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Incorrecta | Domingo 15 • Mayo • 2016

Pero, quién es la chingada

Maternidades: imposición, deseo, penas y amor.

Embarazada, cautiva de la alteridad. Ven caminando un cuerpo intocado casi virginal, sólo materno, pero no saben que ella desea que el útero le explote por un orgasmo interminable. Grávida, preñada, sujeto/objeto de cuidado, de atención, de privilegio, de olvido, ¿muerte segura de mujer a hembra? ¿Ahí comienza el trayecto que desnuda los misterios detrás de la histórica discriminación hacia las mujeres?: sexualidad, reproducción, libertad, igualdad, poder, muerte y vida.


Uruguay aparece como una isla en un mundo donde las mujeres aún mueren desangradas al parir. En nuestro país las tasas de mortalidad materna son muy bajas comparadas con otras latitudes. En el imaginario colectivo los consensos convertidos en ley se extienden como si fueran una gran pista de aterrizaje de mujeres libres. Leyes para evitar que una mujer embarazada sea rechazada al pedir un empleo o que sea despedida, leyes que tutelan los derechos sexuales y reproductivos, leyes que apuestan por la igualdad entre los géneros y por la corresponsabilidad en los cuidados. Podría hacernos sentir muy cómodos pensar que hemos avanzado hasta llegar a una especie de páramo y que la maternidad como destino natural de las mujeres ha sido desmentido, que el placer sexual anulado por fines reproductivos está superado, que el instinto maternal es un mito, o que se está trabajando lo suficiente para desmantelar las estructuras patriarcales que intentaron mantener cautivas a las mujeres en sus casas prodigando amor, fidelidad y cuidados. Existe una nueva generación que hace ostentación de eso, pero hay una convivencia conflictiva: por un lado, mujeres que podrían ocupar cargos como la presidencia de la república, que pueden ser investigadoras y científicas, empresarias, trabajadoras autónomas que concilian la vida profesional con la privada y, por otro lado, mujeres jóvenes que venden su virginidad o paren los hijos de su padrastro, expropiadas en cuerpo y alma y fijadas en una identidad de madres que parece darles algo que les hubieran arrancado; la sociedad las convierte en dueñas de “maternidades voluntarias”, sólo embarazadas llaman la atención del Estado y se convierten en herramienta de política pública.


Después de un parto se calla más que lo que se confiesa. Las marcas en el cuerpo no son condecoraciones sino heridas. Detrás de la alegría y la “magia”, ante la sublimación social del acontecimiento se silencia el dolor, lo que frustra, la insatisfacción. No sé si es resignación u olvido, pero dónde quedan las historias de las mujeres que cosieron sin analgesia la herida de la episiotomía que rechazaron, las del médico que las abofeteó porque “entraron en trance”, las mujeres que vomitaron del dolor porque no podían pagar la epidural y terminaron en cesárea. La analgesia obstétrica no forma parte del sistema de salud, así que si una no tiene 1.000 dólares, lo que dicta el Génesis (3:16) aparece como sentencia definitiva: inerme ante el exterior, amarrada, abierta y desnuda, mujer, “parirás con dolor”. Violencia obstétrica se le llama a ese poder médico que “abre”, jerárquico e invasivo, pero casi nunca se denuncia. Lo cotidiano traga las experiencias más amargas, las más crueles. También entre aquellas que tuvieron la oportunidad de decidir sobre las condiciones en las que sus hijos nacerían —las que apelaron a un parto humanizado— hay historias no contadas. La de aquella mujer que esperaba que su parto fuera una experiencia orgásmica pero no logró soportar el dolor y con frustración tuvo que pedir la analgesia, la que sigue culpando a ese cuerpo estrecho que imposibilita un alumbramiento natural, la que después de horas de respirar, exhalar, dolerse vio envejecer su cuerpo en la bañera de su casa y terminó en un hospital, pariendo, avergonzada. El silencio, la culpa, los fundamentalismos, contribuyen a la mistificación de la maternidad, a la continuidad de situaciones por las que no debería pasar ninguna mujer. El nacimiento de un ser humano no justifica el sufrimiento o la violación flagrante de los derechos y la dignidad de nadie. Cualquiera de las bibliotecas, la más “científica” o la más natural y “humana”, develan las imposiciones que establecen cómo es que debemos convertirnos en madres y, sobre todo, el grado de autodeterminación de nuestra capacidad reproductiva en función al estrato social en el que nos encontramos. No hay libertad reproductiva sin un piso común de igualdad. Una mujer pobre, aunque así lo quisiera, ¿podría programar una cesárea, parir en la casa que no tiene, o elegir no ser mujer lactante?


Quizá el lado más oscuro del Derecho sea nuestro Código Penal, ése que no ha visto la luz a pesar de tantos años de conquistas legislativas. Sin que sea explícito ahí están los criterios normativos que hacen recaer la responsabilidad del bienestar del hijo sobre la mujer y dan recetas para el comportamiento maternal. No ser una buena madre es un delito, y está establecido en el artículo 279, literal B, con el nombre: “Omisión de los deberes inherentes a la patria potestad”. Esta figura tutela a la familia y a la sociedad en su conjunto, pero a partir de ella el Estado deposita en otros (en otras) el castigo a sus propias omisiones. Ya Octavio Paz lo decía en su Laberinto de la soledad: “¿Quién es la Chingada? Ante todo, es la madre”. Desde los años 70, padres, pero sobre todo madres, han sido procesadas por este delito en virtud del abandono y la falta de compromiso en la provisión de cuidados de sus dependientes. En innumerables ocasiones y, luego del procesamiento con prisión de mujeres pobres en virtud de los delitos cometidos por sus hijos, organizaciones sociales han denunciado el carácter tutelar, machista, autoritario, clasista y violento de la “Justicia”. Sin duda esta tipificación es la antítesis del derecho al cuidado que recientemente reconoció la flamante ley No 19.353. Algunos nos hemos preguntado, una y otra vez, si la responsabilidad es de los padres, padre y madre, ¿por qué no se busca y castiga a los varones ausentes? No contento con las denuncias y manifestaciones de la sociedad civil y para “mejorar” la eficacia de la norma penal, en julio del año pasado, el nacionalista Sergio Botana presentó una iniciativa para su aplicación “automática” en el caso de menores infractores. El espíritu de la iniciativa, que conjuga lo peor del esencialismo biologisista y el punitivismo, es que cada progenitora sea la policía de su hijo, y si fracasa en el intento, que pobre, humillada y cautiva, la juzgue la sociedad por mala madre. No se olviden que el sufrimiento es indispensable en el amor materno.


Ser madre en este siglo: biológica, adoptiva, dadora genética, gestante subrogada. Ser madre como acto de trascendencia, de amor, de locura, de vulnerabilidad, como milagro biológico o de la biomedicina, por deseo, por soledad, descuido, ignorancia, capricho o imposición. Las discusiones en torno a la maternidad dividen las aguas del feminismo. Como fórmula de emancipación del patriarcado, ¿ser madre o no serlo? ¿Cómo vivir el embarazo? ¿Cómo ejercer los derechos sexuales y reproductivos? ¿Dónde parir? ¿Cómo vivir la lactancia? ¿Cómo resolver el tema del cuidado? ¿Qué papel jugar en la crianza? ¿Cómo conciliar las ambiciones personales con el futuro de nuestros hijos? Mientras Marcela Lagarde ha identificado la maternidad como el gran cautiverio de las mujeres, Laura Gutman afirma que existe un instinto materno, “una capacidad de amar que se despierta cuando hay un bebé necesitado de cuidados”. Esta gurú del “maternaje progre”, como la ha llamado Mariana Olivera, trata de emerger como ola evangelizadora de las nuevas maternidades, olvidando que ya en los años 80 Elizabeth Badinter había roto el misterio con una conclusión cruel y lapidaria: “El amor maternal es sólo un sentimiento, y como tal es esencialmente contingente”. La disyuntiva entre descontextualizar o no la fisiología de las mujeres (embarazo, parto y amamantamiento) de la cultura evidencian la brecha que separa a los feminismos de la diferencia y de la igualdad. Otro ejemplo que permite problematizar dichas tensiones es la decisión de algunas legisladoras europeas de llevar a sus hijos a las sesiones del Parlamento como acto de militancia feminista y para mostrar lo difícil que es para las mujeres conciliar la vida familiar con la profesional. Sin embargo, esa “performance”, según otras mujeres también militantes, tiende a reforzar la condena histórica que las ata a su identidad de madres y a debilitar las luchas que bregan por la efectiva participación de las mujeres en la política, sin condescendencias ni mistificaciones. Aun en las diferencias existentes entre ambas posiciones es posible identificar que existe cierto consenso en que nunca sería posible resignificar la maternidad sin replantearnos el modo en que ejercen su paternidad los varones. La corresponsabilidad abre un nuevo horizonte, una revolución simbólica y material que nos hace desafiar las barreras impuestas. Aunque para Corinne Maier esto tampoco es suficiente; para ella, en la medida en que las mujeres decidan seguir siendo madres, nunca lograrán la autonomía. Esta mujer encabeza un movimiento llamado Women Child Free, y siendo madre de dos hijos, no titubea en aceptar su arrepentimiento. Quizá sea la voz más representativa de aquellas mujeres que confiesan que de haber sabido lo que era ser madre, no lo hubieran elegido.


Mis pechos lloran cada noche, ¿será la nostalgia de su pasado inerte? Meses atrás, caminando toda redonda hacia una entrevista de trabajo pensaba cómo podía efectivamente ejercer derechos amparados en la ley1 y evitar que me preguntaran lo que era evidente. La teoría me atravesó el cuerpo y era esa mujer que nombré una y mil veces. Embarazada, pariendo, amamantando, trabajando y amando en el puerperio, cuidando a mi hijo y reconociendo, muchas veces, que otro lo hace mejor que yo, me he sentido libre y cautiva al mismo tiempo, y sé que en cualquier momento es fácil, muy fácil, caer en la jaula de la locura, el narcisismo, el desinterés y el dolor. Con mi ambigüedad a cuestas, identifico un deseo profundo que emerge abruptamente: que las elecciones libres e informadas logren reducir las violencias que se reproducen en el interior de las familias y que se proyectan al mundo en forma de bombas, lanzallamas y mutilaciones. La imposición de conductas nos afecta profundamente. Tal como lo ha afirmado Marta Lamas, “la maternidad como ofrenda de amor femenina por excelencia ha cobrado muy caro a las criaturas la exclusión social de sus madres”. Al fin y al cabo, hay clichés que funcionan como verdades: que cada mujer pueda elegir, que la autodeterminación sea una razón poderosa para desmitificar la maternidad y que esa realización se multiplique en la crianza de niños deseados y felices. Libres de elegir de acuerdo a su propia conciencia. Así, tan naif y revolucionario al mismo tiempo.