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Fuera de sección | Martes 03 • Mayo • 2016

Foto: Nicolás Celaya

La búsqueda del tesoro

-¿Estás segura de que querés darnos todos estos datos personales para que los usemos con fines ambiguos pero probablemente espurios?

Qué amables en pretender que tengo una opción.

-Sí... -¿Pero estás segura-segura? ¿De que sepamos tu ubicación, por ejemplo?

-¡Sí, sí! -les digo avergonzada. -¡Ya saben que sí! ¡Dejen de recordarme que soy una inconsciente!

Y así empiezan mis aventuras en una nueva red social.

“Busco mujeres inteligentes que sepan mantener una conversación. Las demás, abstenerse”. Encuentro muchas variantes de ese mensaje. Y en todos los casos dudo de que el que lo escribe pueda cumplir con su parte del trato; ese debe ser uno de los comienzos menos inteligentes que haya para comenzar una conversación. A veces me tienta poner “like” sólo para ver sus intentos de conversación “inteligente”, pero la vida es corta. Next.

Este tiene una foto linda. Oh, no, también tiene una autodescripción: “Fitness entusiasta. New Rich Style. Master en negocios dinámicos. Liderazgo+”. ¡No, no, no! ¡Next! Deslizo la foto hacia la izquierda, agradecida de que sea tan fácil e indoloro esquivar a un indeseable.

“Lo esencial es invisible a los ojos”. Conveniente que escribas eso cuando no salís de frente en ninguna de tus fotos, pero de última inútil, no sólo por cliché sino porque esta es una red que se basa 95% en lo que dejan ver las seis fotos que subís. El 5% restante, estas biografías de las que hablo, en general sirven para descartar a alguien que antes podía llegar a ser un candidato. A veces es mejor, para todos, mantenerse en la estricta frivolidad. Next.

Este no tiene una biografía. Empezamos bien. “Sí, es hermoso, mirá esos bíceps”, dice Amiga 1. “Agh, no, mirá esos bíceps, es de esos que están todo el día en el gimnasio mirándose al espejo”, dice Amiga 2. Porque si esto fuera una película, pasaría de un primer plano en el que me veía sólo yo, solitaria y con una pantalla de celular como única luz, para revelar que en verdad estoy rodeada de cinco mujeres, que hace un rato me dijeron, entusiasmadas: “¿Vamos a jugar al Tinder?”. Entre mis amigas soy la única que se bajó esa aplicación y la tuvo funcionando más de un día, y eso siempre es motivo de algarabía cuando me encuentro con un personaje interesante, tengo una conversación extraña o sencillamente hay que paliar el aburrimiento de alguna forma. Entonces jugamos al Tinder, porque soy la única que se banca el estigma y lo usa abiertamente; pero fascinarles, les fascina a todas.

Y es que la mayoría de las veces es un juego con pocos resultados en la vida real. Jugamos a especular qué tanto podemos saber de una persona con tan poca información. Y usamos los mismos filtros que en la vida real, aunque con más brusquedad, porque no hay demasiado margen para matices. Por un lado, me bajé Tinder porque necesitaba ampliar un poco el círculo en el que me encuentro, en el que conozco la historia sexual y romántica previa de todas las personas con las que hablo, e incluso de aquellas con las que aún no hablo pero terminaré haciéndolo. Por el otro, Tinder abre demasiado ese círculo.

Consulto con el resto de la concurrencia y pongo un “like” tentativo, o tal vez me convenzo de que no hay forma. Y me da un poco de escozor poner al tipo bajo todo ese escrutinio, pero ahora mismo cualquiera puede estar haciendo exactamente lo mismo con mis fotos, y no es tan probable que sean comentarios halagüeños. Seis fotos, una infimísima parte de mí pero todo lo que estos tipos pueden saber sobre mí, determinan si alguien está dispuesto, siquiera, a chatear un rato conmigo. El pequeño consuelo es que sólo se abre la posibilidad de chatear si tanto vos como el otro les pusieron “like” a sus respectivas fotos, así que al menos nuestro posible objeto de lujuria (spoiler: “lujuria” es una palabra que le queda muy grande a todo el operativo tinderesco) no sabrá de esta a menos que la corresponda propiamente, habiendo puesto su entusiasta o magnánimo o desesperado o indiferente “like” a su vez.

You have a match! Regocijo generalizado (seguimos en la ronda de amigas). “¡Ah, escribile ahora mismo!”. “¿Qué le puedo poner? ¿'Me gusta tu labrador incluso cuando sé que es una vil maniobra para atraer mujeres de corazón blando'? ¿'Sé que no estás tocando realmente esa guitarra sino que te la prestaron para hacer una foto artística, pero igual te ves muy bonito simulando'?”. La tenemos clarísima y el cinismo es un arma de defensa que blandimos temerariamente; no nos engañan las fotos de viajes por el mundo (odiosas) ni las guitarras para implicar talento ni los animalitos (bebés incluidos) para inspirar ternura. Sabemos to-dos los trucos. Me pregunto qué trucos usaré yo, qué versión reducídisima de una versión ya reducida de mí (mi perfil en Facebook) intento dar en esta red y qué es lo que le llega al otro. No entré a Tinder con una estrategia preconcebida, y las fotos que aparecen son las mismas que usé en Facebook con fines más generales e inocentes. Pero después de mirar cientos de fotos de posibles matches e identificar las cosas que me desagradaban y las que me interesaban, repasé mis propias fotos con una capa más de autoconciencia, ya no sólo “¿me veo linda en esta foto?” sino “¿qué se puede deducir de mí mirando esto?”. Y las medidas que tomé fue equilibrar el número de selfies con el número de fotos tomadas por otra gente, aparecer con otra gente en al menos un par de fotos, estar sonriente y pretendiendo amar la vida en todas (pero sin exagerar; algunas de las fotos más pertubadoras en esta red son las de hombres que intentan canalizar en su cara un sentimiento de “qué loca mi vida no puedo creer fiesta fiesta fiesta noche chicas verano diversión” y sólo dicen “estoy muy intoxicado y me siento muy solo”). Es lo que hacemos en la vida real también, ¿no? Y es que el segundo paso de Tinder es, para mí, el recuerdo de algo por lo que pasé muy tangencialmente en la vida real (un poco por elección y un poco por ñoña): las odiosas e inevitables conversaciones de los bailes, “hola, linda, ¿trabajás o estudiás?”. Y entonces una se pregunta por qué carajo se metió en esto. Pero de eso hablaremos en la próxima entrega. Next.