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Fuera de sección | Jueves 25 • Agosto • 2016

Hubiérase dicho. Foto: Reinaldo Altamirano

Los intelectuales no lloran

No están llorando. Ya ni lagrimean. En todo caso, se quejan o hacen la mueca del cocodrilo. Los intelectuales (los críticos y los militantes, los cítricos, quizá muchos artistas) sólo están pensando en unas cosas y en ninguna otra. Ninguna otra: la vida y sus dignas lágrimas, el amor, la soledad, la ausencia.

Y está bien. No tienen por qué. Sé que es arriesgado lo que digo y que no tiene fundamento estadístico, pero me respaldo en lo que siento. Y digo “están” y no “estamos” porque más que intelectual yo soy diletante, aunque también padezco de la misma enfermedad: parafraseando a Oliverio Girondo, no lloro a lágrima viva. Estoy seco. Como si llorar fuera una cosa de niño lastimado, de chusma que mira la comedia, de fragilidad que deslegitima lo pensado. Ya sé, es difícil que alguna lágrima chorree sobre el escrito, la ponencia, el diario (a veces el coqueto escenario). La lágrima borra la palabra, la hace tartamudear. No se puede escribir llorando, pero sí sobre el llanto. Y el llanto (qué pena recordarnos esto) no siempre está asociado a lo lastimoso, al dolor incontestable. Hay ojos que sólo brillan cuando muestran sus lágrimas. Pero tampoco voy a entrar en el juego del que quiero escapar: la conceptualización del llanto.

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Entonces, ahora sí, voy directo a la lágrima, al chorrete, al volcán emotivo y los mocos que me limpié sin parar el martes de noche desde el minuto dos y durante la hora y media que duró la obra Hubiérase dicho, de Carolina Silveira (no importa ahora si ya no está en cartel, aunque bueno sería que volviese por todas las butacas). Me importa registrar ese llanto leve y continuo, que no provenía (pude detectarlo) de una zona inaccesible del cerebro, sino de algo más antiguo -arcaico, diría- y de una expresión ya casi no nombrada: emoción pura.

Y emoción estética, que no es la construcción de un escenario fantástico, sino unos gestos, unos elementos mínimos (bueno, sí, cierto escenario) conectados con otros: una mujer en un sillón de dos cuerpos, en un territorio ínfimo lleno de escombros (que podría ser su living, una ciudad, un país devastado). Al lado, una cama y lo mismo: impolutas sábanas blancas y, alrededor, más escombros. Los escombros de la soledad, podríamos decir.

Cada espectador se vincula a lo que ve con lo que la obra muestra, pero también con lo que trae a cuestas. Yo traía un llanto reprimido y un cuerpo invadido de palabras, y, ciertamente, muchos años de ver danza contemporánea (aunque en esto las categorías también se están partiendo: es danza, es teatro-danza; son cuerpos en función de un texto, bailado o no). Mucha danza contemporánea, decía, y me animo a extenderlo a otras expresiones del arte en las que lo importante, o ante lo que nos ponen, es más teoría, más conceptos, más significación y resignificación y símbolo, y otro velo y una pared y nada; finalmente, la nada misma: entraste como saliste, y no tuviste el privilegio de ese gesto tuyo, en la oscuridad de la sala, de llevarte una mano (o las dos) al rostro para enjugarte las lágrimas.

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Nada es tan simple, tampoco. Vaya si será complejo hacer llorar a tipos-roca, a tipos-pura lengua, a tipos-símbolo. Es que la primera imagen (la mía, la del minuto y medio) ya me puso en un estadio que, aunque parezca la metáfora más dilucidable (hay que verlo; hago lo que puedo para traducir lo intraducible), fue el que inauguró ese llorar de amarillo o de frac, citando otra vez a Girondo. Y no es menor que diga o elija del poema la expresión “de frac”, porque también pienso en esto: hay un arte que sólo se está produciendo puertas adentro (de nuestra elite) y, aunque no abra las compuertas del llanto social, bien vale defenderlo. Qué culpa tienen, a veces, los artistas de volar alto o pisar de traje y descalzos (como ese bailarín-performer), entre piedras y adoquines, un mundo-living en el que el hombre todavía resiste, camina y baila solo, aunque el universo que lo rodea se haya derruido y no comprenda la metáfora. La idea está servida, pero no es la idea lo que toca el pecho y hace saltar la lágrima. Es la imagen perfecta envuelta en su música y que no precisa recurrir o pedir auxilio al cerebro para entender, porque no hay nada que entender. A veces sólo hay que entregarse a lo que la obra está narrando. Porque hay una obra allí que también narra.

No en vano la directora es egresada de Letras y estudió durante años a Marguerite Duras, y es en base a esa obra, o a través de esa obra, que construye la propia. Atravesamientos, lenguajes superpuestos o en diálogo. Pero sin pose semiótica: más bien, de honestidad visceral.

Entonces aparecen la música, los movimientos, los universos creados (vale la pena leer una extensa entrevista que le hizo Lucía Naser a la creadora, en la que explica sus motivos, su acercamiento al mundo Duras). Pero vuelvo a mis lágrimas y a decir, como un niño con poco lenguaje y a boca abierta: “esta obra es de llorar”, “esta obra es de sentir”. La soledad contemporánea, aunque los libros de Duras tengan más de medio siglo. ¿Cuántos siglos tiene el dolor humano, la búsqueda del otro, su ausencia, el baile?

Por momentos, me acordé de El lobo estepario (Hermann Hesse, 1927) y la intrínseca misantropía de Harry Haller, que en el fondo no era más (ni menos) que soledad; no mirar enredaderas, no ver más allá de sus escombros otra vida que podía ser vivida, falta de baile (y de máscaras, claro).

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Esta obra, la de Silveira, no le tiene miedo a detenerse, creo, en dos o tres asuntos. No necesita más; sería un exceso, o la desbordaría. Sus tópicos son el humano solo, la compañía, el sexo trunco planteado en dos escenas en las que, también entre escombros, una mujer completamente desnuda, descarnada, violenta, intenta devorar a un hombre vestido (y nada de teorías de género ni de esos discursos que acá no caben: se diluyen tras las grietas de las piedras); los pedidos silenciosos del amor, o el aullido por su falta, el soliloquio que bellamente suplica pero que no se hace carne, o más bien encuentro, deseo encarnado.

Y más: lo indecible y lo que esta maldita lengua (porque no alcanza) y esta falta de espacio (porque las páginas son finitas) no me dejan expresar. Mesas de bares o de casas con seres vacíos, cuerpos rodando contra cuerpos-contra cuerpos-contra cuerpos, amalgamados por su distancia, cuerpos desnudos que pueden ser el espejo de los que están vestidos, y al revés. Y la música, más música o baile, a veces de a dos, casi siempre solos. Bailamos solos, dormimos solos, lloramos solos.

El amor, la presencia del otro, y más que nada su ausencia, aunque esté al lado y aunque lo toquemos o nos toque y hasta cojamos rabiosamente; la imposibilidad de la palabra para decirle al otro, decirlo, decirse; el contraste de las imágenes o el mundo que hemos comprado o el que nos ha seducido: más de una decena de bailarines bailan en solitario mientras en una pantalla se proyectan escenas de On the Town, de Gene Kelly (1949), que nos quita la carcajada (bueno, creo que sólo yo emití una carcajada; es que venía de casi una hora de moquear) y nos pone en un doblez extraño: esos marineros y esas mujeres sí que bailan y sonríen, hacen piruetas, coreografías, se divierten como locos mientras estos otros, los que están en escena y los que estamos sentados, lagrimeamos la soledad del baile. Asuntos simples de representación: las dos escenas son artísticas, pero la forma de bailar en pareja o en solitario son profunda y ontológicamente distintas. ¿Cuál es la más verdadera, la más honesta, la más deseable? Ni una cosa ni la otra se puede sostener de por vida, y por eso el hallazgo: la felicidad casi impostada, de varieté, y el ensimismamiento más agudo, insostenible para esos cuerpos si sólo pisan piedras.

Igual, sostengo lo dicho: a los intelectuales y a los diletantes nos hace falta llorar. Otra vez Girondo: de frac, de amarillo, con las puertas y las compuertas abiertas, y llorarlo bien, y más que decirlo, llorarlo todo. Y también sentir y, como sea, tirar unos pasos tímidos (o desbocados), aunque sea entre nuestros escombros.