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Deporte | Lunes 11 • Julio • 2016

Sede de Boston River. Foto: Federico Gutiérrez

Camino al andar

Sobre la historia y el presente del recién ascendido Boston River.

La calle no daba para más. Los pibes del barrio querían competir y jugar en serio. Los más grandes, engreídos y pillados, no les daban importancia. Entre varios, bajo una de las pocas bombitas de luz que había en el frente de la casa de un vecino que trabajaba en UTE -en la esquina de Juan José Quesada y Juan Cruz Varela-, se fundó Boston River el 20 de febrero de 1939. Esa única luz encendida en la calle fue el factor social que unió a esos chiquilines que se morían por jugar al fútbol en el barrio Bolívar. Había grupo, pero faltaba el nombre.

El campeonato del barrio tenía a un equipo que la rompía. Todas las semanas, en la vieja cancha de Rosarino Central, la sastrería Boston ponía a sus hombres en el campo. Como esos pibes estaban encantados con el juego de ese gran cuadro, decidieron homenajearlos utilizando ese nombre. Pero para tener club también faltaba un presidente, y decidieron ofrecerle el cargo al señor Juan Deri, un respetado ciudadano argentino de la zona, que los acompañaba siempre. Deri era hincha de River Plate argentino. En reconocimiento a él, los chiquilines decidieron adoptar como nombre institucional Boston River.

La primera casaca que utilizó el equipo de pibes fue blanca y negra, a bastones verticales, y se las había donado un vecino. Al poco tiempo, los chiquilines armaron una rifa en el barrio para poder comprarse su propia indumentaria oficial. La rifa tuvo éxito, pero había un detalle que había sido pasado por alto: el premio. La promesa para el ganador era hacerse acreedor de dos patos. Según cuenta la historia, narrada por el actual presidente del club, Sergio Pérez, los chiquilines le pidieron a una vecina esos dos patos, que luego le fueron a llevar al italiano Giuseppe, el favorecido. Cuando llegaron, el Tano les preguntó por qué los patos eran tan pequeños, a lo que los inocentes pibes respondieron: “Giuseppe, los trajimos así para que los críes como tú quieras”.

Ya con el dinero en la mano, sólo faltaba lo más importante: comprar la camiseta. Los pibes de Boston River llegaron a la casa de deportes con la idea fija: la camiseta debía ser igual a la de River Plate argentino. Allí se encontraron con la sorpresa de un buen consejo que les dio el dueño de la tienda: al lavarse, las camisetas destiñen y quedan rosadas. El mismo vendedor les ofreció unas telas que tenía en oferta, que incluían una camiseta a bastones verticales de color verde y rojo. Así, casi por casualidad, los chiquilines adoptaron los colores que el equipo utiliza hasta el día de hoy.

La competencia para Boston River incluyó varias participaciones en campeonatos barriales entre 1939 y 1954. El equipo jugaba de local en su propia cancha, ubicada en la zona donde luego estaría emplazado el edificio Libertad. También muy cerca de la cancha de Boston estaba la vieja sede del club, frente al monumento a Luis Batlle Berres; ese local se alquilaba para eventos sociales, y los bailes que se hacían allí eran famosos.

Sumando

Con ganas de crecer y de dar el salto, en un momento de efervescencia del fútbol uruguayo, por el campeonato del mundo obtenido en Maracaná en 1950, los chiquilines (ya convertidos en hombres) decidieron que era momento de inscribir al club en la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF) en una de sus cinco categorías (A, B, C, Extra A y Extra B). En 1954 se arrimaron y se registraron para participar en la última categoría que tenía el fútbol uruguayo, que era de carácter amateur.

El primer partido oficial del club fue ante Estrella Roja, del Cerrito de la Victoria; los debutantes ganaron 2-0. En esa primera participación Boston River logró el campeonato y ascendió a la Extra A. Tras dos años en esa categoría, con una final inolvidable frente a Pablo Pérez en el estadio Centenario en 1956, el equipo se ganó un lugar en la C, la Intermedia, en la que estuvo estancado muchos años. En esa divisional jugaban, entre otros equipos, La Luz, Canillitas, Artigas, Lavalleja, Cerrito, Misiones, Miramar, El Puente, Villa Española y Mar de Fondo.

Ese estancamiento en la vieja Intermedia generó desgaste en los directivos que llevaban adelante a la institución. Ya con el nuevo predio de la sede comprado, ubicado en Saladero Fariña entre Valladolid y Jacobo Varela, se empezó a generar otro tipo de acciones sociales, que también demandaron ciertas exigencias que los dirigentes de ese entonces no pudieron tolerar. En 1981 Boston River se desafilió de la AUF, y las 11 camisetas rojiverdes no se vieron en la cancha grande hasta 1999.

Fueron 18 años en los que el equipo de Bolívar no tuvo actividad oficial vinculada a la AUF. Algunos socios creyeron beneficioso destinar los pocos ingresos del club tenía a la actividad social, pero esto no tuvo resultados positivos. “Se gastaba mucho dinero. Algunos decían que teníamos que dejar de jugar y crecer como institución, con una sede de diez pisos, por ejemplo. Lo cierto es que a los seis meses de la desafiliación, Boston se fundió, nos cortaron la luz por falta de pago. Luego aparecimos algunos muchachos que nos criamos acá y empezamos, de a poco, a tomar las riendas del club”, cuenta el actual presidente.

Esos muchachos decidieron apostar a lo que el club tenía en su sede para mantenerlo vivo. Una cancha de bochas y de fútbol de salón lograron que Boston , pese a estar fuera de la AUF, siguiera existiendo.

Volver

Los directivos no aguantaban más las ganas de ver nuevamente a su equipo en la cancha grande, pero la normativa de la AUF, entre otras cosas por no tener cancha en exclusividad, se los prohibía. En 1999 la norma se interpretó de otra manera, y eso permitió a Boston River volver a ser parte de los campeonatos oficiales; ingresó a la Liga Metropolitana Amateur junto a Alto Perú y Sportivo Italiano, que estaban en la misma situación.

“Nos quedó esa espina de la desafiliación, porque éramos chicos cuando sucedió y no pudimos hacer nada. Ingresar a la AUF implicaba pagarle al cuerpo técnico, y quizá algún viático a algún jugador, porque jugar oficialmente no tenía costo. En ese momento volvimos por el gusto de ver al equipo en la cancha; fue en un partido con Alto Perú en la cancha de Miramar Misiones y perdimos. Estuvimos hasta 2006 en esa liga, cuando ganamos la final justamente frente a Alto Perú y subimos, por primera vez en la historia, a una categoría profesional”, relata Roberto Perdomo, actual secretario y delegado de la institución.

Subir a la Segunda División Profesional implicó varios cambios en Boston River. Si bien la alegría fue enorme para los directivos de la institución, ya que ese logro era parte de un sueño, fue difícil empezar a solventar los gastos que implicaba el profesionalismo. Cuenta Perdomo: “Lo primero que hicimos fue agarrarnos los bolsillos y ver qué había. Al principio, una persona vinculada al fútbol nos dio una mano, pero luego se fue. Un año casi ni jugamos, porque teníamos deudas. Pagamos carísimo el hecho de que no teníamos experiencia en el manejo del profesionalismo. Tenés que pelear con contratos, regulaciones, y fallamos en eso. En ese momento, ninguno de los clubes profesionales de la categoría te ayudaban en el camino. Dejan que te estrelles solo”.

Mi Buenos Aires querido

La situación no era la mejor.

Entre Roberto Perdomo, Sergio Pérez y Mario Doldán se la jugaron con un dato que tenían. Por un contacto, sabían el bar en el que cada mañana desayunaba César Luis Menotti en Buenos Aires. Allá fueron. “Estábamos muertos y no íbamos a jugar. Fuimos al bar, nos sentamos y esperamos a Menotti. Cuando llegó, fuimos a encararlo. ¡Pensó que íbamos a robarle! [Ríen] Le explicamos de Boston River, le llevamos unos banderines y se mostró interesado. Nos sugirió que habláramos con [Carlos] Navarro Montoya y nos dio el contacto. Llamamos al Mono y quedamos en juntarnos la siguiente semana, también en Buenos Aires”, cuenta López.

Con esa otra luz de esperanza, los dirigentes de Boston River se reunieron con el histórico ex arquero boquense. Él había participado en España en cursos de gerencia deportiva, y le interesaba invertir en una Sociedad Anónima Deportiva (SAD), una modalidad de naturaleza jurídica que en España, donde el arquero había jugado varios años, era habitual. Navarro Montoya les pidió tiempo a los directivos para analizar el proyecto, y a los pocos días se apareció en Montevideo para conocer de qué se trataba Boston River. Llegó junto a Martín Cardetti, Walter Silvani y Horacio Carbonari, todos ex futbolistas argentinos.

En 2009 Boston River pasó a ser una SAD. El grupo argentino asumió una deuda de 70.000 dólares y confió en los directivos del club del barrio Bolívar para llevar adelante su proyecto. Pasar a esta modalidad implicó que todas las deudas eran de los integrantes de la SAD y no del club, además de que el capital social, reflejado en acciones, podía ser vendido y era de su propiedad. A su vez, los titulares de la SAD figuran como propietarios de los derechos federativos de los jugadores, a diferencia de lo que sucede en un club tradicional.

En Uruguay, ya por ese entonces, existía una ley que prohibía a las personas físicas ser titulares de derechos federativos, algo que también la FIFA avala desde hace poco. Para ser una SAD, los socios de Boston River aceptaron el cambio, con la condición de que la institución siguiera existiendo como tal e integrase el directorio, además de tener 10% de las acciones del capital social.

Bajo esa modalidad, Boston River empezó a crecer. En 2011 estuvo muy cerca de ascender por primera vez a Primera División, pero perdió por penales con Cerro Largo. Según recuerdan los directivos del club, subir en ese momento habría resultado desfavorable, porque la institución no estaba firme en otras áreas (edilicia, social, juveniles): se habría convertido en una debacle. Luego el club estuvo en todas las definiciones por play off para el ascenso, y volvió a tener una chance inmejorable en 2015, cuando cayó (también por penales) ante Villa Teresa. “Boston era más equipo. Con el tiempo aprendimos a manejar la categoría e implementamos el conocimiento. En esa tanda con Villa Teresa estábamos súper preparados para subir y teníamos ese bichito a flor de piel”, cuentan.

Pero en el camino no todo fue fácil. Los fantasmas del pasado empezaron a acechar, y la cosa se complicó. En 2014, el grupo argentino empezó a abandonar el barco de a poco. “Cada vez venían menos al club, y los aportes empezaron a mermar. Nunca dijeron que se iban, pero se veía venir. Era difícil cubrir el presupuesto, y se puso feo. Volvimos a ser el Boston River de antes. A pesar de eso, en lo deportivo nos fue bien, pero fue una etapa dura, de mucho esfuerzo personal. Ni siquiera sabemos cómo hicimos para subsistir. El plantel entendió y colaboró en ese sentido. Llegamos a deber como mucho tres meses, pero para nosotros era una barbaridad”, recuerda Pérez.

A pesar de su marcha, con el grupo argentino se generaron muchas cosas positivas. Se trabajó muy bien en juveniles, con muy buenos entrenadores, y como consecuencia de eso surgieron jugadores como Felipe Rodríguez, Giovanni Zarfino y Diego Gurri. Esto permitió lograr varios objetivos. Uno de los más importantes vino cuando Boston River adquirió, en calidad de comodato, un predio de Antel, ubicado en la zona de Manga, que por ese entonces utilizaba el fútbol femenino. El terreno ya contaba con dos canchas de 11, a las que sumaron tres más, junto a dos más pequeñas, de césped sintético, y una con las medidas oficiales para torneos de la Asociación Uruguaya de Fútbol Infantil.

El nuevo Boston

Tras el alejamiento de los argentinos, nadie se interesó en adquirir el capital social que les correspondía a ellos. Roberto Perdomo se acercó a un contacto, muy vinculado al fútbol, que le recomendó que se acercaran a un grupo gerenciador venezolano, dueño del club Deportivo Táchira. “Los argentinos, en un gesto de grandeza, cedieron las acciones sin ningún tipo de contraprestación. Primero los venezolanos iban a gerenciarnos, pero luego surgió lo de hacerse cargo de la SAD. Los argentinos pudieron haberla vendido, pero no lo hicieron. Nosotros seguimos teniendo ese 10%, por lo que tenemos que cumplir con aportes de dinero o con trabajo. Este nuevo grupo está muy vinculado al fútbol y conoce mucho”, aclara Pérez.

La pelota iba por buen camino. El campeonato 2015-2016 quedará marcado a fuego en la historia del “Viejo Boston”, como grita un emblemático hincha del club. Para los dirigentes, ese equipo fue el mejor de la divisional, con figuras como Mauro Vila, Alejandro Acosta, Adrián Berbia, Jorge Zambrana, William Klingender.

El equipo, dirigido técnicamente por Sergio Cabrera, tuvo un campeonato con ciertos altibajos y llegó a una de las últimas fechas con la chance intacta de ascender si le ganaba a Cerro Largo en el estadio Antonio Ubilla de la ciudad de Melo. Y lo hizo. “Los jugadores metieron como nunca. Subimos porque se conjugaron muchas cosas. Tener el complejo de juveniles y las mejoras edilicias se sumaron a tener el mejor plantel de la divisional. No es casualidad que hayamos llegado tres veces a la zona de definición. Cuando subimos nos pasó de todo por la cabeza: la familia y la gente que ya no está. Todavía no nos despertamos”, recuerda Pérez.

Con el ascenso nacerá una nueva etapa en la historia de Boston River, que tiene la firme intención de mantener la categoría en el Campeonato Uruguayo Especial. Recién en agosto el equipo será oficialmente de Primera División, lo que da a los directivos un tiempo para trabajar y seguir afinando detalles antes del gran desafío del debut en la A. Llegar al círculo de privilegio implica dar un salto de calidad, que los directivos confían en que institucionalmente están en condiciones de dar. “No nos va a pasar lo mismo que cuando subimos a Segunda División, porque ya tenemos más experiencia. Pagaremos derecho de piso, pero la tenemos clara. No nos gusta lo que pasa con la tabla del descenso, porque está pensada para los equipos que ya están en la categoría, pero la vamos a encarar de la mejor forma. Se está hablando con muchos buenos jugadores que podrían llegar al club y se va a mantener la base que logró el ascenso. Todavía no está totalmente confirmado, pero probablemente juguemos como locales en el próximo torneo en el estadio Juan Antonio Lavalleja de la ciudad de Trinidad; la solicitud está en trámite. Y haremos la pretemporada en La Paloma, algo que nunca tuvimos”, relata el presidente.

Uno de los grandes cambios que tendrá el equipo de Bolívar es en el cuerpo técnico. Tras el ascenso, el grupo gerenciador venezolano sugirió la contratación como entrenador de su compatriota Daniel Farías, hermano de César, quien fuera técnico de la selección vinotinto. Los dirigentes se reunieron con el entrenador, que se interesó en el proyecto, pero no se llegó a un acuerdo económico. “Farías sacó campeón a Deportivo Táchira, por eso surgió su nombre. Nos juntamos con él y fue muy amable”, afirma Pérez. “Tenerlo enfrente fue la primera señal de dónde estábamos ubicados. El grupo venezolano nunca quiso hablar con Farías sin antes resolver la situación de Sergio Cabrera, y por eso se optó por no renovarle el contrato. El director técnico venezolano finalmente prefirió no venir, por el momento, porque debía afrontar muchos cambios en su vida personal al mudarse a otra ciudad, ya que residía en Bolivia”.

Tras el fracaso en las negociaciones con Farías, el grupo propietario de la SAD sugirió la contratación de Alejandro Apud, quien finalmente será el primer técnico de Boston River en Primera División. El Turco, que anteriormente dirigió a Sud América, Liverpool y Atenas de San Carlos, tendrá en su grupo de trabajo como asistente a Ruben Silva y el preparador físico será el ex futbolista Gabriel Alcoba. De los jugadores que integraron el plantel que logró el ascenso se quedarán Adrián Berbia, Alejandro Acosta, Facundo Freire, Gastón Poncet, Lucas Beltrán, Facundo Moreira, Gonzalo Machado, Diego Gurri, Nicolás Barán, Mauro Vila, Federico Rodríguez, Rafael Cereijo, Rafael Alberti y William Klingender, y se evaluará a Marcelo Rodríguez, Joaquín Laso y Gonzalo Camargo. Por ahora, los que se integraron, aunque aún no tienen su participación asegurada con Boston River, son Agustín Nadruz, en préstamo de Peñarol; Kevin Larrea, Enrique Etcheverry y Guillermo Fratta, en préstamo de Defensor Sporting; los brasileños Douglas, Jardel y Dudú; Darwin Ávila, que quedó libre de Peñarol; Joaquín Noy, Martín González y Pablo Álvarez.

La gran apuesta para esta nueva etapa del club es que el complejo deportivo Edmundo Kabchi, en Manga, en el camino Carlos A López, siga creciendo. Los ingresos por una posible venta del volante Felipe Rodríguez, que actualmente tiene contrato con Defensor Sporting, podrían ser la base para una futura inversión para que el equipo de Bolívar tenga su propia cancha. “Tener la cancha ahí sería extraordinario, porque es un lugar espectacular. En su momento, la cancha que tuvimos donde hoy está el edificio Libertad, en terreno municipal, fue demolida en la época de la dictadura porque se iba a construir la sede del Ministerio de Defensa Nacional. Nunca nos animamos a reclamar nada, porque nos rompieron todas las instalaciones, algo que debimos hacer cuando se restableció la democracia”, cuenta Pérez.


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