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Cultura | Lunes 18 • Julio • 2016

Alan Vega. Foto: s/d de Autor

Cuando el arte se vestía de punk

Alan Vega (1938-2016)

La tendencia a simplificar conceptos artísticos ha hecho que cuando se habla de “punk” se piense básicamente en bandas de guitarras ruidosas y muchachos con crestas berreando canciones contra la Policía; pero no siempre fue así, y si la obra de alguien es una prueba de la amplitud de la gama musical que el punk ofreció en sus comienzos, esa obra fue la de Alan Vega.

Su nombre era en realidad Boruch Alan Bermowitz. Como la mayoría de los músicos que generaron la escena musical del punk neoyorquino a mediados de los años 70, era de origen judío, pero decidió adoptar un nombre artístico que sonara latino, porque en aquellos días eso parecía tan excéntrico como peligroso en el ámbito del rock. Pero Alan Vega no era exactamente un rockero, sino un estudiante de bellas artes formado en la escena vanguardista de Nueva York. A fines de los 60, un concierto de la banda de Iggy Pop, The Stooges, le cambió la vida al demostrarle las posibilidades transgresoras y de interacción que existían encima de un escenario, pero en vez de formar una banda convencional de rock, se juntó con el tecladista Martin Rev para crear un proyecto llamado Suicide, que buscaba extremar los aspectos de confrontación que le habían fascinado de la banda de Pop. Lo logró a tal punto que, años después, diría con ironía que habían conseguido que hasta los punks los odiaran, ya que sus conciertos solían terminar en batallas campales con públicos tan ofendidos por la actitud beligerante de Vega como por la extrañísima música que hacían, considerada por muchos como mero ruido. En aquel entonces pasaron a formar parte, en cierta forma, de la generación de punk neoyorquino que incluía a Patti Smith, Television, The Ramones y The Dictators (aunque Vega era bastante mayor que ellos), pero siempre se mantuvieron un tanto separados, considerados más una performance artística provocadora que un proyecto musical propiamente dicho. Sin embargo, cuando en 1977 editaron su primer disco, llamado simplemente Suicide, Vega y Rev demostraron que no sólo estaban haciendo música, sino también que en muchos aspectos eran la iniciativa más arriesgada y personal del grupo de artistas inclasificables a los que se agrupó alrededor del denominativo “punk”.

Si Vega y Rev se hubieran limitado a editar ese disco y luego se hubieran dedicado a la jardinería, su lugar en la historia de la música pop-rock del siglo XX ya habría estado asegurado. Suicide es un disco mil veces imitado y cuya influencia puede rastrearse en la obra de cientos de artistas, tan diversos como Pet Shop Boys, Sigue Sigue Sputnik, Henry Rollins, Spacemen 3, Primal Scream o The War on Drugs, por nombrar tan sólo a algunos de los más evidentes. Se trata de uno de esos discos que, sin haber siquiera registrado su marca en las listas de más vendidos, da la impresión de que -como se decía de los de The Velvet Underground- cada uno de los que lo compró formó luego una banda; con apenas siete canciones y sin más acompañamiento musical que un teclado y una primitiva caja de ritmo, Suicide logró hacer uno de los trabajos más climáticos de la década de los 70, en el que, sobre bases reverberadas, protoelectrónicas y minimalistas, Vega desgranaba melodías vocales de escasas frases, influenciadas por el discurso callejero y poético de Lou Reed, que parecían provenir de una banda de rockabilly y garage posapocalíptico. No era rock ni pop, y mucho menos era punk tal y como lo entendemos hoy, sino algo que englobaba todo eso y que prefiguraba lo que serían luego la música industrial y el tecno-pop. Algo tan nuevo que las primeras reseñas fueron muy hostiles, llenas de temor tanto por el lirismo romántico de canciones como “Cheree” como por el viaje al horror de diez minutos de la teatral y oscurísima “Frankie Teardrop”. Un disco único y vanguardista que sigue sonando tan inquietante, renovador y seductor como hace 40 años.

Suicide se disolvería y volvería a juntar varias veces en las décadas siguientes, editando discos fascinantes aunque menos personales, y Vega desarrollaría por su cuenta una carrera solista en la que, junto a músicos como Alex Chilton, daría rienda suelta a su amor por el rockabilly mínimo que era la base de las canciones de su antigua banda. Nunca pasó de ser un artista minoritario aunque influyente, y siguió trabajando hasta sus últimos días, tanto en música como en escultura. En 2014, uno de sus mayores y más inesperados fans, Bruce Springsteen, lanzó un cover de una de sus canciones más hermosas, que ya venía tocando en vivo desde una década antes, y posiblemente la volvió el tema más popular de toda la carrera de Alan Vega y Suicide. Se llamaba “Dream, Baby Dream” (sueña, bebé, sueña) y, justamente, Alan Vega murió a los 78 años mientras dormía el sábado. Otro de sus fans y su amigo, el siempre generoso Henry Rollins, le comunicó la noticia al mundo escribiendo: “Alan Vega fue la quintaesencia del artista en cada nivel imaginable. Su vida entera estuvo dedicada a exteriorizar lo que su visión le reclamaba”. Una visión que tal vez no fue reconocida por las grandes masas, pero que se puede sentir en todo el espectro de la música contemporánea más original, valiente e incoformista.

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