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Fuera de sección | Jueves 14 • Julio • 2016

Foto: Iván Franco

Que los cuerdos digan yo

Siento en la madrugada el gemido temeroso de un gato. Ahora, en este momento. Ese gemido o ese grito de celo que salta de una azotea derruida a otra en la Ciudad Vieja. Se hace más intenso a medida que lo escribo, como si ese lamento o pedido de vida o muerte, no lo sé, me quisiera decir algo. Ese gemido que ya sabemos que se parece al de un niño recién nacido abandonado en una volqueta. Un temblor como pocos. No puedo pensar en las miles de fotos e imágenes de gatitos cariñosos o traviesos que aparecen en Facebook y que han devenido en la bondad del hombre que los fotografía y de los animales que son fotografiados. Ese maullar desesperado se parece al más penoso grito de auxilio o al sexo impudoroso de las bestias. Entiendo el instinto, pero no soporto las madrugadas y sus gatos; hay algo de la especie mamífera que ahí se manifiesta y que altera mis nervios. Además, cerca, tan cerca como veinte metros, está el Hospital Maciel. No sé cuántas personas aúllan en este momento de dolor o tienen adormecidas todas sus venas. Pero escucho los temblores; el del recién accidentado, el de la convulsión, el de la operación de la madrugada y la del familiar que teme, el que da una última bocanada y muere. Estoy muy cerca de una humanidad demasiado mezclada, inmerso en una niebla de delirio.

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A las cinco y media de la mañana, cada día, suena una sirena. No sé si es de un barco que entra al muelle o de otro que se va quién sabe a qué tierras, pero esa sirena me despierta y me pone en el lugar del que llega o del que se va. Y del eterno embarcado. Imagino chinos explotados, siempre. Y orígenes no tan lejanos. Todos los hombres de Europa que luego del exilio construyeron con sus manos el puerto y la bahía. Todas las mujeres que parieron a nuestros bisabuelos o abuelos, toda la estirpe pobre que construyó esa grandeza que se nos cayó a pedazos. Sí, hablo de cientos de edificios o, para ser más exactos, de los que veo desde la azotea. ¿En qué momento todo esto se nos derrumbó, dejando los esqueletos como pruebas incontestables de un destino trunco? Quedan portales, estructuras que sostienen claraboyas muertas, desechos. La dentadura perfecta en un cadáver.

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Busco un origen y no lo encuentro. No todos los apellidos españoles son ciertamente españoles y no todos los parias fueron registrados. Sé que todos los que me antecedieron en sangre y parto llegaron en aquellos barcos y se repartieron por esta tierra, pero no mucho más. Italianos, por cierto; españoles, claro; quizá judíos nómades o nórdicos. Quién sabe. No hay registro. No es que crea en la sangre como formadora de un carácter (ya hay suficiente literatura para sostener lo contrario), pero no sé por qué en algún momento nos habita la pregunta.

¿Saber de dónde venimos territorialmente se empieza a parecer a la otra presgunta, a la cósmica? Sí, también un óvulo fecundado o in vitro, claro, pero no alcanza. O se hace demasiado científico, biológico; no porta poesía alguna. No hablo de razas, sino de costumbres, de ese rostro que nos antecede y que aún perdura en algún lugar del planeta. Hace poco, un amigo me dijo que visitó el pueblo de sus bisabuelos y que muchas personas eran, cruzando el océano, parecidas a él. No en carácter, pero sí en su fisonomía. Debe ser extraño encontrar un pueblito de origen, digamos en Italia, y de pronto verse en el rostro de otro. Y que los abuelos de ese otro pregunten qué fue o es de la vida de sus hermanos o primos. A mi amigo no le interesa ese origen, no lo anota, dice que su vida está en el presente, que la sangre o el retrato en el espejo poco lo conforman. Nada tiene que ver con ellos más que decenas de rasgos parecidos cruzando el océano. A mí me parece uno de los mayores misterios del mundo. Tanto como dos hermanos criados de la misma forma y, ya grandes, convertidos en los anversos (aunque porten rostros similares). Entonces tiene razón mi amigo: no importa el parentesco, y la sangre no tira más que por tradición o por pacto, aunque qué belleza cuando en Un tranvía llamado deseo Blanche dice, ante la evidencia de su hijo muerto: “Mojé mis manos en la sangre y la lamí [...] porque era mi sangre”.

No hay teoría universal, y está bien que no la haya. Tengo otros amigos, una pareja heterosexual que fue a concebir a su hijo, un hijo deseado, a la tierra de los abuelos de uno de ellos. Y lo lograron. Calcularon todo: vacaciones, precios de los pasajes, pueblo preciso del abuelo. Sólo tres días de sexo y amor les bastó para que en unos meses nazca una niña. Gente que no defiende patrias ni herencias ni purezas de las razas. Otra cosa los comandaba, y no supieron explicármelo. Un deseo y nada más. Ni nada menos.

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Ahora miro otra vez por la ventana, o siento las presencias ciertas de la calle y el mar, y no sé cómo atar todo esto. Los hospitalizados, la sirena de las cinco de la mañana, los barcos y los orígenes, los gatos que, por suerte, dejaron de maullar, una ciudad que se vino abajo, y algo que aún no he nombrado pero que por instinto se me hace esencial en este relato aún irresuelto: los hombres de la noche como zombis que son carne aunque parezcan fantasmas. Y que también me dan miedo. Una amiga del barrio y que podría ser un modelo prototípico de chica acomodada (rubia, de ojos claros, de tapado con plumas, de hablar exquisito) me confronta: no es a ellos a los hay que temerles; están destrozados, enajenados y con un solo soplo caerían al piso ante mi miedo. No habla de los vivos o los lúmpenes; habla de los idos de sí mismos y del sistema. “El miedo es mío”, me dice, y ahonda en su percepción: miedo de llegar hasta ahí, no venirnos en ningún taxi, no ser nadie, dejarlo todo, entregarse a la nada. No los que fueron expulsados o nacieron indigentes, esos para los que no tenemos respuesta y que, en extremo límite, nos ponen contra alguna cuerda: ellos mañana, aunque esta noche se caguen de frío, no pagarán una cuenta, no irán a trabajar, no le explicarán nada a nadie.

No son miles, pero hay cientos. Y vagan por un tramo de la ciudad o están detenidos en un punto fijo, como un barco perdido o encallado. Esos sujetos a los que les huimos y frente a ellos tenemos una reacción primera (pobres, tan desamparados), y luego una pregunta o inquietud nunca dicha porque nos resulta obscena: ¿serán más libres?

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Ahora siento un grito o un griterío que también se repite cada noche. Una mujer acusa o reclama a un hombre que hace lo mismo. Negocian algo, se putean, se los traga la noche hasta nuevo aviso. Tengo frío. Subo un cuadradito de la estufa. Vengo de una noche de lecturas en las que distintos escritores dijeron bellamente lo suyo. Un poeta leyó sobre la noche y la imposibilidad de una esquina, de unos muchachos que pasan, de las imágenes que se agolpan en nuestras cabezas y, contradictorias o sin sentido, conviven con la cúpula de una iglesia. Otra poeta se paró, como el último pingüino, en un rectángulo de hielo que se deshacía.

Otra habló de un pacto para qué, un padre por qué, el qué de algún sentido. Y otra, de un óvulo no fecundado, de la muerte de un amigo, de festejar por aquellos a los que se les cae la estantería encima; todos nosotros. Yo escribo esto, un poco desordenado, también de noche, cerca del puerto, de los idos y de los barcos, y lejos de los orígenes, de una ciudad que se desarma, de los gatos que maúllan y del miedo que me producen, de los enfermos que agonizan o se recuperan en algún hospital, de ningún orden a la vista en dos mínimas manzanas, de la incordura del mundo. De una lógica imposible. De nuestro esfuerzo inútil por encastrar todo mientras cerebro y espíritu acomodan como pueden decenas de percepciones por minuto. Gatos, barcos, orígenes y destinos, idos para siempre, enfermedades, miedos, edificios en ruinas y todo el largo etcétera que usted, tan lejos de la locura, nunca entreveró en el texto de su mente.


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