iluminado por una lámpara, mientras prendía su tabaco. Él no recordaba su nombre ni su edad. Ese era un claro ejemplo de un arrebato absoluto de identidad y ciudadanía.

-Eso mismo. Vivía como esclavo. La lucha contra la esclavitud creció muchísimo con los gobiernos de Dilma y Lula, mediante una actuación fantástica de funcionarios públicos, encargados de ir a realizar los actos de liberación, junto con la Policía federal. En uno de esos días, yo los estaba acompañando y conocí a ese señor. Él llegó a tal punto de pérdida de su ciudadanía que no recordaba su nombre, el nombre de su familia ni el del lugar donde trabajaba. Lo único que tenía era una bermuda de jean cortado, y unos cigarrillos armados, además de una lamparita. Por eso creo que es importante, junto con las fotos, contar las historias. No tengo que competir con una historia, sino crear una historia sobre su verdad, y contarla con dignidad. Y también tomar la foto con dignidad. Nosotros podemos tomar fotos de la tristeza, de la violencia, de la muerte, pero también hay que registrar la belleza. En una situación o en otra, hay un hilo conductor que debe pautar a los fotógrafos: la dignidad. Hay periódicos que rompen con eso. En Brasil hay medios que sólo muestran imágenes de personas que mueren o que están fuera de la ley acompañadas por textos que en Brasil llamamos chacota y que justifican las acciones de exterminio.

-¿Es en esos casos que la fotografía se convierte en una herramienta para los derechos humanos?

-Sí. Por eso yo trabajo para colocar la fotografía al servicio de los derechos humanos. En Brasil, muchas personas no lo saben, pero sólo la Policía de Río de Janeiro mata cuatro veces más -según los datos de la propia Policía-, que toda la Policía junta de Estados Unidos. Hay exterminio y desaparición de personas: en los últimos cinco años existen 30.000 casos. Esta violencia se ejerce, principalmente, sobre las comunidades más desfavorecidas. En Brasil existen políticos que integran una bancada -no asumida- del narcotráfico. Y, mientras tanto, se vuelca toda la atención en los traficantes de las favelas, que siempre son traficantes pequeños; no se mira a los grandes narcotraficantes, que cuentan con representación en el Congreso, además de que existe una gran bancada de latifundistas. Brasil no es como otros países -ni siquiera como Estados Unidos-, porque aquí están los mayores latifundios. Y hoy, más allá de los latifundios, están los monocultivos, que son latifundios para explotación, como los de producción de soja, de cacao, que pelean por sacar a las poblaciones tradicionales de sus lugares. Hay tantos desplazados, que los gobiernos deben crear parques nacionales en el mismo sitio donde vivían estas poblaciones, y, a veces, incluso, estos parques las vuelven a desplazar.

-¿Cómo ve el futuro político de Brasil, considerando la crisis y la lucha que debe enfrentar el gobernante Partido de los Trabajadores (PT)?

-La situación que se vive en Brasil es caótica, porque no hay pruebas, pero hay un golpe en camino [esta entrevista se realizó el miércoles, antes de la votación a favor del juicio político en la Cámara de Diputados]. Hay muchísimas personas reaccionando para evitar el golpe, pero es una realidad. Y en Brasil no hay una crisis de corrupción, como no hay una crisis de educación ni de salud. Sí hay un proyecto político de mantener los privilegios de la elite mediante la corrupción, que viene desde los tiempos de la dictadura. Cuando se intenta cambiar eso, se invoca contra el cambio la autonomía de los poderes del Estado, pero estos también están movidos por la corrupción. Ellos denuncian sólo a un partido, el PT, que también tenía personas corruptas. Debido a su crecimiento, entraron personas que crearon corrupción y participaron en ella, pero en un número muy menor al de los otros partidos. Y es la primera vez que por corrupción se pudo encarcelar. Lo que cuentan los medios se toma como la gran verdad, cuando la historia muestra que, desgraciadamente, los grandes periódicos, como O Globo, Folha de São Paulo o la revista Veja, fueron responsables por la formación del período de la dictadura. Y esto se vuelve a repetir. Por ahora, no hay una sola prueba contra la presidenta. Y la corrupción y el machismo son manos que se unen.

-Hablamos de la fotografía como herramienta de los derechos humanos, pero ¿sólo se debe limitar a la denuncia?

-No, lo importante es dar transparencia a la situación de todas las poblaciones que están siendo masacradas. Y darle transparencia a todo lo que hacen de bueno. Eso es lo que nosotros y muchos otros estamos haciendo, utilizando internet como un camino. La otra parte, la del derecho a la información, es de los periodistas, claro, pero también de todas las demás personas. Si no estás satisfecho con lo que dicen de ti, tienes el derecho de ir a investigar lo que quieras, y puedes transformar la noticia sin que sufra censura. La peor censura es la de los medios de comunicación. Por eso, por medio del observatorio, promovemos que cada uno cuente su historia. Aunque un campesino del nordeste no se exprese bien escribiendo, sí puede mirar a una cámara y hablar, y contar qué hace para convivir con lo semiárido. Y hay videos de poblaciones tradicionales que han ganado premios importantes.

-Yendo a una característica esencial de su obra, ¿a qué responde su obsesión por la fotografía en blanco y negro?

-Adoro la fotografía colorida de varios fotógrafos que son fantásticos, pero toda mi vida trabajé en periódicos, viviendo entre el blanco y negro. Creo que ese es mi lenguaje, porque hay luz, hay sombra, y está muy presente la composición. Pero se presta atención a la escena. Es como si fuera la misma magia que en la radio: cuando la escuchamos, imaginamos. Y eso siempre es bueno.

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