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Cultura | Viernes 01 • Julio • 2016

Casa Leborgne, jardín. Obra de Horacio Torres. Foto: Testoni Studios

De principio a fin

Graves alteraciones de la Casa Leborgne.

“La enseñanza de Torres creo que fue lo que más influyó sobre mí. Olvidándome de todo lo que había aprendido, empecé de nuevo a construir modestamente sin tratar de imitar a nadie”. Así transmite Ernesto Leborgne (1906-1986) el impacto que la mirada del pintor tuvo en su propia obra, en medio del diálogo que mantiene con Mariano Arana, José Luis Livni y Lorenzo Garabelli en enero de 1981. Y así se aprecia en lo que realiza tras el encuentro con el maestro: una rara secuencia de piedras preciosas, un universo peculiar y extraño que parece disolver el hiato establecido entre arte y arquitectura.

El origen: un nuevo nacimiento

El contacto entre Ernesto Leborgne y Joaquín Torres García ocurre en 1934 -días después del regreso de este a Uruguay- por mediación del arquitecto Alberto Muñoz del Campo, quien invita y acompaña a Leborgne a la muestra “de un pintor uruguayo muy conocido” (así es como se lo presenta), la primera que realiza en Montevideo. Tiempo después, Leborgne visita al maestro en su casa de Isla de Flores -“fui hasta allí temblando”, confiesa- y compra el primer cuadro que Torres venderá en su tierra -Carguero, una escena portuaria pintada en París en 1927-. Esto da inicio a un lazo fecundo y duradero que se hará extensivo a los hijos y discípulos del artista: desde entonces, el arquitecto asiste a las conferencias del pintor y a menudo conversa con él sobre los temas que lo desvelan. Se fragua así la misteriosa inflexión, el giro rotundo, el nuevo nacimiento: el origen de un modo de hacer irrepetible, que sólo se explica si se apela a la figura mítica del genio, el que se rige por sus propias e ignotas reglas.

La obra de Leborgne crece entonces como un cuerpo unitario y coherente, como una serie de variaciones sutiles sobre el mismo tema. El núcleo es siempre la casa, el hogar, la cueva: el centro del mundo, el recinto donde se ama, se llora y se sueña. El ladrillo y la piedra son la carne y el hueso, la materia. Y el aire es un soplo de eternidad: las obras se instalan fuera del tiempo; calladas, rotundas y ajenas.

Se define así un universo cerrado y opaco, un mundo denso y oscuro que brota de la tierra. Una música acotada y discreta, una elocuente forma de silencio. Una hermosa saga que se inicia con su propia casa (1940) y se cierra con la que proyecta para Mario Lorieto (1960) -y con la reforma de la casa de Augusto Torres, realizada en paralelo-.

En este universo encantado domina el ideario de Torres García, que impone la integración de las artes en una unidad *constructiva+. Así, la arquitectura rodea y abraza las elevadas formas del hacer “inútil”, incorpora el perfume del arte y sus licencias. Y adopta sin velos la iconografía torresgarciana, en un visible homenaje a ese legado. El resultado es un mundo fuera del mundo, que -como la obra de Torres- suspende el pulso del devenir y encarna la fuerza de lo eterno, lejos de la levedad aérea que impone la vanguardia. El arquitecto resuelve o elude el dualismo de ese “espíritu nuevo” que atormenta al pintor -quien prefiere “la olla de barro a la de aluminio; la mesa de madera, pesada y fuerte, a la de cristal y hierro”-: se mueve en un tiempo sin tiempo y apuesta sobre todo a la verdad del discurso arquitectónico. “A mí me gusta que la piedra sea piedra y no que sea laja, y que el ladrillo sea ladrillo y no un revestimiento de plaqueta”, dice Leborgne con firmeza, y hay en esto un reclamo de correspondencia empírica. Pero esa verdad inmediata tiene también vuelo metafísico: irradia el eco de una certeza recóndita, profunda, difusa.

El centro: la casa del arquitecto

La Casa Leborgne -situada en Trabajo 2773- es la pieza inaugural en este universo, el destacado umbral de esta intensa secuencia. Un recinto tan introvertido y callado como su dueño original -lacónico, tímido, retraído-. Una apuesta al tiempo absoluto o a la duración eterna, concebida como un dominio autónomo y ajeno a las veleidades externas.

El muro compacto de ladrillo marca el tajo profundo, el borde preciso: define el confín de lo privado, la frontera de lo más íntimo. Detrás se abre un refugio hecho de verde y de piedra, donde crecen el rumor del agua y el crujir de las hojas secas: la vieja quinta del abuelo -que llegaba hasta Cavia- deja espacio en sus fondos para la obra magna del arquitecto.

La construcción ocupa el sector lateral del predio, con una disposición en dos niveles que suscribe el criterio habitual -espacios comunes en la planta baja, dormitorios en el primer piso- y se erige sobre un sótano que guarda la colección de arte africano y precolombino. El tono general es austero y contenido: todo se confía a la fuerza expresiva del ladrillo, que define los delicados juegos volumétricos y confiere dimensión táctil al conjunto. La reja en la puerta principal de la casa replica un dibujo de Torres.

Pero es en el jardín donde Leborgne despliega su ideario estético: es ese su verdadero sello. Un espacio hecho de tiempo y en el tiempo, construido de modo moroso y dilatado a partir del progresivo ingreso de nuevos elementos. En medio de la profusa vegetación -en gran parte ya instalada en el predio-, se define un recorrido lento y tembloroso, pautado por algunos hitos sorpresivos, un derrotero pleno de meandros en el que brillan piezas creadas por Eduardo Díaz Yepes y por integrantes del Taller Torres García, además de las que el propio arquitecto realiza.

Todo se inicia en el bebedero de pájaros que Leborgne realiza “con una pieza de granito de la Plaza Independencia”, en una muestra de su afán por coleccionar rastros de otras historias. A esto sigue un demorado proceso que incorpora el Génesis de Díaz Yepes en el acceso a la casa, el mural en mosaico veneciano de Julio Alpuy, el pez constructivo de Horacio Torres, el bajorrelieve en arenisca de Gonzalo Fonseca y el homenaje a Lautréamont de Francisco Matto, entre otras obras. Una secuencia que amplía el profuso repertorio artístico interior a la casa.

Se configura así el peculiar universo del arquitecto. La casa y su jardín instauran un hacer genuino, riguroso, con fundamentos. Una experiencia personal que tiene, empero, visibles consecuencias: promueve una línea ulterior de trabajo que dejará en Uruguay su hermosa huella.

¿El fin?: los motivos de esta nota

La Casa Leborgne configura -junto a su jardín- una obra de primer orden en el panorama local, aunque esto no parece ser visible para todos y exige una constante labor educativa dentro y fuera del ámbito académico.

Este valor ha sido reconocido y consagrado en el plano legal, con complicados vaivenes. Según la documentación disponible, el 30 de enero de 1987 la casa es declarada Monumento Histórico Nacional junto a las siguientes obras artísticas instaladas en el predio: la reja de la puerta principal, la escultura de Díaz Yepes, el mosaico de Alpuy, la fuente en piedra realizada por Leborgne, los murales de Augusto y Horacio Torres, los bajorrelieves en piedra y en mosaico de Fonseca, y las obras en piedra, ladrillo y madera de Matto. Esa resolución se amplía meses después -28 de abril- para abarcar el padrón lindero -que pertenece también al predio- y proteger así “todas las obras pictóricas, escultóricas y artesanales” que integran el jardín.

Dos años después, el conjunto es desafectado -17 de octubre de 1989- y reafectado al mes siguiente -21 de noviembre del mismo año-. El 18 de agosto de 1992, el padrón que ocupa la casa es desafectado en forma definitiva, debido a la imposibilidad de afrontar su expropiación y a fin de evitar perjuicios a los titulares del inmueble (como es obvio, cabe aquí preguntarse por lo referente al padrón lindero). Con todo, el gobierno departamental asume entonces la protección de la obra, declarada en 1993 Bien de Interés Municipal (hoy Departamental), condición que mantiene.

Sin embargo, y al margen de estas iniciativas pendulares, desde hace unos cuantos años la obra -que ya no pertenece a la familia Leborgne- ha sido objeto de violentas alteraciones. Entre otras cosas, señalo la temprana incorporación al jardín de una piscina enorme, a todas luces ajena al talante original de la obra, y la erección de una barbacoa, así como el más reciente agregado de un tercer nivel edilicio, que viola la altura prevista en el tramo y traiciona la introversión de la casa. A esto se agrega algo aun más despiadado: la sustracción de las obras artísticas antes dispuestas en el predio -incluidas las rejas constructivas en la casa-, que según fuentes confiables han sido vendidas por el más reciente propietario.

Dada la gravedad de los hechos, cabe destacar dos cosas: el oportunismo y la insensibilidad de ese dueño -arquitecto con formación en temas patrimoniales- y la debilidad del poder público ante estos actos, aunque cabe esperar que la actual administración departamental tome cartas en el asunto y actúe como corresponde. Es necesario también advertir el riesgo que todo esto supone para otras creaciones de Leborgne, como la Casa Lorieto, a fin de evitar males mayores y tomar las medidas pertinentes. Entretanto, parece obligatorio difundir el valor singular de la obra y denunciar sin piedad estos atropellos.


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