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Cultura | Martes 14 • Junio • 2016

El patrón que cae

En unos meses llega la segunda temporada de Narcos.

Después de su gran escape de la cárcel La Catedral, Pablo Escobar tiene los días contados. Aunque él parece estar preparado para lo peor, la captura -y la muerte- del mayor narcotraficante del siglo XX se aproxima en la nueva temporada de Narcos: Netflix acaba de anunciar que pronto (el 2 de setiembre) estrenará nueva temporada una de sus mayores apuestas. El Robin Hood colombiano, el asesino cruel, el terrorista, el padre, el coleccionista de animales exóticos, el político, y, claro, el tipo que casi logró monopolizar el tráfico de cocaína durante diez años, vuelve a la pantalla chica.

Desde el comienzo, Narcos se internó en una de las historias más legendarias y truculentas de las últimas décadas latinoamericanas, contada por un gringo, agente de la DEA, que intentaba dar con Escobar. La serie se lució con un reparto y un ritmo sostenido, ya que antes de que ese perseguidor hallara al rey del Cártel de Medellín, la narración retrocedió a los comienzos del narcotráfico latinoamericano, en el Chile de los años 70, y los inicios de Escobar como contrabandista, siguiendo un tono realista e informativo con base en una buena cantidad de archivos.

El que interpreta al “patrón del mal” es el bahiano Wagner Moura -el terrible protagonista de Tropa de elite (José Padilha, 2007)-, que con inquietante y maléfica frialdad es capaz de realizar las mayores atrocidades para luego, ya en la intimidad, jugar a eso de ser el mejor padre. Muchos opinaron que el actor daba con la talla del temible personaje hasta que abría la boca y se descubría su esfuerzo por encontrar el tono cafetero. Pero lo cierto es que su parecido y su cadencia no hacían más que sumar a ese Escobar remasterizado, sin opacar sus propias contradicciones. A Moura se le suma otro brasileño, justamente Padilha, que vuelve a dirigirlo como en aquella exitosa y controvertida película de hace casi una década, que algunos consideraron una apología de la violación de los derechos humanos por parte de las fuerzas de seguridad, y otros una denuncia inteligente de esa realidad. Seguramente esa presencia latina -a la que se suma la de otros actores importantes como el chileno Pedro Pascal, que interpreta al agente de la DEA Javier Peña- distancian a Narcos del modelo de producción hollywoodense y lo acercan a una estética más cercana a la del cine latinoamericano, a partir de una narración que transcurre entre lo ominoso, lo nostálgico y la ley implacable del “plata o plomo”.


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