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Cultura | Martes 31 • Mayo • 2016

Un demonio familiar

Aunque los zombis y los ghouls caníbales pertenecían desde hace centurias al imaginario del horror, fue George Romero quien los definió -con la tercamente siniestra La noche de los muertos vivos (1968)-, en la versión artística que hoy conocemos, como criaturas antropófagas sin rastro de raciocinio ni moral, una plaga apocalíptica desprovista de todas las cualidades que consideramos propias de lo humano, reducidas a máquinas de perseguir y devorar. Una metáfora clara del hombre consumista, pero también uno de los bichos más aterradores que haya dado el séptimo arte, a tal punto que desplazaron a vampiros y hombres lobos como principales protagonistas de las películas de horror, multiplicándose como una auténtica plaga por todo el cine barato, caro o a precio justo, hasta realmente saturar el mercado.

Por eso, fue todo un logro del guionista de cómics Robert Kirkland haber reavivado (sin apartarse mucho de los parámetros establecidos por Romero) el interés por estos cadáveres ambulantes con sus historias de The Walking Dead, y un éxito aun mayor haber conseguido, junto al director Frank Darabont, adaptarlas a una de las series televisivas más exitosas (y violentas) de los últimos tiempos, tan popular que hasta se ganó un spin off o serie derivada, Fear: The Walking Dead.

Kirkland decidió seguir la racha con otro cómic de horror, que ya se ganó su propia adaptación televisiva a sólo dos años de que comenzara a editarse. Se trata de Outcast, y su autor dice que esta vez intenta asustar realmente a los lectores: teniendo en cuenta los numerosos julepes causados por The Walking Dead, esa promesa es a la vez una amenaza.

Outcast parte, como The Walking Dead, de una premisa no muy original, pero sobresale gracias a algunos giros personales y a la buena escritura. La serie gira alrededor de Kyle, un hombre joven con un pasado torturado que se va revelando en flashbacks, mediante los cuales descubrimos que toda su vida ha estado bajo el acecho de fuerzas demoníacas que poseen a sus seres cercanos, incluyendo a su madre y a su esposa. Sospechoso de violencia familiar y viviendo al margen de su comunidad -un pueblo simbólicamente llamado Roma-, Kyle es llamado por un religioso para que lo ayude en el caso de un niño, aparentemente poseído por una entidad similar a las que atacaron a su familia, y descubre que tiene el poder de expulsar a esos malos espíritus del cuerpo de sus víctimas. El asunto, obviamente, es similar al de El exorcista (1973) y sus incontables imitaciones (el cine de exorcismos goza de tan buena salud como el de zombis), y en algunos aspectos, como la inseguridad de los exorcistas, los juegos mentales que los poseídos entablan con ellos y la flexibilidad física de los endemoniados, la mímesis es casi absoluta, a tal punto que una mirada superficial podría descartar a Outcast como una simple versión para televisión de la película de William Friedkin; pero algunas diferencias se pueden notar ya en el capítulo piloto, y quienes estén familiarizados con el cómic saben que estas se irán acentuando a medida que la historia entrelace su premisa sobrenatural con otro horror mucho más terrenal y permanentemente evocado: el de la violencia intrafamiliar.

La adaptación es fiel al cómic de modo casi absurdo; reproduce viñetas y encuadres a la perfección, y el elenco -salvo algún personaje que cambió de etnia para darle más diversidad al producto- es idéntico a sus modelos dibujados. Sólo la paleta de colores -que en los cómics se limita a dos o tres tonos muy pálidos- es notoriamente más vivaz. El conflicto principal -el exorcismo de un niño- no llega al grado de intensidad y espanto de escenas similares que se han visto en el cine, pero los flashbacks ocasionales pueden dar una idea del potencial terrorífico de la serie. Tal vez su propia fidelidad al cómic, que comenzaba un tanto lento y tradicional, pero se ha ido volviendo más siniestro y original, conspire un poco contra este piloto, que no llega a desarrollar el potencial de una historia en la que las posesiones se irán multiplicando, al tiempo que los clichés de las películas de endemoniados irán desar- mándose. Pero eso vendrá en el futuro, o no. Si, como parece, la serie sigue meticulosamente el esquema de su fuente de inspiración, hay que tenerle paciencia y darle la chance de que se vuelva realmente tétrica.

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