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Nacional | Viernes 08 • Julio • 2016

La era del meme

Columna de opinión.

El próximo adelanto a los jubilados del aumento previsto para dentro de unos meses es el punto de intersección de procesos densos y complicados. Por un lado, el proceso de la seguridad social en Uruguay; por otro, el proceso de la política económica de los gobiernos nacionales frenteamplistas y sus dificultades de adaptación a las circunstancias actuales. Es mucho y muy importante lo que hay que entender y discutir en esa encrucijada.

En el primer carril hay un sistema que fue puesto en crisis hace muchos años, cuando sucesivos gobiernos echaron mano de los recursos del Banco de Previsión Social, reunidos a partir del aporte de varias generaciones de trabajadores, y mediante el cual muchas personas reciben jubilaciones miserables, por una serie de causas que incidieron cuando pasaron a retiro y se calculó cuánto les correspondía. Un sistema cuyo funcionamiento se ha complicado aun más debido a una relación muy problemática entre aportantes y beneficiarios, y que fue reformado en 1995 de un modo muy singular (no sólo postergando la edad de retiro y disminuyendo los beneficios, sino tambén entre otras cosas, obligando al sector mejor remunerado de los trabajadores a ahorrar en empresas privadas) y cuyo futuro es incierto.

En el otro carril está una fuerza política tensionada, entre muchos otros factores, por la percepción de contradicciones entre su razón de ser original y su presente, por la ausencia de pensamiento estratégico, por la concentración del protagonismo en el Poder Ejecutivo y en un presidente de la República que luce lejano y desconectado. En el cruce de esos dos carriles, son demasiados los que le prestan atención prioritaria a la imagen trucha de Danilo Astori con un billete de 200 pesos en la mano que circula por las “redes sociales” (y que incluso fue utilizada por un sector para su campaña hacia la próxima elección de presidente del Frente Amplio).

Esas redes concentran una porción creciente de la relación entre las personas, y por lo tanto también de los comentarios sobre asuntos públicos (o sobre asuntos que se vuelven públicos porque aparecen en Facebook, Twitter o similares). No parece que sea sólo por eso que la información y el debate vienen perdiendo calidad aceleradamente, y el auge de esa forma de comunicación, o de determinadas maneras de utilizarla, es también un síntoma de otros procesos sociales, pero en todo caso contribuyen a un intercambio en el que no hay espacio ni tiempo para considerar el espesor de los procesos. Todo se aplana en un presente sin historia, y del mismo modo en que se puede acceder a la obra completa de un artista sin conciencia de cómo y por qué fue cambiando con el paso de los años, lo político se presenta adelgazado drásticamente, como una multiplicidad de episodios sin antes ni después, sin causas ni consecuencias y sin ton ni son.

En esa total inmediatez -o en esa ausencia de mediación de un pensamiento articulado para comprender lo que sucede-, para muchos lo único que ocurre es que el gobierno tiene la libertad de decidir “cuánto le da a los jubilados” (no a los que tienen menores ingresos, no como adelanto, no en un contexto económico general, no en el marco de un proceso político de la dirigencia frenteamplista), y decide darles sólo 200 pesos. Entonces, para unos se trata, como cuando Pipita Higuaín se pierde nuevamente un gol, de producir con rapidez un meme o un comentario sarcástico; para otros, como cuando son informados de que una mujer va a ser lapidada o de que un animal sufre, es el momento de expresar, automática y fugazmente, una gran indignación. Unos y otros, al dejar constancia de su ingenio o de su sensibilidad, tienen la oportunidad de acumular el capital virtual de los usuarios de redes, que se mide en cantidades de “me gusta” o de seguidores.

En cada caso individual puede haber o no intencionalidad política, pero el proceso colectivo tiene, inevitablemente, consecuencias políticas. Con optimismo quizá excesivo, podemos mantener la esperanza de que esas consecuencias no favorecerán de modo inevitable a los peores: supongamos, por ejemplo, que existe alguna posibilidad de que en todos los bandos haya personas con gran capacidad para arrimar agua a su molino político. Lo que parece indudable es que, con independencia de quién “gane”, en este juego resulta más que difícil que alguien aprenda algo, sobre este asunto de los 200 pesos mensuales de adelanto para los jubilados o sobre cualquier otro.

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