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Deporte | Lunes 16 • Mayo • 2016

Carlos Valdez, Marcel Novick y Luis Aguiar, de Peñarol, festejan el segundo gol a Nacional, ayer, en el estadio Centenario.Foto: Iván Franco

Tremendos cambios emocionales

A veces, aun igualando, unos ganan y otros pierden.

¡¿Querés emociones fuertes?! Andá a un clásico. El de ayer, en las postrimerías del Campeonato Uruguayo 2015-2016, las regaló en abundancia en el transcurso del segundo tiempo.

El encargado del guion golpeó a un equipo –Peñarol- de entrada. Penal en contra a los dos minutos y ejecución rotunda, inapelable, para que Nacional pasara a ganar.

Como hay que ir a buscar el empate, cinco minutos después, el orientador técnico hizo entrar a un delantero (Diego Rossi) por un mediocampista (Nahitan Nández). Hay una fácil lectura: deben ir a buscar el empate y, para eso, se inclina el planteo hacia la ofensiva.

El gol mueve al partido. Sólo diez minutos después del tanto, un tiro libre que remata Forlán desde lejos se convierte en córner a favor porque su disparo pega en un tricolor. Ese tiro de esquina lo levanta Hernán Novick, y Aguirregaray -que había sido muy imprudente cometiendo el penal- ahora es una fiera en el área rival y cabecea perfecto, con impulso, con fuerza, y el partido se vuelve a igualar.

Es un respiro que les da el guionista a los partidarios de los aurinegros. Juega con todos los hinchas, les da apenas una tregua a esos seguidores de colores con tan variados grados de hinchismo.

Y vuelve a castigarlos de inmediato. Cinco minutos más y ya están debajo de vuelta. Otra vez por la misma vía del penal en contra que, además, esos mismos hinchas no captaron de entrada; más aun, ellos vieron que el delantero de Nacional se caía solo en forma algo ridícula al errarle a la pelota. Pero no, el árbitro vio algo más. Y arriba de eso, Polenta, otra vez implacable, contundente, dejó el marcador 2-1. Y otra vez a remarla de atrás.

El sufrido parcial aurinegro de este raro campeonato que siempre se lamenta junto a su técnico, quien nunca ve bien a su equipo, que no le gusta cómo juega, que para triunfar encuentra los recursos ganadores en los cambios que hace sobre la marcha y aupado en ello, mantiene posiciones de privilegio en las tablas del Clausura y la Anual; de ahí en más, al estar en desventaja nuevamente, pasa muy malos momentos a la vez que su rival de siempre juega cada vez más suelto, con superioridad técnica, más querendón con la pelota. El hincha queda dolido pero sigue participando del coro tribunero.

Y ahí va Papelito Fernández en sucesivos contragolpes que de tan sucesivos ya son ataques constantes: a los 28 minutos de ese segundo tiempo, tira afuera cerca de un parante, a los 29 tira afuera cerca del otro parante; a los 31 ¡lo que erra Papelito!, después de que Barcia le regala un pase-gol (casi un papelón cuando está al borde de un momento de éxtasis). Y sigue: a los 41 va en carrera veloz con pelota dominada y, cuando va a entrar al área y convertir, de atrás algo lo despega del suelo y le quita el control de todo: pelota, su cuerpo, todo. Y se queda sin el gol de la tranquilidad, él y Nacional. Es falta grosera, el autor de la incidencia se va expulsado, pero salva el gol y mantiene la chance del empate abierta.

En esos últimos minutos, incluyendo los cuatro de tiempo adicionado, Nacional se sigue floreando, el hincha tricolor disfruta, varios saltan al talud Colombes en clima de festejo, mientras en la tribuna opuesta los cánticos se han acallado. La derrota está ahí, acechando. Son pocos, pero algunos hinchas aurinegros, de tanto sufrir, deciden irse.

Y entonces llega el golpe escénico que nos preparó el guionista del drama y la comedia, a la vez, el guionista impredecible del fútbol, este deporte espectacular.

Es la última de las últimas en ese diez contra once final. Los diez parecen impotentes jugadores rumbo al cadalso futbolero. Pero… por allá, por la Olímpica, uno que sabe y había entrado hacía poco, Maxi Rodríguez, entra en contacto con la pelota; maniobra -sabe hacerlo, repito-, busca el hueco -no se sabe para qué-, esquiva un rival y, con mínimo espacio, larga el centro largo para que Marcel gane en lo alto y cabecee al parante derecho del Coco Conde y el guionista nos regale el cambio de roles de todos -pero todos, ¿eh?- y la emotiva situación -la del canto de la victoria y la derrota- dé vuelta todos los estados de ánimo, las gestualidades, los gritos, las lágrimas de distinto signo.

Disfrutó, luego de tanto padecimiento, el hincha aurinegro. Quedó demudado el hincha tricolor, después de tanto paladear el buen gusto del éxito deportivo.

Y ahí salen los aurinegros victoriosos en el empate, y los tricolores, derrotados en esa igualdad.

Quedan nueve puntos por jugar. El guionista del fútbol nos seguirá deparando otras obras geniales. Seguramente.

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