Sidra (que no es su nombre verdadero) tiene 34 años, pero parece mucho mayor. Sufre lumbago, problemas en una rodilla y dolores en los pies. No puede más. “Quiero volver a Siria o a Turquía”, decía entre lágrimas el miércoles en su nuevo hogar, un campamento regido por militares. Ese mismo día, había sido desalojada con su marido y sus cuatro hijos del campo de refugiados de Idomeni.

El gobierno griego desmanteló esta semana este alojamiento informal, uno de los mayores campamentos de refugiados de Grecia. En los últimos meses, después del cierre de la frontera con la República de Macedonia, el 9 de marzo, Idomeni se convirtió en una inmensa ciudad improvisada en la que vivían en condiciones míseras miles de refugiados (entre 8.000 y 11.000, aunque no existen cifras exactas).

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El ministro de Migración de Grecia, Yanis Muzalas, anunció ayer que, después de desalojar completamente el campamento de Idomeni, el gobierno pretende evacuar a mediados de junio los campos de refugiados del puerto del Pireo y de Elinikón, el antiguo aeropuerto internacional de Atenas. Unas 1.500 personas viven en el primero y más de 3.600 acampan en el segundo, según informó la agencia Efe.

El ministro Muzalas, que calificó el campamento improvisado de Idomeni de ejemplo del “drama de las favelas” que existe actualmente en Grecia, anunció que entre 10.000 y 15.000 refugiados serán trasladados de Grecia a otros países europeos. Hoy, más de 50.000 se encuentran en territorio griego.

Quienes sobrevivieron allí durante los últimos meses se dividen en dos grupos: los que ingresaron a territorio griego antes del 20 de marzo y los que lo hicieron después de esa fecha. Estos últimos son considerados ilegales por el Estado griego y deben volver a Turquía en el marco de la firma de un acuerdo entre los 28 países miembros de la Unión Europea y el gobierno turco, que impide que las personas que buscan protección internacional accedan a las fronteras exteriores comunitarias.

Esto incluye, también, a los sirios que huyen de la guerra en su país desde 2011. Casi cinco millones de personas que huyen del conflicto están en los países vecinos, según datos de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR). Más de dos millones han huido a Egipto, Irak, Jordania y Líbano, y casi dos millones a Turquía. Sin embargo, ACNUR reconoce que no tiene datos completos. No todos se registran en sus países de acogida.

Desde el principio, el campamento de Idomeni se convirtió en un símbolo de la miseria de los refugiados en Europa. Un inmenso asentamiento en el norte de Grecia que las lluvias inundaban y el sol achicharraba. El gobierno griego trató de realojar a sus habitantes en varias ocasiones en campamentos en otros puntos del país, y existieron momentos de tensión. En abril, más de 200 inmigrantes resultaron heridos con gases lacrimógenos allí, en la frontera entre Grecia y la República de Macedonia.

El martes, Idomeni se acabó oficialmente. Empezó el desmantelamiento. El desalojo fue mayoritariamente pacífico, aunque intimidante. La Policía se acercaba a las familias, una por una, para informarles que debían dejar la zona. Los refugiados tienen desde entonces dos alternativas: recoger sus cosas y echarse a andar por su cuenta hacia un destino incierto, hastiados de promesas incumplidas, o aceptar las reglas del juego establecidas, subirse a un ómnibus e instalarse en los nuevos campos de acogida instalados por las autoridades griegas en las inmediaciones de Salónica.

El gobierno de Grecia asegura que los nuevos campamentos son más seguros, que tienen duchas de agua caliente y que garantizan tres comidas al día. Pero algunos refugiados cuentan que allí el agua caliente escasea, que la comida es mala y se les entrega en porciones raquíticas y que la atención médica es muy básica. Hay rejas y controles, y horarios estrictos para salir de los límites del campamento.

Los voluntarios internacionales que en Idomeni trabajan libremente en tareas como el reparto de comida o el asesoramiento en trámites para pedir asilo, aquí no entran y, según fuentes internas, dentro no trabajan personas formadas en derechos humanos, sino militares que no pueden afrontar esta emergencia humanitaria.

Los refugiados no quieren identificarse. Aseguran que hay muchos delatores y temen represalias. El gran temor en estos campamentos, además, es quedarse atrapados. Según la agencia de noticias Reuters, de los aproximadamente 8.000 migrantes y refugiados, sólo 2.800 han sido relocalizados y trasladados en ómnibus a campos estatales. Otros muchos han emprendido a pie un viaje a ninguna parte y empiezan a armar carpas en los alrededores de Idomeni.

A los militares no les hace gracia encontrar a extranjeros en estos nuevos campos. Una voluntaria habla con niños, y la llaman:

-Vení acá.

-¿Por qué?

-Vení acá. ¿Quién sos? ¿De qué conocés a esta gente?

-Son amigos míos.

-¿Pero de qué los conoces?

-Son amigos míos, de Idomeni.

-¿Nada más que amigos?

-Sí, nada más.

Al cabo de un rato, los militares vuelven y piden la identificación de la visitante.

“No quiero seguir con esta muerte lenta, pero no tengo dinero para volver”, dice Sidra en uno de los campamentos. Los voluntarios la animan: “Tenés que tener paciencia. Un poco más de paciencia”, le piden. “No tengo más paciencia. Se terminó”, responde ella.

Mientras, algunas niñas corean: “Camp na basha, camp na basha”. En kurdo significa “campamento malo”.

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