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Cultura | Viernes 12 • Agosto • 2016

John Lydon, el miércoles, en La Trastienda. Foto: Pata Torres

Esto no es religión

Es difícil comentar el espectáculo de una banda a la que se admira desde hace décadas y a la que se ve en vivo por primera vez. El cúmulo de expectativas y la ansiedad previa hacen difícil que la experiencia, sea cual sea, esté a la altura de lo que se esperaba y que no haya un poco de esa decepción asociada con los sueños realizados pero que debieron cumplirse hace años. Sin embargo, Public Image Ltd (PIL), la banda que John Lydon -o Johnny Rotten, como se lo conoció en los Sex Pistols- fundó hace ya casi 40 años y que se reagrupó en 2009, después de un largo intervalo de casi dos décadas sin actividad, venía con una chapa previa que excedía la de ser el vehículo de un personaje legendario y una de las pocas personas que pueden decir con autoridad que cambiaron la cultura de Occidente. En los últimos tiempos los críticos han coincidido en alabar la solidez y el virtuosismo en vivo de todo el grupo -una especie de dream team del after punk-, de modo que, más allá de nostalgias, emociones mezcladas y nervios, y del fetichismo en torno a la figura del notorio cantante, era legítimo imaginar con cierto fundamento que se iba a asistir a un gran concierto. Y lo fue.

Armada

Para definir de alguna forma la presentación de PIL en Montevideo, el miércoles en La Trastienda, hay que decir que fue una de las cosas más rockeras que se hayan visto en Uruguay en los últimos años, lo cual es en realidad bastante paradójico, ya que no tocaron nada de rock propiamente dicho. La música de la banda -pionera de esa mélange de géneros que fue el after punk- no reproduce ninguna estructura heredada del blues o del rhythm and blues, sino que se ancla en grooves repetitivos de bajo, que han continuado el estilo denso y obsesivo que patentara el primer intérprete de ese instrumento en PIL, Jah Wobble. Hoy en día, esas líneas de bajo -que eran una versión dura del dub jamaiquino- se aceleraron y ajustaron sobre una batería seca y lineal, formando una base pulsante e inalterable que otorga enormes libertades a los otros músicos, pero que es un placer de escuchar por sí misma.

No es ninguna casualidad que esa base sea precisa como un metrónomo pero, al mismo tiempo, posea un formidable swing, ya que la construyen dos músicos virtuosos de la misma generación que Lydon, el baterista Bruce Smith (ex integrante de otras dos bandas legendarias del after punk: The Slits y The Pop Group, además de haber tocado con Björk y Terence Trent D'Arby) y el bajista Scott Firth (un sesionista que ha trabajado con medio mundo, desde el guitarrista británico John Martyn hasta The Spice Girls), quienes reunidos forman una auténtica pared de ritmo puro en el que cada tema pareció continuar al anterior, a pesar de que no estuvieron enganchados.

Ese cimiento soberbio y repetitivo permite, entre otras cosas, que el guitarrista Lu Edmonds se suelte a sus anchas con melodías chirriantes y disonantes que parecen hechas con una sierra eléctrica, pero que también pueden ser sumamente armónicas. Edmonds, un personaje tan esencial en PIL como el propio Lydon (y cuyo apodo no es la contracción de su nombre -se llama Robert David- sino del adjetivo lunatic), es otro viejo veterano del after punk, que fue guitarrista de la banda The Damned y aún pertenece al maravilloso colectivo The Mekons. Si bien es capaz de reproducir a la perfección el estilo hostil y anguloso del guitarrista original de PIL, Keith Levene, Edmonds es un músico mucho más dúctil, que alterna entre la guitarra y una baglama eléctrica (un instrumento turco de tres cuerdas, similar al bouzouki griego y que parece, como este, una mandolina enorme), aportando grandes dosis melódicas cuando hace falta o acoplándose en otros momentos al reloj humano que forman Smith y Firth.

Y, por supuesto, al frente de todo está John Lydon, un personaje al que es difícil definir como “cantante”, pero que al mismo tiempo es uno de los grandes vocalistas del rock. Lo que hace Lydon con sus canciones no es exactamente cantarlas, sino alternar entre aullidos, intervenciones onomatopéyicas y versos aislados y muy reverberados, escupidos con el tono insolente y chillón que definió cuando integraba los Pistols, pero agregándoles aires melódicos que recuerdan en ocasiones a la música arábiga. Lydon, generalmente un hombre que habla hasta por los codos, se mantuvo relativamente parco en el escenario, y en algún momento bromeó, a poco de comenzar el show, con que estaba cansado y quería volver al hotel. Tal vez haya sido sólo parcialmente una broma, ya que si bien su performance fue impecable, no llegó al grado de pasión arrogante que se ha visto en filmaciones recientes de la banda.

Una absoluta curiosidad para el público fue la presencia sobre el escenario, a la derecha de Edmonds, de un personaje rodeado de monitores de sonido pero sin micrófonos ni instrumentos. Se trataba de John Rambo Stevens, un ex paracaidista militar, amigo de toda la vida de Lydon, que cumple funciones de manager y guardaespaldas del cantante. Y sean cuales sean las tareas que tiene asignadas, se limitó a quedarse parado junto a la banda, contemplándola fijamente y desorientando a los espectadores, que se preguntaban qué demonios estaba haciendo el tipo ahí y cuándo iba a tocar algo, tentación en la que no cayó en toda la noche.

Ataque

Con unos 21 años años de carrera activa entre el primer tramo (1978-1992) y el actual, es decir, siete veces más que todo el período de existencia de Sex Pistols (a la que no le contamos cosas como la sinceramente denominada “gira del sucio lucro”, en 1996), el repertorio de PIL tiene la amplitud suficiente para realizar varios conciertos de clásicos sin repetirse, pero el elegido para el show de La Trastienda -que no incluyó ningún tema de los Pistols, para decepción de algunos punks veteranos y esperanzados- fue perfectamente balanceado entre los temas más conocidos de su historia y los mejores de su producción reciente. Abrieron con la extensa y repetitiva “Albatross”, a la que le siguió la canción de difusión de su último disco, “Double Dare”, y continuaron con composiciones del calibre de “This Is Not a Love Song”, “The Body”, “Warrior”, “The One” y “Death Disco”, hasta alcanzar el cenit de la noche con una versión infernalmente intensa de “Religion”, que no era una de sus canciones más atractivas cuando fue editada en el primer disco de la banda, Public Image: First Issue (1978), pero que ha evolucionado hasta convertirse en un monstruo épico y repetitivo, lleno de variables dinámicas sobre su simple estructura, que fueron ganando fuerza en cada vuelta, como si se tratara de un taladro sónico. Después de semejante clímax, ni siquiera el cierre con “Rise” o el bis con “Public Image” -los dos temas más populares, si cabe el término, de la banda- llegaron a superar a la demoledora versión de “Religion”. “La rabia es una energía”, dice el verso más famoso de “Rise”, y toda la performance de PIL -alternativamente hostil, humorística y hasta bailable, pero nunca sentimental- parece estar basada en ese concepto catártico, no ya de jóvenes veinteañeros y antisociales, sino de hombres maduros que siguen, sin embargo, sonando legítimamente enfadados y honestos.

Al terminar la noche, el público que había abarrotado La Trastienda -y en el que había numerosos músicos- salió relajado y satisfecho, en algunos casos aleccionado acerca de cuánto puede sonar un cuarteto y cómo hacer dos horas de música aferrada a una identidad mutante pero inconfundible. Además, con el gusto extra de haber visto a una auténtica leyenda: no una “leyenda viviente”, como se suele definir a los músicos veteranos que se han vuelto un parque temático de sí mismos, sino a una leyenda en vivo. Es decir, una gran banda que suena como una banda y tiene a su frente a un personaje histórico pero capaz de ser uno más entre cuatro.

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