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Cultura | Lunes 16 • Mayo • 2016

Jorge Nasser. Foto: Pablo Vignali

El camino de siempre

Con Jorge Nasser.

El miércoles 18 de mayo en el Auditorio del SODRE, Jorge Nasser -flamante ciudadano ilustre de Montevideo- seguirá con los festejos por sus 30 años de carrera. Promete un show hermano del que grabó el año pasado en el teatro Solís, que fue editado en un CD doble bajo el nombre 3.0, con canciones que muestran todas sus facetas sonoras: las que cultivó con el grupo Níquel, como las rockeras “Hay una falla en tu mente” y “Gusano Loco”, la blusera “¿Cuál es tu problema?”, y su composición más famosa, la popera de estribillo compartible “Candombe de la Aduana”. Pero también las que vieron la luz en su etapa solista, cuando abrazó la milonga, como “Luchadores en lodo” y “Milonga del querer”, entre otras tantas. Mientras prepara el show -como denota una Fender Telecaster que descansa sobre un sillón-, Nasser repasó su carrera con la diaria.

-Antes de editar tu primer disco solista de 1985 estuviste radicado en Buenos Aires. ¿Por qué fuiste para allá?

-Me fui escapando de la dictadura, de la grisura y de la pálida. Allá también había pálida, pero era de ellos. Existía la posibilidad de pasar desapercibido, de ser una hormiga más en aquella ciudad gigantesca. Yo tenía 19 años, y tenía una militancia. Allá me mezclé y me fui arrimando a los hippies, a la contracultura. Con ellos conseguí toda la dosis de rock necesaria. Por ejemplo, yo estaba en la redacción de El expreso imaginario y al lado ensayaba Almendra [en la época de su reagrupamiento de 1979-1981]. Veía pasar a Edelmiro [Molinari] y a El Flaco [Luis Alberto Spinetta], y pensaba: “Guaaau”. Había una resistencia cultural; ahí encontré mi lugar. Pero no tenía la idea de ser músico, ni periodista ni nada; hacía lo que venía. Hice periodismo alternativo, pero primero entré a fanzines como dibujante. No ponía a la música por delante de mis prioridades; mi prioridad era vivir. Pero más que nada me gustaba la farra.

-Aquel primer disco, Era el mismo, lo produjo Jaime Roos. Evidentemente él notó algo en vos: no lo veo metiéndose a producir porque sí a un músico debutante.

-En realidad, con el pasar de las décadas los acontecimientos adquieren ribetes de epopeya, pero en el momento no lo tienen tanto. Fue más como una cosa de swing, de acompañamiento. Jaime es un tipo implacable. Recuerdo que me costó muchísimo mostrarle mis canciones. Se las mostré y me dijo que si no le gustaban, me lo iba a comentar. No me dijo que me iba a hacer un disco. Pasados los meses, me llamó y me dijo que me había conseguido un contrato.

-Ese disco tiene ribetes de candombe beat a lo Jaime. Por ejemplo, en el tema “Por donde ando”. Incluso no parece que cantaras vos.

-Sí, era la banda de Jaime; es todo re Jaime, y hay cosas medio de [Eduardo] Mateo. La forma de cantar era rarísima; no me reconozco. No era ese “yo” artista; todavía no había encontrado mi propia voz. Por eso ese disco lo mantuve en la clandestinidad, como tantas cosas de mi historia. Cuando estaba en Níquel, que fue un grupo popular, no sé hasta qué punto me interesaba que la gente conociera que antes yo había hecho eso. Pero en realidad uno es todas las partes, las que están buenas y también las que no.

-El primer álbum de Níquel, de 1988, tiene un sonido muy The Police, sobre todo en las guitarras. Algo similar se escuchaba en Los Tontos, Traidores y hasta en los primeros discos de Fernando Cabrera. ¿No podían escapar de la influencia de Sting y compañía?

-Salado. Es que The Police fue los Beatles de los 80. Sting sigue siendo un faro para mí. Estábamos locos. Me acuerdo de que los músicos de Jaime Roos me trajeron Synchronicity [1983]: lo escuchábamos con Gustavo Etchenique y pirábamos en colores. El nivel musical de “King of Pain”... Son obras de arte que han trascendido una década lamentable para el rock. Si la comparás con las tres décadas anteriores, la del 80 es un poco infame; la salva The Police, más que nada desde la composición, porque a nivel sonoro... más o menos. Nos criamos con eso. Por eso hay tantos “oh oh”, “uo”, “io” en mis canciones.

-Níquel sobrevivió a la movida del rock posdictadura y tuvo más éxito a principios de los 90, con Gargoland I y II. ¿Cuál fue la clave?

-Es que nosotros no teníamos nada que ver con eso; en ese momento estábamos en el under. Después, cuando éramos mainstream, lo que nos pasó o nos dejó de pasar no le afectó a No Te Va Gustar, por ejemplo, porque estaban empezando. Afortunadamente, la capa de abajo no se altera por lo que pasa arriba. Arriba pasó un tsunami y no quedó nada. Fue como que las marcas abandonaron al movimiento... Pero no me voy a poner a hacer sociología. Tengo gran amistad con todos los de esa barra, y me encantan. Los tres más importantes, Los Tontos, Los Estómagos y Los Traidores, eran grandes irreverentes; eso es lo que más les rescato. Pero yo venía de un palo mucho más formado musicalmente; venía con otra base, por el rock argentino que había escuchado. También me gustaba el rock americano, por eso no nos afectó. Aquello estaba más vinculado con el rock británico.

-Post punk y new wave, más que nada.

-Claro, a nosotros nos gustaba la new wave, pero neoyorquina; siempre íbamos más por el lado americano. Me gustan los ingleses tocando música americana, pero lo que es muy inglés me hincha un poco las bolas, ya sea The Who o Jethro Tull; están buenos, pero les falta blues. Humble Pie, por ejemplo, sí. “Hot N’ Nasty” es lo más grande que hay.

-¿Por qué creés que “Candombe de la Aduana” fue un hit de los 90?

-Porque es alegre, para arriba; fue un corte con la música que había. Sin saber de quién es, lo escuchás en la radio, te dicen que es uruguayo, y pensás “qué bueno”. Te daba un impulso para adelante. Se inauguraba una nueva etapa y era el fin de una era. Como después, cuando escuché “Mal de la cabeza” [de El Peyote Asesino], me di cuenta de que era el fin de una era... la nuestra. Luego pasó lo mismo cuando sonó “El viejo” [de La Vela Puerca], y así sucesivamente; porque, como se sabe, el rock es parricida.

-En los 90 no hubo una movida de rock como la de los 80.

-No comparto eso. Creo que no hubo una cobertura mediática en particular. Pero nosotros vendíamos miles de entradas. En 1993 hicimos dos conciertos en el Teatro de Verano en los que vendimos 12.000 entradas en total, una banda sola. Fue con la Banda Sinfónica [de Montevideo], pero no creo que la gente haya ido para ver a la Sinfónica. Y te puedo mencionar un montón de conciertos más de mucha gente. Buitres también llevaba gente, El Cuarteto de Nos tuvo un éxito fenomenal: “Bo, cartero” era un hit, todo el mundo lo cantaba. Pero faltaba que nos mimaran. Capaz que ahora alguien se ilumina y se toma el trabajo de contar la cantidad de personas que asistieron a un concierto, o que vieron por primera vez una [guitarra Fender] Telecaster o Stratocaster. O la primera vez que el rock fue por todo el interior; en Rivera metimos 15.000 personas en una plaza.

-Capaz que como en los 90 no hubo recitales masivos de varias bandas, como sí hubo en los 80 (Montevideo Rock) y en los 2000 (Pilsen Rock), eso no ayudó a pensar en la existencia de un movimiento.

-Tenés razón. Eran cosas aisladas, porque no estábamos unidos por un movimiento, sino que cada uno la peleaba por su cuenta. Un hecho importante desde el punto de vista cultural fue la venida de Mano Negra [en 1992]. Fue como si hubiera arribado la cultura europea a Uruguay. Muchos vieron el útero materno ahí.

-A esta altura, parece que todo el mundo fue a ese recital.

-Es como el día que [Fernando] Morena le hizo siete goles a Huracán Buceo: debería haber 5.000 personas, pero parece que fue todo el mundo... Era como ver una especie de Cirque du Soleil de la música. La gente flipó. Pero eso tuvo un impacto en el under; a mí no me pegó, yo estaba para otra cosa: The Black Crowes, Stevie Ray Vaughan... El blues es como el tango, te agarra y te mata.

-¿Había pica entre Níquel y Buitres?

-Sí, pero era de los fans. Nosotros íbamos juntos a los conciertos, en la misma bañadera. Es el mensaje que trae implícito el disco 3.0, con la presencia de Gabriel [Peluffo]. Éramos conscientes de esa rivalidad, pero nunca estuvimos peleados. Ayer me llamó alguien que me dijo: “Yo por ustedes me agarraba a piñazos en el liceo”. Escuchábamos hablar de cosas que eran increíbles, como que en nuestro club de fans había problemas porque querían echar a uno que escuchaba a Buitres. Era una época de mucho enfrentamiento y mucha intolerancia. Fue la década menemista, el sálvese quien pueda; por eso el individualismo. Era la ideología imperante: “Hacé la tuya”.

-Tanto en Níquel como en tu etapa solista hiciste versiones de canciones de Alfredo Zitarrosa. Me llamó la atención que no estuvieras en el homenaje en el estadio Centenario.

-A mí también me llamó la atención... No me invitaron. Eso me confirma que nunca fui un artista de elite, ni lo voy a ser, ni lo quiero ser... Lo mío va por otro lado.

-En 1991 editaron De memoria, un disco de homenaje al rock uruguayo de los 70. ¿Estaba un poco olvidado?

-Sí. Ahora todo el mundo sabe quién es Dino [Gastón Ciarlo], pero te puedo asegurar que nadie sabía quién era. A mí me felicitaban por “Milonga de pelo largo”... Creían que era un tema mío. Como todavía hay mucha gente que cree que “Palabras para Julia” [poema del español José Agustín Goytisolo musicalizado por Paco Ibáñez] es un tema mío...

-En “Rock’n’roll”, de Gargoland I, cantabas: “Tenés que conocer las drogas y el alcohol para poder saber lo que es el rock’n’roll”. ¿Qué opinás hoy de esa letra?

-Tal cual. Suscribo todo. En ese momento era sacrilegio. Gargoland me parece un disco conceptual. Increíblemente, porque nunca fue la intención; pero estábamos tan inmersos en esa atmósfera de gárgolas que la logramos retratar.

-¿Mucho desbunde?

-Sí, salado. Los desbundes que leíamos en la Pelo [revista argentina de rock]. La verdad es que había mucho más rock cuando bajábamos del escenario. Era como una masa que no paraba nunca. También por eso nos separamos, porque en algún punto no podés darte con todo lo que te dabas y salir ileso. No podés. Fue la conclusión a la que llegamos con Pablo Faragó [guitarrista de Níquel]. En realidad, estábamos demasiado drogados para entender lo que estaba pasando. En Paraguay rompimos un hotel, por ejemplo. Pappo [Norberto Napolitano] nos dijo: “Che, estuvieron en Paraguay, allá son los Rolling Stones”. Pero también estaban 2 Minutos y Los Auténticos Decadentes.

-Te llevaste bien con las drogas.

-Demasiado bien; me encantaban. Siempre fui hincha de la marihuana, porque es sana; pero eso era la base, para empezar el día. La más intensa y urbana es la cocaína. Y el ácido es mágico; recomendable, una vez cada tanto. Todas las veces que tomé, fue un antes y un después.

-¿Algún mal viaje?

-No. Con la cocaína sí, tuve un par de situaciones... Por eso dejé la banda, el rock y esa vida a fines del siglo XX. Realmente era demasiado. Estaba muy pasado.

-Hablando de estar pasado: en 1993 irrumpiste a las piñas en un programa de radio porque los conductores te estaban criticando. La grabación del hecho se volvió famosa hace unos años porque alguien la subió a Youtube. ¿Cómo ves hoy aquel episodio?

-No tuvo nada que ver con las drogas, eso es lo más importante; doy fe de que ese día no había tomado absolutamente nada. Debía haber fumado, porque en esa época fumaba todos los días, todo el tiempo: hacía caso a mi maestro Bob Marley. Pero hoy cambiaron los parámetros, no lo resolvería así. Para empezar, no le daría ninguna importancia. Pero era otra época, otro mundo. Yo tenía mucho trauma con no perder las raíces: era un tipo muy aferrado a lo del barrio, a los códigos, a ser un muchacho de la calle. Me había comido mucho esa película. Venía de un ambiente no muy sano ni académico. Por ejemplo, hoy el crimen y la delincuencia se perciben de una forma completamente distinta de cómo los percibíamos nosotros. En algún punto, teníamos cierta simpatía por la parte del crimen que tenía que ver con la droga, porque era el único acceso que teníamos. No había criminales desalmados consiguiéndote algo para fumar o para tomar, eran “flacos”; era así como funcionaba. No sé si estaba bien o mal, pero que venga alguno a desmentirlo. Conocíamos mucho a esos flacos, y contábamos sus historias, que eran las historias de nosotros. Entonces, resolví aquella diferencia con ese tipo de códigos, pero no tuvo nada que ver con los códigos de un músico de rock. En el momento no pasó nada, porque el rock no era mainstream. Ahora lo que hace mi amigo Emiliano Brancciari [cantante de No Te Va Gustar] sale en Caras... Aparece mirándose al espejo, con una bata; pero en aquella época, no. Yo lo resolví como si vos fueras por la calle con tu mujer y le tocaran el culo o le dijeran algo. Ahora no reaccionaría así, porque no funciona así.

-Ahora publicarías un tuit.

-Claro, exactamente; pondría un tuit irónico. Pero al día de hoy no tengo hard feelings hacia esas personas. Como leyenda urbana -más allá de que me tenga a mí como uno de los protagonistas- es divertida. Pero ya está, pasó. Si pudiera deshacerlo, lo haría. En realidad, no le hizo bien a mi carrera.

-¿Te ganaste fama de complicado?

-Me la terminé de ganar. Es que yo era un tipo complicado. En un punto tienen razón, porque alguien que hace eso es un tipo complicado, con muchos demonios. Es verdad.

-¿Cómo ves el rock uruguayo en la actualidad?

-Me parece que está perdiendo base social. Los pibes de 13 a 18 años no escuchan rock. No saben lo que es, no tienen ni idea; ni el internacional ni el uruguayo, nada. Estamos perdiendo generaciones para el rock, y se está convirtiendo en una cosa de elite; ya es un producto de consumo fino. A mí eso me molesta, porque le hace perder las agallas. Y a los grupos que están arriba, su propia vida los hace perder conexión con la realidad, porque viven de gira, arriba de un ómnibus o de un avión. Está bien, porque es lo que les toca vivir y tienen que hacerlo, pero, ¿dónde están los grupos de barrio?

-Cada vez hay menos boliches para tocar; y, cuando hay, los vecinos se quejan.

-Los vecinos siempre fueron iguales. Pero ahora los bolicheros te cobran; están de vivos. Al músico lo único que le falta es limpiar el piso. Necesitamos equilibrio cultural, que el Estado intervenga y regule, como en todos los órdenes de la vida. ¿Por qué, si hay una ventisca y se pierde una cosecha, le ponen la guita a los tamberos? Bueno, acá, con todo esto de internet y el aterrizaje de las multinacionales tecnológicas que todo lo pueden -Youtube, Google, Facebook-, estamos regalados. Yo necesito que el Estado proteja un poco a la cultura nacional, a la música uruguaya. Ley de medios, llamale “h”, pero necesitamos que alguien regule, porque vamos a perder base social. Se están perdiendo generaciones que están escuchando una música que es un poquito tóxica. Todo bien con que tenga éxito, porque la gente se cuelga con esa parte nomás: piensan que cuando alguien hace una crítica de la cumbia cheta, es porque está envidioso del éxito... No, eso me parece un simplismo. Yo he tenido éxito y me preocupa la cumbia cheta porque me parece una música muy simple, y por momentos burda. Cuando escucho una plena en un taxi, la pone un tipo que labura 12 horas; pienso que el loco la necesita, porque necesita divertirse un poco; no necesita escuchar un disco de [Eduardo] Darnauchans, porque se muere, se tira abajo del taxi. Entonces, ahí encontrás que la relación entre la música tropical y los estratos más bajos de la sociedad es como para darle para arriba; eso está bueno, pero cuando el mensaje viene de arriba, ya no entendés nada. A mí me molesta la parte prefabricada, no que tengan éxito. Eso es lo mejor que tienen...

-Poder vivir de esa música es un verdadero éxito.

-El tema es que si no viven de eso, igual pueden vivir. A mí me gustan los músicos que si no pueden vivir de eso, se mueren; porque esos te van a hacer otra música. Faltan de esos músicos; a eso me refiero con el rock: lo que le falta es gente que si no toca, se muere de hambre. Ese tipo, cuando pega un acorde, es otra cosa. Los que tocan ahora están bien comidos, y son distintos de los que se juegan todo, cortan amarras, queman las naves. Esa actitud a veces no la veo. Veo que están todos con Facebook, el “like”... Son estrategias que yo también uso, pero soy un veterano.

-Lograste vivir de la música.

-Sí, pero me costó todo lo que me costó: una lesión medular... Es un huevo vivir de la música. Por eso a veces nos calentamos. Por ejemplo, ahora con esto de la “ley de las fotocopias”, que pegó mal en el colectivo artístico. Tienen que entender los estudiantes, los políticos -toda esa barra alucinante, a la que respeto pila- que de este lado es jodidazo. El estado en el que murió el Darno fue una falta de respeto. Pero no sólo no tienen que aprobar cosas que vayan en contra del derecho de autor, sino que tendrían que ayudar a los músicos. [Ruben] Rada se compró una casa a los 55 años; es un delirio. Además, el derecho de autor en ningún momento cercena el acceso a la cultura. Eso es un verso de las multinacionales, y no sé cómo todavía se los compran, pero no es mi problema. Nadie te prohíbe nada. Por ejemplo, si alguien quiere usar una canción mía para un comedor y no tiene un mango, la puede usar. Jorge Drexler hizo una canción para el Plan Ceibal y cedió los derechos. Yo cedí los derechos veinte mil veces, por causas buenas o por negocios, porque te sirve igual, por difusión; tanta gente entregó el alma al diablo... Entonces, no me jodan que hay un problema con eso. Pero la sociedad uruguaya se merece ese debate. Porque si podemos legalizar la marihuana, ¿no podemos hablar de ayudar a los artistas? Todavía hay gente que cree que salió una ley por la que los artistas tenemos una jubilación. No, hay que explicarle a la gente que la ley que salió, falló. Porque si hacés las cuentas... Por ejemplo, yo tengo más de 30 años de trabajo, me tocarían más o menos 8.000 pesos... No me da. O sea que mi jubilación sería ahorrar de los toques.

-Tu discografía está disponible en la plataforma Spotify. ¿Cómo es el arreglo económico?

-Eso todavía ni siquiera empezó, recién ahora están recibiendo regalías los grandes artistas. Todavía no cobré nada. Lo de Níquel se subió hace dos semanas; es algo nuevo para mí. Durante un tiempo me resistí, pero ahora me parece bien, porque las plataformas están entendiendo que hay que pagar. Lo que veo es que el tránsito lento hace que, mientras que en el primer mundo ya están pagando, acá todavía tienen gente paga para decirte que no hay que pagar. Ya se dieron de cuenta que es imposible no pagarle a Taylor Swift; si tiene 20 millones de reproducciones, no puede recibir 3.000 dólares, porque se lleva el catálogo y se van a quedar sin nada. Son temas apasionantes, pero que al final versan sobre lo mismo: ¿cómo medís el progreso de una sociedad?: por cómo trata a sus artistas. Fijate en el Reino Unido: “Sir Elton John”... Son todos lores.

-Pero a los rockeros británicos, cuando arrancaron, los mataban con los impuestos.

-Te siguen matando, porque tienen el mejor sistema de salud del mundo, y eso es muy caro. Lo votaron los ricos y los pobres después de la guerra. Las cosas como son. La plata de impuestos que le molestaba pagar a George [Harrison] era la que mantenía a los demás. Me encanta su música, pero si se fue de Inglaterra para evadir impuestos y pasarla mejor, no estoy de acuerdo. Yo soy más socialista. Te corría el fisco pero por una buena razón. En todo caso, es un problema del primer mundo. Ojalá mi problema fuera que el Ministerio de Economía me estuviera achurando con los impuestos: querría decir que soy un millonario. Pero, la verdad, acá no conozco a ningún músico millonario...

-Pasaste por el rock, el pop, la milonga; ¿seguís haciendo el camino de siempre?

-Sí. Porque, como dijo el maestro [Óscar Washington] Tabárez, el camino es la recompensa.

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