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Cultura | Viernes 29 • Julio • 2016

Jairo Bustamante, María Telón y María Mercedes Coroy, ganadores de la categoría ópera prima por la película guatemalteca Ixcanul, en la ceremonia de entrega de los Premios Platino, el sábado, en Punta del Este. Foto: Pablo Vignali

Collage de artistas iberoamericanos

Diálogos en Punta del Este con Ricardo Darín, Ciro Guerra, Jayro Bustamante, Javier Cámara y Santiago Segura.

Un fotógrafo, un camarógrafo y una periodista emprenden un viaje sin saber bien con qué se encontrarán en el destino. Mientras recorren la distancia entre Montevideo y Punta del Este, María Telón y María Mercedes Coroy se despiertan con las primeras luces que logran filtrarse por la ventana del hotel. El primer encuentro se da cuando el equipo de la diaria llega a la puerta del Mantra. Allí mismo se cruzan caminando rapidito, con sus vestidos coloridos -y en chancletas-, las dos indígenas guatemaltecas. El culpable es Jayro Bustamante, el director del film Ixcanul, que recorrió comunidades mayas en busca de las actrices de su historia. Las encontró en Santa María de Jesús. Allí, además de español, se habla k’akchiquel, lengua que pertenece a uno de los pueblos mayas que han logrado sobrevivir a la explotación de las empresas agroexportadoras, cosechando café y bajo la amenaza del volcán de Pacaya. Ahora se las ve en el corredor del hotel; le hablan bajito a uno de los empleados y siguen su camino. Parece una buena señal de bienvenida. Un aire reflexivo y de bienestar suele acompañar a la mayoría de los actores y directores cuando se refieren a la materia prima de su oficio. Esta vez la cita era en torno a los Premios Platino. Organizados en una serie de sets, los elegidos -entre una larga lista de realizadores- respondían preguntas apuradas de periodistas ansiosos. La propuesta era una ronda de charlas de diez minutos compartidas con otros medios. Algunos preferían empezar por lo obvio. “¿Qué implicó la nominación al Oscar para el cine colombiano?” (a Ciro Guerra); “¿Truman lo ha llevado a reflexionar sobre la muerte?” (a Ricardo Darín); “¿Quién es, hoy, Andrea del Boca?” (además de aquella ex actriz infantil que besó a la mayoría de los galanes argentinos). Otros callaban o comentaban algo al pasar, y a unos pocos les interesaba algún roce marginal con otras áreas (como el de El abrazo de la serpiente con la ciencia ficción, por ejemplo).

La jornada empezó con la entrega del Premio de Honor a Darín, la indiscutible joyita de los actores argentinos. Antes, presentadores y representantes de la Entidad de Gestión de Derechos de los Productores Audiovisuales (Egeda) fundamentaron ese reconocimiento diciendo “Ricardo hace las películas mejores”, “sentimos que Ricardo es el gran remador” y “es la consecuencia de alguien que asume riesgos constantes” y “tiene la virtud de que el público empatice con personajes terribles”. Darín, después de un minidiscurso en el que señaló la necesidad de poner en valor la unión y la confraternidad artística -y, a veces, política- que se ha venido dando desde hace mucho tiempo entre los iberoamericanos, respondió algunas preguntas con humor y buena disposición, incluso replanteándose su lugar dentro del cine.

En su última película -Truman, dirigida por el catalán Cesc Gay-, Darín interpreta a un enfermo terminal obsesionado por el futuro de su perro cuando él ya no esté. En ese juego de desacralizar a la muerte se complementa con Javier Cámara, en el papel de un amigo cercano que decide viajar a Madrid para visitarlo unos días, mientras todos -incluido el espectador- se preguntan cómo organiza su vida y sus vínculos un cincuentón consciente de que le queda poco. “El trámite de la realización de Truman, inevitablemente, nos hizo internarnos cada vez más no sólo en la historia escrita sobre el papel, sino también en la experiencia que cada uno de nosotros arrastró tristemente en su vida con respecto a situaciones parecidas. Estar en contacto permanente con ese nivel emocional nos llevó a ver cómo se para uno frente a la muerte, pero también es cierto -y siento que esa es la verdadera clave de esta historia- que intentamos averiguar cómo nos paramos frente a la vida antes de la muerte. Me parece que esa es la parte más interesante. De hecho, fue lo que nos propusimos: no dejarnos intoxicar demasiado, en el trámite de la realización, por lo que presuponía el hecho triste de la desaparición, sino valorar los momentos que teníamos por delante. Eso fue lo que nos rescató y nos permitió hacer la película. Y con un nivel de energía elevado, que era lo complejo”.

Con respecto al premio, y a lo que implica su trabajo para las nuevas generaciones de actores, recordó que la noche anterior se había encontrado con un par de colegas mexicanos muy jóvenes, que lo abrazaron emocionados, contándole qué los motivaba de las distintas historias y qué los empujaba a encarar nuevos desafíos. “Esa es la rueda de la vida: todo lo que vamos haciendo y lo que conseguimos, para bien o para mal, más allá de ver los resultados económicos o de taquilla. El cine nos ayuda a vivir mejor y hay historias que nos ayudan a caminar. Lo que podemos sentir a la salida de la sala, si vimos una buena película, es maravilloso: nos dice que todo es posible, que todo depende de nosotros, nos empuja hacia adelante; en vez de aplastarnos, nos eleva. Si tenemos la oportunidad de derramar y repartir esas sensaciones entre las generaciones nuevas, algo estaremos haciendo bien”, sostuvo.

Un diario argentino le preguntó sobre la falta de distribución del cine latinoamericano en los propios países de habla hispana. Darín apuntó que, en décadas anteriores, el intercambio cultural fluido se dio sobre todo con las cinematografías europeas, como la francesa o la inglesa y, en algunos casos, la española, en forma muchísimo más intensa que la actual. Atribuyó el cambio para peor a las empresas de distribución, añadiendo que -“es innegable y tenemos que asumirlo de alguna forma”- la industria estadounidense posee una dinámica y mecanismos de difusión realmente muy importantes, “y también se ha encargado de ir sacando de algunas plazas las posibilidades de que conozcamos nuestras historias. No pretendo hablar en contra de ellos, porque sería una abstracción imposible de abarcar, pero hay una pregunta que debemos hacernos y contestar cada uno de nosotros para adentro: hasta qué punto nos interesan las superproducciones y los efectos especiales, o las historias que tienen carne y hueso. Cada uno debe tener una respuesta íntima con respecto a esta pregunta, pero el tema es tratar de visualizar cuál podría ser una posible solución para reencauzar esto. Me encantaría poder seguir disfrutando de tantas otras cinematografías que quedaron un poco cercenadas por una cuestión de espacio y de ocupación, frente al avasallamiento de las grandes producciones estadounidenses y de las distribuidoras”, lamentó el actor de Nueve reinas.

¿Hay un “método Darín” de trabajo? “Eso tiene que ver con la fama que me ha construido Javier Cámara. Me anda gastando bromas todo el tiempo, dice que está en ‘primer año de Darín’ y que está por dar examen a fin de año”, cuenta riendo. Para él, si bien no existe un solo método, cree que los actores, en general, necesitan alguno. Y sobre todo los más jóvenes, “porque el cine se aprende haciéndolo”. Recordó que hasta 1993 él había hecho un importante número de películas de diversas calidades, y que el quiebre se dio cuando, ese año, tuvo la oportunidad de trabajar en la ópera prima de un amigo, Perdido por perdido, de Alberto Lecchi. “Éramos muy jóvenes los dos, y él fue quien por primera vez se interesó, y tuvo la generosidad de mostrarme cómo funcionaban las cosas detrás de cámara; es decir, no sólo la parte técnica, sino también cómo se veían las cosas detrás de cámara, y hasta qué punto muchas veces los actores -por lo que es la metodología de trabajo aplicada al cine- perdemos energía entre una toma y otra. Porque todos sabemos la cantidad de tiempo que es necesaria para ubicar bien las cosas y que las tomas salgan cada vez mejor. Pero sucede que, cuando uno está 12 o 14 horas en un set o en exteriores, a veces incluso de madrugada y con inclemencias del tiempo, pierde mucha energía si no entiende la llave para poder economizarla y lograr aplicarla en el momento en que la cámara esté funcionando. Entre tantas otras cosas, él fue el que me abrió un poquito la puerta para mostrarme las posibilidades que se tienen cuando uno conoce cómo funcionan las cosas detrás. Se lo agradeceré toda mi vida, porque a partir de ahí empecé a ver nuestro trabajo, el de los actores, desde otra perspectiva. Y realmente sentí que no sólo me servía a mí, ya que podía intentar hacer que las cosas salieran más enfocadas y más funcionales a la historia, y, por consiguiente, nuestro oficio se nutría de la reciprocidad. Eso mejoraba la relación entre todos los actores”.

Con los estetas y los otros

“¿Qué tal, chicos? Soy vuestro”. Así nos recibió el enérgico Javier Cámara (el de Hable con ella, La mala educación, Una pistola en cada mano y Torrente: el brazo tonto de la ley) antes de justificarse: “Es que acabo de aterrizar, tengo una especie de excitación”. Sobre Truman reconoce que fue una lección personal sobre cómo debería portarse uno cuando sucede algo así. “Perdí a mi papá hace más de 26 años, y cuando hice esta película pensaba en cómo debería haber actuado. Pero me pilló muy joven, por eso uno piensa que es una nueva oportunidad para resarcirse”.

Unas semanas antes, Cámara había terminado de filmar La reina de España, de Fernando Trueba -la secuela de La niña de tus ojos (1998)-, en la que se cruzó con Penélope Cruz y el mexicano Arturo Ripstein, entre otros. Dijo que se trata de una película bellísima, que se convierte en un gran homenaje al cine y a lo artesanal en España en los años 50, además de ser un homenaje a la historia de ese país y al oficio de actor.

Has trabajado con directores de estéticas muy distintas, y ahora acabás de filmar una serie para HBO de Paolo Sorrentino [con Jude Law y Diane Keaton], alguien que ha reinventado un estilo. ¿Cómo fue esa experiencia?

-Me encantó, me dejó muerto. Imagínate, vengo de trabajar con Fernando Trueba, Cesc Gay, Isabel Coixet y Paolo Sorrentino. Estoy pensando en contarlo en un libro, para que no se me olvide. Con Sorrentino nos conocimos hace muchos años, cuando estrenaba su primera película, L’uomo in più * (2001). Yo había hecho Hable con ella, y los dos coincidimos en el festival de Berlín. Ver la evolución que ha logrado con su cine es increíble, porque es muy artístico y muy visual, pero también muy personal. Participar en El joven papa*, que es una superproducción de HBO rodada en su casa, en Roma, y en unos palacios y unas iglesias en los que nunca habríamos imaginado que íbamos a entrar, es increíble. Es lo que dices: [Pedro] Almodóvar, Coixet, Cesc, Trueba y Sorrentino son estetas. Son lo que esperas que sea un director que representa una entidad universal. No es tanto lo que yo soy, sino con quiénes he trabajado. Lo que queda es pasar desa- percibido, ser humilde, aprender.

Cámara confiesa que le gustaría trabajar con Juan José Campanella, porque ha constatado, tanto con Cecilia Roth como con Darío Grandinetti, Dolores Fonzi o Darín, que los rioplatenses tienen “una falta de prejuicio frente a la melancolía, a la emoción. Y eso me gusta. Nosotros somos más pudorosos al mostrar la emoción. Y Campanella está en ese hilo frágil. Con películas como El hijo de la novia, que te tocan el corazón. Y eso es un arte. Me gusta ese tipo de acantilado en el que te sitúa ese director”.

¿Cuánto queda de aquel muchacho que, cuando llegó a Madrid y entró a un vagón del metro, dijo “buenos días”, generando la risa de varios?

-Es que en Madrid nadie saluda. En un ascensor la única frase que se dice es “¿a cuál va?”, ¡no te miras! Y me acuerdo de que cuando llegué de mi pueblo, entré a la estación y saqué un ticket, había un ruido horrible, y yo estaba con una caja, una maleta y unos chorizos que me había mandado mi madre. Imagínate. Siglo XIX. Cuando llegó el metro no sabía cómo entrar. Cuando lo logré dije “buenos días”, y de repente se abrieron todos en un círculo. En la siguiente estación entró un acordeonista rumano, y cuando dijo “buenos días” se volvió a abrir el círculo. Ahí caí, sólo lo hacían los que pedían.

El mundo indígena

Jayro Bustamante, ganador del premio a la ópera prima por su película Ixcanu, destaca que el cine guatemalteco se encuentra en plena emergencia, “Tenemos muchas ganas de contar historias y de romper ese silencio que vivimos durante tantos años”, afirma. Al hablar de su trabajo, dice que él filmó una particularidad de ciertas comunidades que no tienen acceso a casi nada y están en la extrema pobreza. “Muchas familias en Guatemala viven con un dólar diario. Pero cuando hablamos de comunidades mayas estamos hablando de la mayoría del país. Aun así, a veces cuesta tener la mente abierta para verlos. En Guatemala, muchos vieron Ixcanul y se sorprendieron de descubrir, en 2016, que eso existe a 20 minutos de cualquier ciudad. Yo tuve la suerte de crecer ahí, de empaparme y no tener que hacer ese proceso de despertar, porque nací despierto, gracias a ellos. ¿El cine se volvió una herramienta?

-Sí, y estoy muy contento de que lo sea en este caso. En Guatemala menos de 10% de la población tiene acceso a las salas de cine, y ese porcentaje lo que ve son grandes ntertainments de los majors, de los que no estoy en contra, pero es necesaria la variedad. Si bien es cierto que producir una película es muy duro, distribuirla es todavía peor. Hicimos un fuerte trabajo gracias a un premio que nos ganamos en Polonia, y gracias a muchas instituciones y organizaciones no gubernamentales guatemaltecas. Logramos hacer una gira por el altiplano para llegar a comunidades alejadas, y siempre la propuesta fue hacer un cine-foro, con gente que conoce las temáticas sobre las que habla la película [tráfico de niños, la desventaja de no hablar español], para ampliar el sentido de la experiencia. Porque incluso en las comunidades la gente sigue defendiendo ciertas prácticas bajo la bandera de tradiciones culturales o de cosmovisión maya, pero la trata de personas no puede ser, en ninguna cultura, una cosmovisión. Lo interesante es que hicimos ese trabajo con niños, para que cada vez que un adulto diga “estas son prácticas ancestrales”, ellos se levanten en contra. Incluso los propios niños son los que nos dicen que los adultos tienen que ver esta película.

Para Bustamante, lo peor que ha heredado su país de la guerra civil es el “miedo que te lleva al silencio, a la invisibilidad, al escondite. Desde hace un tiempo, Guatemala está tratando de hablar, de contar. Y el cine es uno de los lenguajes posibles”. Subraya que esta es la primera vez que una película guatemalteca tiene este impacto mediático, y que sin ese impacto Ixcanul no habría sido aceptada por el propio público de Guatemala: “Cuando la empezamos a promocionar, la gente decía: ‘¿para qué ir al cine a ver una película como esa, si veo tantos así en la calle?’. El racismo es así de básico”.

Cuando se le pregunta por el trabajo con actores no profesionales, el realizador dice que resultó una de sus mejores experiencias. “Fue muy bonito trabajar con esa unidad que la naturaleza nos pedía -al estar en una comunidad maya-, y debíamos hacer ritos muy básicos, como charlar con la naturaleza alrededor del fuego sagrado, para que los elementos nos dejaran trabajar. Después eso se volvió una práctica antes de rodar, y una manera de encarar los momentos de crisis de rodaje. Por crisis me refiero a que nos robaran un quintal de maíz que ya habíamos filmado, a tener que esperar media hora más por el sol, porque la escena se había tardado, y que la comida se arruinara, o que el volcán hiciera erupción y la lava se nos viniera encima. Crisis básicas que para nosotros eran el fin del mundo”.

El guatemalteco no duda en definir su trabajo: quiso retratar la mirada del oprimido. Todo surgió cuando una mujer maya le contó esta historia de tráfico de bebés -con anuencia del hospital público-. “En un país conservador, racista y clasista, ¿qué quiere decir ser una mujer maya, pobre, soltera y menor? Son etiquetas muy difíciles de llevar, incluso con los cambios que se están viviendo. Extrañamente, en Japón la película ha generado muchos cine-foros donde se habla del machismo. Por eso diría que no es una película indígena, sino humana”.

En cambio, Ciro Guerra, el director de El abrazo de la serpiente -primer film colombiano en ser nominado al Oscar-, se propuso ir hacia lo desconocido porque, según él, se había detenido demasiado tiempo en temas personales. “Esta película fue el intento de ir en la dirección totalmente opuesta, y la Amazonia, en Colombia, es absolutamente desconocida, aunque me había dedicarlo a investigarla. Es que es muy difícil el acceso a su historia y a su cultura, y por eso se trata de una región de la que no sabemos nada. Para mí fue tan importante el proceso como la aventura de hacerla. Si sé qué película quiero filmar de antemano, ya no tiene sentido, porque la idea es que en el camino se vaya revelando y tomando vida. Eso es lo más enriquecedor”, evalúa.

Cuando la academia estadounidense le preguntó en qué categoría quería competir -si en guion o dirección-, Guerra optó por la dirección, porque se siente mucho más director que guionista. En cuanto al procedimiento, y todo lo que rodea a Hollywood, el colombiano explica que le interesa aprender su funcionamiento, más que nada “porque existen mecanismos de promoción muy fuertes del cine estadounidense -que además facilitan mucho el contacto entre quienes lo hacen-, y siento que en América Latina debemos aprender de eso”. Como suele suceder, después de la nominación al Oscar le llegaron muchas ofertas de trabajo, pero “fue muy difícil encontrar material bueno, y que me interesara. Además, ya vengo desarrollando una película desde hace tres años. De todos modos, me he vinculado con algunos proyectos porque me interesa explorarlos, aunque quiero seguir haciendo cine en Colombia y siento que las películas que más deseo hacer están allí”.

En El abrazo de la serpiente se apostó por una decisión estética arriesgada -la de filmar la selva en blanco y negro-, y por una historia poco convencional: un chamán y dos científicos blancos navegan -en distintas épocas- en busca de una planta sagrada. El director relata que, cuando algunos estadounidenses vieron su película, le dijeron que tenía mucho de ciencia ficción, y de lo que se conoce como poscontacto (en referencia al “contacto con civilizaciones avanzadas o futuras. La experiencia más reciente puede ser el contacto del mundo occidental con el mundo tradicional indígena”). “Y es así, porque la ciencia ficción y otros saberes, como la etnografía y la antropología, están mucho más próximas entre sí de lo que parece. Creo que hace diez años no se habría alcanzado esta repercusión, porque recién ahora la gente está experimentando un apetito por aprender de las culturas tradicionales”.

El trabajo con los actores fue una coincidencia importante con Ixcanul, ya que “una gran duda que teníamos era si podíamos trabajar con indígenas, porque ellos no tienen proximidad con la actuación o con el teatro. Pero era mucho más factible que un indígena se convirtiera en actor, que el proceso contrario; es imposible representar un indígena del Amazonas. Y si bien no tienen contacto con la actuación, sí lo tienen con la tradición oral, a la que han mantenido viva durante siglos y que les aporta herramientas de actuación. Más que nada, por la importancia que tiene la narración de historias, que les aporta la mayor capacidad de un actor: la habilidad de escuchar”.

El margen del centro

Otros de los que circulaban por los sets eran los presentadores de la ceremonia: Santiago Segura, Natalia Oreiro y Adal Ramones. El encuentro con Segura -o Torrente, como prefieran- transcurrió en el tono esperado. La gran sorpresa es que el actor (y autor) de la saga más taquillera del cine español trabajó en Supermax, una coproducción entre la televisión pública argentina y la cadena O Globo -dirigida al público español-, bajo la dirección de Daniel Burman (El abrazo partido, Derecho de familia), en la que se cuenta, por medio de un reality show, la convivencia de ocho personajes en una cárcel de alta seguridad. “Ha sido una maravilla -dice Segura-. He disfrutado mucho haciéndola. La serie de Burman es lo que pienso que deben ser los Premios Platino: una especie de colaboración para conocernos todos un poco mejor y que disfrutemos de nuestros acentos. Y que esa idiosincrasia no signifique que estemos aislados, porque en esta serie había cinco actores argentinos, un uruguayo, un cubano, un mexicano, una brasileña y yo, que soy español”.

¿Que si le molesta que a veces la gente lo confunda con su personaje de Torrente? Sólo un poco. Porque, por otro lado, piensa: “¡Qué gran actor soy! O sea, este personaje ha logrado hacer creer que yo soy del Aleti o que llego a casa y me emborracho, dejo a mi mujer y mis hijos... Cuando hice El día de la bestia, la gente en las fiestas me daba drogas. Como el personaje era toxicómano, me daban cocaína o ácidos. Yo los guardaba para otros amigos que consumían, por no desperdiciarlos. Pero decía: ‘Es un personaje. ¿No se dan cuenta?’ Iba a las radios y me ponían música heavy metal. A mí me gustan Dean Martin y Frank Sinatra. Pero ellos me decían: ‘No, me estás cagando todo, pongamos Iron Maiden’. Por eso hay que tener mucho cuidado: si haces un personaje de asesino de niños, tal vez te tiren piedras”.

Torrente es una caricatura del policía fascista y homofóbico, y Burman es el director de un cine intimista, minimalista y para nada caricaturesco. ¿Cómo fue trabajar con él?

-Sí, ese es su cine. De todas formas, para Burman también era una primera vez, porque aquí hay un componente muy grande de thriller, o sea que es una serie muy diferente a sus películas. Me gusta porque él arriesga y experimenta. Creo que un actor debe amoldarse a todo. Y siguiendo con lo que decía de los Premios Platino, tenemos que empezar a trabajar seriamente en nuestro star system: que haya más gente como Ricardo Darín, que abre una película en Brasil, en España, que en México es un nombre. Es una estrella internacional, y no ha tenido que pasar por Hollywood para eso. Por desgracia, a veces el peaje es que si no estás en Hollywood nunca vas a ser una estrella conocida en todo el mundo. Me gustaría que en la decimoquinta gala de los Premios Platino haya muchos Ricardo Darín. Una película colombiana a lo mejor no se ve en Venezuela; una película chilena no tiene el mismo éxito en la Argentina que en su país. Viaja muy poco nuestro cine.

¿Es cierto que si no fuera actor ni cineasta sería taxista [pregunta una agencia española]?

-No, gigoló. Taxista no me motiva, porque tienes que estar conduciendo y aguantando al cliente. En cambio, gigoló es una cosa bonita, porque haces felices a las señoras.

¿Tampoco seguiría con el cómic erótico, como en sus comienzos?

-No, no. Me gustó en su momento, pero dibujar está muy mal pago. Creo que lo de gigoló está bien, pero no tengo físico.

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