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Cultura | Lunes 25 • Abril • 2016

Juan Campodónico y Fernando Santullo. Foto: Santiago Mazzarovich

Todos vivos

Con Juan Campodónico y Fernando Santullo, ante otra vuelta de El Peyote Asesino.

Sin desafiar las leyes de la tradición -porque cada vez es más común el regreso esporádico de bandas separadas o inactivas-, el 12 y el 13 de mayo volverán a sonar en el Teatro de Verano los acordes irreverentes de El Peyote Asesino, que seguramente no harán de cada noche un papelón, pero sí pegarán como Steven Seagal. La banda que supo condimentar su olla sonora con rock alternativo, hip hop, rap, funk y afines vuelve siete años después de su último regreso. Antes de brindar una conferencia de prensa para hablar de los recitales, el grupo interpretó dos canciones de su repertorio (“Todos muertos” y “Cable pelado”) en clave íntima y acústica, demostrando que su guiso noventero todavía sabe bien, aunque lo sirvan en otro plato. Hablamos con Juan Campodónico (guitarra) y Fernando L Mental Santullo (voz), que integran la banda junto a Daniel Benia (bajo), Pepe Canedo (batería) y Carlos Casacuberta (voz y guitarra).

-En la conferencia de prensa comentaron que las canciones del grupo sobrevivieron al tiempo. En las versiones acústicas que tocaron demostraron, que la música todavía resiste e incluso tiene nuevos bríos, pero, ¿qué pasó con las letras?

Juan Campodónico (JC): -En este género no son del todo divisibles las letras de la música para ver exactamente de qué se está hablando o qué se quiso decir. Muchas veces las letras son una expresión, se grita algo con lo que de repente no te identificás totalmente. La música del Peyote es muy expresiva; entonces, en la búsqueda de generación de estados de ánimo, a veces la letra se usa como un recurso para generar un efecto de impacto, y no como un texto literario. En ese sentido, no es separable. Obviamente, el Peyote está lleno de letras políticamente incorrectas, y también de música de igual índole, con faltas de ortografía musical hechas a propósito. En los textos hay cosas que, si nos ponemos a hablar seriamente, no necesariamente nos identifican. Hay una conexión por un lado sensible, no algo racional y estructurado que tenga un mensaje muy claro para que todo el mundo lo entienda; es una expresión un poco más abstracta. En ese sentido, las letras son increíbles. Ya en aquel momento nos resultaban molestas de interpretar, y hoy van a seguir siendo molestas, porque así era su intención original.

Fernando Santullo (FS): -Ocurre un poco eso. Es el conjunto lo que busca generar impacto; entonces, hay frases que simplemente quedaban bien en el contexto del guitarrazo, y no porque hubiera una historia del corazón para contar. El tema era que las palabras se acomodaran fonéticamente.

-Eso venía del hip hop.

FS: -Exacto

JC: -Obviamente el Peyote está muy identificado con ese momento de la música y con esa revolución que fue el hip hop.

-Pero hay algunas letras asustaviejas que quizá hoy no espantarían tanto.

FS: -Eran asustaviejas en aquel entonces, pero también asustaban a jóvenes y a gente políticamente correcta. Me acuerdo que cuando tocamos en Chile cayó uno que nos dijo: “Eso del síndrome de Down deberían sacarlo” [“Tengo algo peor que el síndrome de Down”, verso de “Mal de la cabeza”]. Le contestamos: “Es una letra, es ficción; no quiere decir que cuando salimos del escenario vamos a pegarle a una persona que está en silla de ruedas. Eso sólo pasa en el video”.

JC: -Eso viene del hip hop: considerar la canción como una pequeña película en la que hay una situación, un ambiente, y pasan cosas que no necesariamente te representan a vos. Cuando vas a ver una obra de teatro y hay un tipo que hace de maníaco, no quiere decir que el actor sea esa persona; es una representación. En el hip hop utilizan el sampling para generar los ambientes, y hay mucha referencia al cine y a la cultura popular en general. Es un cóctel bastante distinto. Las canciones del Peyote vienen de un formato que las hace muy distintas a las canciones de autor, en las que el tipo que canta se identifica totalmente con el personaje.

FS: -El sentido de nuestras letras depende de cómo las leas. Si las leés horizontalmente, de repente una frase, aunque no esté conectada con la siguiente, dice algo contundente, y quizá la siguiente frase diga: “Todo lo que dije en la frase anterior era un verso”. Porque también buscábamos algo de autoparodia. No hay un narrador al que vos tengas que creerle porque es serio y consciente.

-Eso parece algo cada vez más difícil de diferenciar en estos tiempos de tanta corrección política.

FS: -Salado. Vos ves que en el cine ya hasta los psicópatas hablan lindo: “Golpearemos a ese afrodescendiente. Le daremos su merecido”. El Peyote es ficción en todo sentido, lo que no quiere decir que no fuéramos nosotros haciendo eso en aquel momento, o que no hubiera una intención. Pero no siempre estábamos de acuerdo con todo lo que estaba en las letras o en la música.

JC: -Bancábamos esas tensiones. Y tanto nos bancamos la tensión que nos terminamos peleando.

-¿Cómo los trató el ambiente musical de los 90 por coquetear con el hip hop?

JC: -Todos nos veían mal. Dentro del rock nuestra propuesta era molesta y rara.

FS: -Y para los hiphoperos éramos un poco vendidos porque usábamos guitarras eléctricas.

JC: -Y porque no usábamos gorros ni championes de no sé qué marca. Además, el Peyote era bastante ecléctico desde su formación.

FS: -No era nuestra primera música y no sólo conocíamos eso. El hip hop fue una opción estética, como lo fue el rock alternativo. Pero también echábamos mano a [Alfredo] Zitarrosa y Portis- head. Nos nutríamos de todo lo que estaba en la vuelta y de lo que traíamos de casa.

JC: -“Mal de la cabeza” la podés tocar como si fuera un tango. Es un collage.

-En el estribillo la guitarra es rockera.

FS: -Sí, y la letra es como de hip hop, pero de un demente horrible. Y, en realidad, no era sobre ningún demente. La letra arrancó por un amigo que estaba en casa comiendo una pizza y se tenía que tomar el 141: le dijimos que se quedara a dormir y no quiso. Es una cosa re cotidiana. Pero está escrita de una manera que parece que fuera un universo de seres grotescos y horribles. Esa era la intención.

-¿Nunca les hicieron la clásica crítica por imitar a los yanquis?

FS: -Sí, por supuesto; todo el tiempo.

JC: -En aquel momento era todavía más evidente, porque el mundo no estaba tan globalizado. Algunos veníamos de vivir muchos años en México; Santullo, antes de empezar con el Peyote, estaba viviendo en Nueva York, y también estaba muy pendiente de la escena musical de ahí: el comienzo del rock alternativo. Nos conectamos rápidamente con todo eso que estaba pasando en el mundo. Pero claro, para acá era... A mí me decían: “El cantante no canta”, “echen al rapero”. Fue algo que nos pasó a nosotros pero también a Uruguay, que estuvo encerrado muchos años durante la dictadura. Fue un proceso lento. Cuando llegué a Uruguay, a fines de los 80, era un país gris y apagado. Se ha vuelto mucho más abierto y lo hemos convertido hasta en una virtud. Se legalizó esto y no sé qué. Ya es una especie de bandera del país.

-Ahora podés fumar un rocket y no pasa nada.

JC: -Exactamente. Cuando empezamos veníamos de la época de las razias: era otro el ambiente que se vivía.

FS: -Si sería otro el ambiente que una vez estábamos en las maquinitas, de tarde, y una razia se llevó a Juan porque tenía 16 años. Yo tuve que ir con la mamá a sacarlo. O sea, por estar en las maquinitas terminabas en la comisaría. Eso fue en democracia. Todo el primer gobierno de [Julio María] Sanguinetti estuvo salado.

JC: -“¿Qué edad tenés”?, “16”, “Ah, es para 18”. En cana.

FS: -En lugar de cobrarle una multa al dueño del local por dejar entrar a uno de 16, agarraban al de 16 y lo llevaban a la comisaría.

-Así no podían dar vuelta el Pac-Man.

FS: -Yo lo di vuelta.

-Llamaron Terraja a su último disco, de 1998. Pero si lo escucho ahora y pienso en la música a la que hoy se califica así, aquello era Beethoven.

FS: -En todas las épocas hubo más o menos la misma proporción de música buena y mala, pero tengo la sensación de que hay un montón de gente que en un momento se desconecta personalmente de la música, y después dice: “La música que estaba buena era...”, y justo coincide con el momento previo a su desconexión. Pero la música sigue estando tan bien o mal como antes. Antes no te pasaba que cruzabas la esquina y estaba Led Zeppelin: cruzabas la esquina y había una poronga, pero si buscabas un poco, de repente encontrabas a Led Zeppelin. Ahora es exactamente igual. Tenés que tomarte la molestia de ir a buscar. No es que “la música esté peor”, sino al revés: ahora es mucho más fácil encontrar ese grupo finlandés que capaz que hace lo que te gusta.

-Quizá el problema esté en el mainstream.

FS: -El mainstream siempre estuvo ahí.

-Pero antes era The Beatles...

FS: -Más o menos; The Monkees era más mainstream, por ejemplo.

JC: -Hubo un proceso en la industria discográfica: hasta los años 80 era un negocio de músicos, pero después, como se volvió tan grande, entró la gente del business, y luego, con la crisis por el formato digital, se fue la gente de la parte artística y quedaron sólo los contadores. El contador, cuando le dicen: “Te traigo este, que vende cinco millones, y este otro, de 200.000”, contesta: “Dame el de cinco millones”. Eso depuró el mainstream: pasó a ser una cosa totalmente comercial. En la era de oro del vinilo, cuando todavía era un negocio de músicos, eso no pasaba. Pensá en el jazz-rock: fue una locura que la industria discográfica haya puesto plata en esos discos.

FS: -Aparte, no todas las propuestas musicales apuestan a conquistar el mundo. Por ejemplo, yo curto un montón de posmetal, hay un circuito de eso: tocan por todo el mundo, venden su cantidad de discos y se dedican profesionalmente a esa música. Nunca vas a ver a ninguno de esos tipos en un sello grande, porque ni se plantean golpear esas puertas. Eso pasa con un montón de cosas. Para mí es lo que dice Juan: el mainstream se recontra depuró. Pero hay otros canales. De hecho, hay gente que salta a la actividad por un video, no porque tengan un contrato con Columbia.

JC: -Ahora hay otros fenómenos: cosas que surgen de la nada por el mundo viral de internet, que todavía es el Far West. Hay algunos sheriffs un poco buenos y otros un poco déspotas, pero todavía hay mucho campo libre. Está lleno de lugares a los que podés ir para fundar tu pueblo y vivir tranquilo hasta que vengan los malos, que siempre llegan.

-¿Han pensado en grabar temas nuevos?

FS: -Desde que empezamos con la juntada siempre estamos diciendo: “Deberíamos hacer algún tema nuevo”. Pero más como una cuestión nuestra; supongo que a la gente que va a ir al Teatro de Verano le importará un carajo si tocamos un tema nuevo o no.

JC: -Para muchos van a ser todos temas nuevos, porque será la primera vez que vean al Peyote. Hay un montón de personas que llegan casi a los 30 años y nunca nos vieron. Es un repertorio que todavía no se gastó.

FS: -Ese es otro tema: no es que hayamos tocado como unos dementes entre 1995 y 1999. No tocamos en millones de lugares.

-¿No tienen miedo de caer en la nostalgia?

FS: -Sí, algo de nostalgia tiene, obviamente.

-Pero me refiero a nostalgia a la uruguaya, como La Noche de la Nostalgia.

JC: -Para mí, por la combinación de personalidades y todo lo demás, juntarnos es muy estimulante: me reconecta con un momento de hacer música que fue muy efervescente. No pienso: “¡Uy, qué lejos que está aquel momento en que éramos creativos!”. Tenemos ese disco, Terraja, que es un cisne negro, hecho con la producción de [Gustavo] Santaolalla y grabado durante dos meses en Los Ángeles; lo preparamos durante un año, ensayando todos los días. Realmente, es una maravilla ese disco. Lo grabó Tony Peluso, uno de los productores más grandes de la historia, violero de The Carpenters. Ese tipo inventó el solo de guitarra con efecto fuzz en la balada pop [“Goodbye to Love”]. Mucha gente se conectó con esa música y nunca nos vio en vivo; esa relación con el público tampoco está gastada. Nos pasó la otra vez en el Pilsen Rock [de 2009]: era como si tocáramos por primera vez. No había un aburrimiento de “¡Uy, ahora viene otra vez tal cosa!”.

FS: -Veías un montón de gente súper joven que se sabía todas las letras de un disco que estaba descatalogado desde hacía diez años. Algo hizo que esas canciones siguieran.

JC: -Además, el Peyote tenía una química particular en vivo, que volvió a ocurrir. Porque también puede pasar que en diez años te oxides, pero no sucedió eso. En el Pilsen Rock, la banda en vivo fue como antes pero mejor. Eso es lo que me da ganas, y no me parece nostalgioso. Además, en su momento no fue tan popular; estaba adelantado a su época. Fue popular después, no como banda tocando en vivo. Es muy raro el caso del Peyote. Es una ecuación muy distinta a hacer una banda que se vuelve popular y toca mil veces la misma música por todos lados.

-¿Fue tan grande la pelea después de grabar Terraja que no les permitió seguir?

JC: -Es que no fue una pelea: el proceso de hacer eso nos desgastó. Nos pusimos tanta exigencia para llegar ahí... En muy poco tiempo hicimos un montón de cosas. El Peyote duró cuatro años en su momento activo. Hicimos dos discos [antes de Terraja estuvo El Peyote Asesino, de 1995], tocamos en muchos lugares de Latinoamérica y editamos en muchos lados. Todo ese proceso nos agotó. Llegó un punto en el que dijimos: “Para seguir intentando ser felices como personas, vamos a hacer otra cosa”.

-La vuelta surgió de ustedes; no fue porque les hicieron una oferta que no pudieron rechazar.

FS: -No, al revés. Se habló en junio del año pasado, y pasaron un montón de meses justamente porque lo fuimos conversando: si tenía sentido o no. Y en un momento tuvo sentido.

JC: -Tuvo más sentido cuando nos pusimos a tocar juntos: “Sí, claro, esto está buenísimo”.

-¿Van a tocar “La concha”?

JC: -Cómo no la vamos a tocar...

FS: -Siempre tocamos “La concha”.

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