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Cultura | Viernes 26 • Agosto • 2016

Coda

Los últimos años de Günter Grass, antes de su fallecimiento en 2015 a los 87 años de edad, fueron bastante movidos y polémicos, especialmente por su confesión -demasiado tardía, según sus críticos- de que había combatido en una unidad de las Waffen SS durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien ese pasado, compartido con millones de jóvenes alemanes, no implicaba una responsabilidad genocida directa (las SS eran unidades de elite del Ejército alemán, y si bien algunas fueron utilizadas en los peores crímenes del régimen nazi, la mayoría sólo participó en operaciones militares), alcanzó para empañar el largo activismo crítico e izquierdista del escritor, que lo había vuelto una de las voces intelectuales más respetadas de la posguerra. Y, por supuesto, también terminó oscureciendo el principal aporte de Grass a la cultura y la sociedad alemana de los últimos 60 años: su obra.

No fue sólo el autor de un libro (El tambor de hojalata, 1959) en el que se basó una película ganadora de la Palma de Oro en Cannes, sino también uno de los últimos representantes del espíritu renacentista europeo, ya que además de novelista fue un destacado poeta, escultor, ilustrador y dramaturgo, y un artista tan formidable como para hacer imposible que el “realismo mágico contemporáneo” fuera considerado una corriente exclusivamente latinoamericana. Un autor torrencial de una estatura literaria posiblemente sin igual en el resto de las letras alemanas posteriores al nazismo, y con escasa competencia de relevancia en el resto del continente europeo, al que obsequió con una voz inconfundible e incontaminada por el etnocentrismo cultural anglosajón. Sin embargo, podía argumentarse que su período de gloria y mayor influencia había quedado ya lejos, en la trilogía de Danzig escrita de 1959 a 1963, y que su última obra de ficción realmente destacable, El rodaballo, databa ya de 1977, pero la publicación de sus polémicos libros autobiográficos a partir de 2006 le recordó al mundo que, para bien o mal, seguía estando allí y en plena posesión de sus capacidades literarias, utilizadas para lo que en el fondo era una larga despedida, tanto a su experiencia vital como a una era que estaba desapareciendo junto con su generación, la del sueño de la posguerra. De la finitud, libro editado en forma póstuma pero completado por Grass antes de su muerte, es en cierta forma la coda de esa larga despedida.

Un volumen mucho más breve que sus libros de memorias, De la finitud es, sin embargo, una suerte de summa de los intereses artísticos de Grass, ya que es a la vez un libro de recuerdos, uno de poesía, uno de ilustraciones e incluso uno de reflexiones políticas. Está compuesto por una serie de textos breves en los que se alternan la prosa, la poesía y una buena cantidad de dibujos a lápiz. La mayoría -tanto de los textos como de los dibujos- giran alrededor de observaciones más bien domésticas relacionadas con el entorno de sus últimos años. Es el libro de un anciano que no revisa con nostalgia su pasado y su juventud, sino que observa su presente con los ojos de alguien que, aun frente a la cercanía del misterio mortal -evocado desde el título del libro y presente en muchas de sus páginas-, conserva la curiosidad y la lucidez necesarias para ser aun insolente y no caer en la autoconmiseración.

De la finitud es un libro de una extraña calidez dentro de la obra de un autor que nunca se destacó por esa característica. No es una obra sentimental -sería algo muy poco propio del escritor- ni trágica, pero está llena de una intimidad casi desvergonzada, con Grass dedicándoles pequeños relatos y poemas a circunstancias tan poco glamorosas como la caída de sus últimos dientes, las sonoridades de su cuerpo o la pérdida gradual de algunos sentidos. Todo esto es narrado con germánico humor, que se convierte en furia apenas contenida cuando la temática se desplaza a problemas de la actualidad como la xenofobia o la figura de la canciller Angela Merkel, y la prosa recupera la virulencia helada de sus mejores páginas. Pero no es la furia lo que predomina, sino más bien la sensación de completud, de una completud sin reflexiones enormes y con cierto desencanto general que ya estaba presente en sus primeras obras. Para los lectores hispanohablantes, De la finitud presenta también un buen número de ejemplos de su poesía, muchas veces exasperada pero siempre rica y enérgica, una de las vertientes de su obra que han tenido menos difusión fuera de las ediciones en lengua alemana.

Sin embargo, el elemento principal de De la finitud alcanza su expresión más explícita en las bellas ilustraciones que lo jalonan, en su mayoría imágenes de una naturaleza no idealizada pero siempre fascinante para su autor, aun si se trata de visiones algo perturbadoras y poco decorativas. Ellas, como todo en el libro, recuperan esa visión distanciada y secretamente enamorada del mundo que hizo de Grass uno de los mayores -y más difíciles de encasillar- escritores europeos del siglo pasado, que cierra su trabajo con este libro aún áspero, peleador y sin concesiones, pero más dispuesto que nunca a revelar su definitiva humanidad.

De la finitud (Vonne Endlichkait), de Günter Grass

Traducción de Miguel Sáenz y Grita Loebsack. Alfaguara. 2016. 180 páginas.

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