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Cultura | Martes 31 • Mayo • 2016

La gallina negra (Kalo pothi), dirigida por Min Bahadur Bham. Nepal/Suiza/Alemania/Francia, 2015. Con Khadka Raj Nepali, Sukra Raj Rokaya, Jit Bahadur Malla. Cinemateca 18

Castas, guerra y otras pesadillas

Como tantos ejemplares de world cinema, esta película se cruza con cierto espíritu neorrealista. De lo primero tiene la ubicación exótica (Nepal), y buena parte de su encanto es poner a los espectadores en contacto con idiomas, tipos físicos, paisajes, costumbres y vestimentas de los que tienen poca idea. Dichos espectadores no serán, en su gran mayoría, nepaleses, y quienes lo sean probablemente no vendrán de pueblitos como el que se muestra (habida cuenta del esfuerzo que, en la historia, tienen que hacer Prakash y Suresh para juntar la plata que cuesta la entrada a una exhibición de cine). De hecho, Nepal tiene una producción cinematográfica considerable (en los años 80, su edad de oro, llegó a casi 50 películas anuales), pero en general la distribución es sólo interna, y quizás este sea el primer film de ese país que se exhibe en Uruguay (por lo menos, no encuentro registro de otro).

Del neorrealismo tiene una narrativa que es lineal pero sin el empuje causal del cine clásico, con tiempos muertos y escenas que son meramente ilustrativas, o aportan al espíritu de la obra pero no al desarrollo de la anécdota. También está el énfasis en sectores desfavorecidos de la sociedad, mostrada desde la mirada de un par de niños. Esos sectores son vistos con evidente simpatía y compasión. Y está también la ubicación del drama en un pasado reciente conflictivo. La mayoría de los actores no tiene antecedentes en cine; asumo que son no profesionales lugareños.

La acción transcurre en 2001, durante una guerra civil (1996-2006) entre el gobierno monárquico y una guerrilla. Ese año hubo una tregua, y con ella empieza la historia. Las gallinas son un bien preciado y una de las bases de la alimentación de la zona rural en que transcurre la acción. El pequeño Prakash termina sintiendo afecto por una, a la que decide adoptar como mascota contra la voluntad de su padre, que quiere deshacerse de esa gallina porque hace ruido de noche, y aspira a ganar algo de dinero con ella. Distintas circunstancias obligan a Prakash y a su mejor amigo, Suresh, a emprender un largo viaje para tratar de recuperar su gallina.

En ese esquema narrativo casual, realista, los temas se cruzan sin necesariamente interactuar: el asunto circunstancial del niño y la gallina, pero también el sistema de castas (Prakash es un “intocable”, Suresh tiene casta: la cercanía entre ambos empieza a traer problemas, y aunque su amistad es firme, las diferencias empiezan a surgir), el autoritarismo en las relaciones familiares y, finalmente, los problemas de la guerra, que terminan llevando la película lejos de la inocencia que predomina al inicio.

La realización es técnicamente muy buena y el elenco rinde bastante bien, incluyendo a los dos niños en los papeles principales. Las imágenes, del premiado fotógrafo kazajo Aziz Zhambakiiev, son una belleza, y aunque no hay un solo plano paisajístico ni se “turistiza” el lugar (cada encuadre se ocupa de los personajes o de detalles que expresan la precariedad económica: paredes descascaradas, construcciones ruinosas, ropas gastadas, pieles sucias), al fondo se trasluce la imponencia del Himalaya. Los interiores, tomados aparentemente con luz natural, son sumamente cálidos.

La película es tierna e interesante, con dos secuencias memorables que descuellan por su peculiaridad estilística: son dos sueños, al parecer recurrentes, de Prakash. En el más notable, todo sucede en cámara lentísima en una especie de templo, donde hay monjes budistas y católicos junto a soldados, en una convivencia improbable y salpicada por acontecimientos absurdos, todo sonorizado por una composición electroacústica que incluye cánticos religiosos, campanadas, cuencos percutidos y un bordón ruidoso. Como toda pesadilla, fascina y tiene un aspecto inquietante sin que uno entienda bien por qué. De pronto escuchamos a la gallina y empieza el despertar de Prakash, pero el efecto del sueño persiste un poco en el sonido, mientras el niño, aún atolondrado, entra en contacto con el mundo que lo rodea. La intrusión de estas secuencias surrealistas en la textura realista de la película hace pensar en Los olvidados, de Luis Buñuel, pero también parece insinuar que, al estudiar una realidad determinada, la distancia que tomamos nos permite observar sus absurdos y su dimensión irracional.


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