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Cultura | Miércoles 13 • Abril • 2016

Viralata, de Fabián Severo. Montevideo, Rumbo. 202 páginas.

“Quien nace viralata nunca llega a perro de raza”

“Viralata”, de Fabián Severo. Montevideo, Rumbo. 202 páginas.

La primera novela del artiguense Fabián Severo -titulada Viralata, como se conoce en la frontera a los perros sin raza- puede trasladar a más de un lector a su infancia o adolescencia, y desafiar su memoria más íntima y abandonada. “En el verano, a eso de las nueve de la mañana, el sol ya no es amigo de nadies. Entonce, nos se escondía en el patio de la Mama, onde había un paraíso que daba una sombra buena, y hablábamos de la vida de los vecino, y asvés, de nosotro”. Severo sigue asumiendo el reto de escribir en portuñol, un dialecto esencialmente oral y no normatizado, utilizando una sintaxis que responde a la fonética y que se adapta -con vaivenes- a la ortografía del español. Y lo hace teniendo presente, de manera constante, que esa decisión creativa responde a una lengua menospreciada y negada; que expresa una sensación, un vivir periférico y olvidado, una identidad nunca encontrada.

La zona fronteriza del norte uruguayo se caracteriza por ser una región bilingüe, a la que se agregan otras variedades lingüísticas conocidas como “portuñol”, “fronterizo”, “brasilero” o “bayano”. Pero las complejidades sociales trascienden las clasificaciones; el español y el portugués se han asociado con distintos estratos sociales, y en esa frontera se da lo que se conoce como diglosia (con el español como variedad “alta” y el portugués como variedad “baja”); el primero cumple funciones de lengua oficial y se usó, históricamente, en ámbitos formales, mientras que el portuñol se asoció a los ámbitos coloquiales y familiares. “Ni de Uruguay ni de Brasil, ni en español ni en portugués. El portuñol es la lengua de las gónadas y del contrabando”, dice Javier Etchemendi en el prólogo a Noite nu norte. En sus poemarios anteriores, tanto en ese de 2010 como en Viento de nadie (2013) o NósOtros (2014), Severo instalaba la necesidad de un recuerdo, dando lugar a la soledad y a cierta búsqueda de identidad, de pertenencia, con la frontera como protagonista.“La iscuela sempre me enseñó a imaginar. Los primer día de clase, la maestra mandaba que nosotro escribiera contando nuestra vacación. Yo aproveitava los recreo para escuchar las historias de mis compañero. Con un pedazo de una y una parte de otra, ía armando las palabra. Otros eran dueños de mi vacación”. Toda la novela se desarrolla a partir de la estructura centro/periferia, rico-clase media/pobrerío, calles asfaltadas/balasto y tierra, padres presentes y ausentes, con la presencia inquietante del Cuareim y sus desmanes.

El narrador, Fabi, se aventuró a escribir después de la controvertida muerte de su madre (“Para Lala, mi madre / escribí esta historia. / Porque los abogados me dijeron / que no podía hacer nada”, reza el epígrafe). El relato alterna su enfermedad y la indiferencia del único médico -cuando estaba de paso por Artigas- con los árboles genealógicos que la maestra encargaba, pese a que “en Artiga, todas las familias istán podada. Faltan padres, gajos, abuelos, ramas gruesas para agüentar las locura de cada istación. Nesta quinta, nadies sabe bien de qué planta es hijo”. El sistema formal no sólo impone una lengua, sino también un sistema, un modelo de familia. En definitiva, una vida desconocida, con la que en Artigas apenas se fantasea. Esa transculturación, de este lado de la frontera, responde a una condición inquebrantable: “Así nos hicieron. Una mitad de cada cosa, sin ser cosa intera nunca. Todos viralata, como el cusco de los Quevedo”. Al final, en la frontera uno sólo termina convertido en un retazo de palabras. Con la muerte de su madre, el narrador queda solo, en su casa, desesperado por escribir su historia, con un vacilante instinto de supervivencia.

Poco a poco, se nos revela un barrio periférico cualquiera, aunque, cada tanto, como procurando retenerlo, se lo nombre Centenario. La geografía de este libro responde a una periferia doble: es un barrio pobre dentro de la frontera. Y así como la definición propia de frontera no sólo responde a una delimitación, sino también a culturas y territorios compartidos, esta novela se define por la hibridez, tanto en función de la oralidad mestiza como por la cultura de la frontera móvil y su carácter eminentemente lírico (Viralata es formalmente la primera novela de Severo, aunque en verdad se trate de poesía escrita en prosa). Es una secuencia de relatos que hacen patente el trauma de sentirse cuzco, de saberse pobre y solo. Y lo que logra Severo es el sueño del pibe: procesa con éxito un distanciamiento de su propio espacio, desautomatiza la cotidianidad de levantarse y ver a los perros rompiendo las bolsas de basura, a los Quevedo sentados tomando mate; ese estar “presos de uma sía [silla] na vereda”, viendo “pasar las mismas cara, desde la mañana hasta la noite. Como fantasmas de tierra, condenados a sacudir el polvo estancado nu ar para que no nos aplaste. Hijos y padres del silencio, no podemo assoprar el escuro destino de malgastar la vida isperando la muerte”.

El único detalle que le juega en contra a la novela es su extensión. Si bien los microrrelatos que contiene pueden leerse salteados, al seguir la linealidad se pierde la intensidad contundente de su obra poética, diluida en historias que no dejan de ser cautivantes, pero resultan menos concluyentes.

De todos modos, como continuación de la estética que (se) impuso, Severo se distancia de otros autores que también han trabajado el portuñol -como Saúl Ibargoyen y Agustín R Bisio- y va más allá en su experimentación narrativa. Viralata responde a la sensibilidad de alguien que vivió en una ciudad del interior y que necesita entender el mundo, convalidar su propia identidad -aunque esta se defina en el aislamiento y el desarraigo-. Es por eso que su historia se vuelve tan palpable, tan real, tan cercana. Nos enseña que en la frontera uno no elige quién quiere ser, y que por eso sólo se sobrevive recordando el barro, las reposeras en la vereda, los niños moqueando, la frontera viralata. Más adelante en la historia, cuando el narrador ya ha envejecido, continúa con su desafío inquebrantable, sentenciando: “Nestas tierra, uno ya nace viejo, isperando las siesta, tomando mate dulce, aguantando hasta que el sol se caiga y empiecen las novela, por isso, los huesos de la cabeza se enferrujam y uno es menos que una piedra en un rincón del mundo”. Y así, la tierra prohibida del norte se impone.

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