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Nacional | Lunes 25 • Julio • 2016

Todos nuestros muertos

Los “traumas masivos” de acá y de allá, y cómo son procesados colectivamente.

Cómo las sociedades procesan los episodios de violencia que buscan arrasar con parte de sus poblaciones, cómo se construye después el relato de lo que ocurrió -la historia-, en qué medida se trata de episodios aislados, cuánto significa -o limita- el presente y el futuro de las siguientes generaciones. Sobre todo esto charlaron el viernes historiadores y psicólogos en la actividad “Violencia política y marcas subjetivas”, que se desarrolló en la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU).

Fue una actividad preparatoria del IX Congreso de APU, que se desarrollará del 4 al 6 de agosto en Montevideo y al que asistirá Samuel Gerson, psicoanalista fundador de la Sociedad de Psicología Psicoanalítica de California del Norte y del Instituto Psicoanalítico de California del Norte. La charla se desarrolló a partir de un artículo de Gerson titulado “Cuando el tercero está muerto: memoria, duelo y ser testigo después del Holocausto”. Tal como explicó en la presentación Adriana Ponzoni, el texto “se produce en diálogo con la historia, la sociología, la literatura, el arte”. Las exposiciones de los historiadores Vania Markarian, Carlos Demasi, Aldo Marchesi y el psicoanalista Marcelo Viñar no abordaron el artículo sino más bien las asociaciones que este provocó.

Ayer, hoy y mañana

El concepto de “tercero” desarrollado por Gerson alude a “un testigo, otro que pueda pararse al lado de ese evento [traumático] y que le interese escuchar; otro que sea capaz de contener aquello que es oído y sea capaz de imaginar lo insoportable; otro que esté en posición de confirmar tanto nuestra realidad externa como nuestra realidad psíquica y, por lo tanto, que nos ayude a integrar, a vivir dentro del campo de nuestra experiencia”. Markarian explicó que a mediados de 1990 escuchó por primera vez “esta idea del tercero en la transmisión, en el reconocimiento de episodios traumáticos”, y que fue a partir de una charla que dio en Montevideo la escritora y traductora Janine Altounian, de ascendencia armenia. “Ella, al hablar del pasado de sus padres y de sus abuelos, se convirtió en mi tercero. Cuando la escuché reconocí que toda aquella historia que mi bisabuela repetía sin fin, casi sin sentido para mí como niña, tenía un significado en una historia más amplia, una historia que también estaba en los libros, que también era parte de la humanidad, que no era sólo parte de la historia de esa mujer que cocinaba rico y repetía cuentos tremendos”, explicó Markarian, también descendiente de armenios.

Markarian recordó que hace 20 años los psicoanalistas invitaron a un grupo interdisciplinario que ella integraba a charlar “sobre el silencio que había sobre el pasado reciente”, sobre lo ocurrido durante la dictadura de 1973-1985. Se refirió al trabajo de construir a partir de la memoria de las víctimas, y a la posibilidad de la historia “de transmitir lo que ocurrió como terceros, como creación de un espacio que sea una terceridad para la transmisión del relato de las víctimas”. Evocó las investigaciones lideradas por historiadores de la Universidad de la República a solicitud de Presidencia de la República, la importancia de haber logrado la reconstrucción de ese tramo de la historia y de haberlo hecho desde el punto de vista técnico y con independencia. Señaló que el Departamento de Historia de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación tiene “un cuerpo organizado de conocimiento” desde las épocas de la colonia hasta 1940, pero que ahí se detuvo la investigación, y que quienes estudian el pasado reciente han llegado a investigar hasta mediados de la década de 1960. “Ahí nos queda un lapso sobre un período que es el Uruguay clásico, la época dorada, la que las generaciones nos transmitieron como la mejor. Tenemos un vacío en la transmisión de la memoria porque entre esa Suiza de América, el quiebre nuestro y la historia que viene de atrás hay sólo discontinuidad, todavía no tenemos un relato integrador”. Señaló que allí existe un desafío para los historiadores, para lograr “un pasado que se transmite de generación en generación con su propia experiencia y donde cada generación pueda asumir las fracturas de la memoria de la otra generación desde la experiencia del presente. Tenemos el desafío de restaurar la contingencia y la continuidad de esas etapas, y de repensar sobre todo lo que hemos definido muy fuertemente los que estudiamos pasado reciente, como el carácter excepcional del período que estudiamos en una historia, la nuestra, ahora como humanidad que reconoce en la violencia una marca perdurable y no un quiebre excepcional”.

Demasi comentó que hubo incluso dictaduras “más terroristas” que la última, y citó la de Lorenzo Latorre, en el último cuarto del siglo XIX; explicó que tuvo un sistema de desaparición forzada que fue la “prehistoria del Plan Cóndor”, puesto que hay testimonios de familiares buscando a personas en Asunción y en Santiago de Chile. “Los historiadores nunca pensamos el gobierno de Latorre como un gobierno de esas características”, reconoció. Y citó el final de batalla de Capilla del Sauce, el 25 de diciembre de 1870, que tuvo “un final escalofriante”, cuando el general Gregorio Suárez resolvió degollar a todos los prisioneros y hacer pasar a los caballos por encima de todos los heridos.

“La sociedad uruguaya dejó atrás ese pasado, sepultándolo, recompuso su identidad a partir del olvido de esos conocimientos; para ser uruguayos había que haber olvidado los episodios de Capilla del Sauce, o los episodios de la batalla de Tupambaé, o la dictadura de Latorre. Era algo que funcionaba bien, en el sentido de que la sociedad uruguaya logró bloquear esos traumas y construyó una sociedad que, sin duda, era mejor que 75 o 100 años antes”. Pero apuntó que “la manera en que hoy la sociedad maneja los contenidos de la memoria plantea un desafío diferente. La sociedad se irá a reconstruir seguramente como tal a partir no de la negación sino de la inclusión de los episodios traumáticos como parte de su pasado, y no sólo de los episodios traumáticos del pasado reciente: también recuestiona los episodios traumáticos del pasado más remoto”.

Demasi también aludió a la construcción de futuro: “Tenemos que reconstruir un pasado que también nos permita incorporar este presente, como un presente normal dentro de ese pasado y que nos permita reconstruir hacia adelante una sociedad que pueda asimilar estos traumas, procesarlos, integrarlos como parte de su misma sociedad, sin con eso dejar de ser una misma sociedad integrada y funcionando”.

Distinciones

El artículo de Gerson es sobre el “trauma masivo” del Holocausto. Marchesi cuestionó la “validez de generalizar las experiencias históricas vinculadas con la muerte y la tortura”; concretamente, preguntó “si hablar del Holocausto y de la dictadura y de la guerra civil de Perú y hablar de Sudáfrica es lo mismo, o claramente hay ciertos niveles de tragedia que pueden ser universalizables pero hay otras dimensiones que tienen una densidad histórica particular”, en referencia a “la propia conceptualización de los individuos acerca de esas experiencias”. Agregó que incluso la forma de salir del trauma “está muy marcada por la propia historia”.

Marchesi distinguió el Holocausto de los procesos de represión política del Cono Sur, en virtud de la “dimensión étnica” del nazismo, que persiguió a la población judía y gitana, aunque, aclaró, no exclusivamente. Opinó que eso hace “radicalmente diferentes” a ambos episodios, porque en las dictaduras latinoamericanas “el sujeto que sufre la represión es un sujeto político, frente a un sujeto que es determinado ya por su origen, ya por su raza; hace a las maneras en que luego se pueden pensar las consecuencias de la violencia sobre esos cuerpos”. Sugirió pensar “hasta qué medida son comparables esas experiencias, y [hasta dónde] los procesos de elaboración de salida de esas experiencias traumáticas no requieren diferentes caminos”.

En alusión al texto de Gerson, Marchesi señaló que “el papel del tercero es importante porque reconoce, escucha, frente a los negadores”, pero advirtió que “el reconocimiento y la escucha social siempre son limitados”. Como ejemplo mencionó que “hace pocos años se empezó a hablar de violación como un delito de tortura”, y que tampoco se habla de las confesiones obtenidas durante tortura en la dictadura. “No se puede hablar, porque la escucha está limitada”, consideró. Luego, desde el público, nombraron a la justicia y “las consecuencias de cuando se habla en un juzgado y no se hace nada”, puesto que muchas denuncias por violaciones sí fueron mencionadas ante jueces, que poco hicieron.

La condición humana

“El tema de la Shoá -el tema del terror, las marcas subjetivas de los traumatismos históricos- no es un desafío al conocimiento acumulativo de las ciencias positivas, sino cómo nuestra ignorancia sobre la destructividad humana pone en jaque nuestra existencia como especie”, afirmó Viñar, deseando que “no sea un jaque mate”. Señaló que “el fundamentalismo islámico, también el cristiano -sabemos que hay diez víctimas árabes por cada víctima occidental-, las historias de [George W] Bush, de [Donald] Trump, de la OTAN y del ISIS” hacen pensar que “no es que el pasado esté atrás, sino que el pasado está adelante, para el presente”. Citando a Zygmunt Bauman, comentó que “estudiar en el presente al nazismo y al estalinismo no es una curiosidad sobre el pasado, sino una alerta de que en el mundo de hoy están dadas las condiciones para que resurjan lógicas absolutistas y bárbaras”.

Viñar subrayó que “es imposible entender al hombre singular en su intimidad, desconociendo al sujeto en la masa, en la multitud”. Indicó que el artículo de Gerson hace foco en que “el horror extremo del traumatismo histórico, del traumatismo colectivo, del espanto, del horror, es crear un hueco, un vacío en la continuidad del movimiento metafórico y metonímico que caracteriza la vida psíquica y la vida social”. Para traer a tierra la importancia de crear un tercero, un testigo “en la memoria del terror”, mencionó “nuestro pasado reciente de torturados y desaparecidos”, y observó que “las marcas inscriptas por una experiencia inenarrable son irrepresentables” y que es “el daño, la destrucción planeada y ejecutada por otro miembro de la especie humana”. Agregó que “el retornante de la experiencia de terror en la pesadilla recurrente de Primo Levi al volver del campo [de concentración] es que él buscaba a sus seres queridos para contarles sus penurias, y estos huían indiferentes. Esta situación de evasión, de que la cosa sea encerrada en una fusión dual, simbiótica, entre víctima y victimario, hace que la búsqueda insaciable de Gerson de esa triangulación, de esa ternalidad, sea esencial para ventilar lo que como especie somos: portadores de destructividad”.

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