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Deporte | Miércoles 31 • Agosto • 2016

El gato de Schrödinger

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Ustedes ya saben cómo es esto. Estoy acá y estoy allá. Te tengo tatuada en el pecho. Estás acá y estás allá. Estoy acá pero pienso y te escribo a vos y allá. Estoy acá y me siento allá. Sé más lo que se vive allá porque lo siento acá. Mecánica cuántica celeste.

¡Unos avanzados nosotros! Somos un medio bian, de esos que te están en el lugar de los hechos como una semana antes, pero me parece que eso lo hacen para probar piscinas y micrófonos, shopping centers y cámaras, lugares vip y computadoras. Nosotros, no. Ya estamos en Mendoza, en el mismísimo hotel Géminis donde estuvimos con una buena barra de periodistas uruguayos en la Copa América de 2011. Como las cosas no se miden en estrellas sino en vivencias, el Géminis, humildito y limpito, sin frigobar pero con el calor del trato de su gente, fue el elegido. Además, y no es poco para este tipo de viajero/periodista/mochilero, el Géminis no tendrá más que una buena cama, un prolijísimo baño, buena ducha y un Panavox analógico de 20 pulgadas, pero tiene macho supermercado enfrente, y eso vale muchísimo. Es casi un servicio agregado.

Hablando de valer, no saben lo caro, carísimo que está Argentina. Ni cambio, ni dólar blue, ni argentinos a dos pesos. Caro, muy caro; no voy a decir que te paraliza, pero sí, por lo menos, te da cosa por los hermanos argentinos, porque si con un peso tan devaluado a nosotros nos parece caro, ni te digo lo que les debe pasar a ellos.

El primer índice de precios altos fue en el Buquebus, donde un refresco y una medialuna te cotiza como a tres gambas. Uno piensa que eso casi siempre pasa con el servicio de a bordo. El golpe fue en Buenos Aires; no en Aeroparque, sino en Retiro, ¡porque vinimos en bondi a Mendoza, papá! Cualquier pizza no te bajaba de 400 pei de los nuestros. Entonces, si uno está en Baires y cualquier pizza cualunque sale como si fueses a comer a El Águila -no quise ser injusto con Rara Avis porque nunca fui-, lo justo es ir a comer la mejor pizza de la Argentina y pegar una caminadita por Corrientes y, claro está, por Florida, la 9 de Julio y esas cosas. Nos fuimos a Güerrin -si no la conocen, conózcanla-, con el porteñismo tano al mango. Nadie, pero nadie te labura la muzza como ahí. Claro, carísima, también. Una chica de la casa, cuatro porciones, casi 600 pesos. Lo cierto es que la carestía no es patrimonio de los porteños: en Mendoza también está salado, y hay que revolverse.

Mendoza es preciosa, simpática, querible. La ciudad obviamente late y es así por los mendocinos. Tranquilo todo, por ahora, y poco, muy poco ambiente callejero de partido. Uno se pone a semblantear, a escuchar, a interpretar cada señal que pueda provenir de desconocidos que futbolísticamente mañana serán conocidos, y no encuentra ese entusiasmo callejero, el original, natural y popular. En las radios -no he visto canales locales- y los canales argentinos o cadenas internacionales, que son lo mismo, sí hay conexión con ciertos datos específicos del partido, los menos sobre jugadores y esas cosas, la mayoría sobre la organización y la seguridad de los dispositivos policiales.

Claro, eso poco importa para el forastero enamorado de Mendoza que la camina al sol, despacio y tranquilo, reconociendo aquellos gestos conocidos que la conectan con Montevideo, con Salto, con Paysandú, con pueblo y metrópoli. Mendoza tiene innumerables cualidades que se desprenden de su entorno, de su evolución como gran urbe, de su filosofía de mantenerse como un pueblo que de alguna manera sigue honrando la siesta y la cadencia pueblerina hibridada con un enorme movimiento comercial. En realidad, estoy fracasando en la definición, porque tiene un gran entorno comercial, pero escaso movimiento. En sus decenas de casas en la zona del centro, parece haber mucha oferta y poca compra, a juzgar por la superpoblación de vendedores conversando de vaya a saber qué tema, pasando el plumero o marcando a presión a los pretendientes a arrimar cerquita del producto que les interesa. Una de las cosas más lindas que me quedan de este primer día en tierras cuyanas es la permanencia de decenas de casas de deporte, pero posta, de las de antes, de las que si les pregunto a cada uno de ustedes, me contestaría con certeza Casa Sanz, Garos, lo del Cañonero, y así, en cada una de nuestras ciudades. De las que uno entra y siente olor a... ¿A qué? No sé, pero no siente esa fragancia de shopping ni el chimpún/chimpún de esas marcas y otras que se pelean por vestirte y que les hagas propaganda en grandes superficies que se parecen más a Zara que a Deportes Paso. Y eso sí que es lindo para hacer vidriera y quedarte mirando las camisetas mendocinas, y adivinar si sos del Tomba de San Martín, de Guaymallén, de Huracán Las Heras, Gimnasia y Esgrima de Mendoza, Maipú, Luján o Independiente Rivadavia.

Acá y allá, allá y acá, en el lugar en el que hay que estar, y espero, también, en el momento preciso. Te llevo tatuada en el pecho.

Uruguay pa’ todo el mundo.

Abrazo, medalla y beso.

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