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Cultura | Martes 02 • Agosto • 2016

Cuando las luces se apagan (Lights Out), dirigida por David F Sandberg y basada en un cortometraje suyo. Estados Unidos, 2016. Con Teresa Palmer, Gabriel Bateman, Alexander DiPersia. Grupocine Ejido y Punta Carretas; Life Cinemas Costa Urbana; Movie Montevideo, Nuevocentro y Portones, Ópera; shoppings de Colonia, Paysandú, Punta del Este y Salto

Mamita querida

No le pasó sólo a Fede Álvarez: hay un puñado de jóvenes talentosos descubiertos por productores famosos de cine de terror a partir de videos autoproducidos, muy breves y muy baratos, subidos a internet. Fue el caso de David Sandberg, cuyo Lights Out original (de 2013), con una duración de menos de tres minutos, se puede apreciar en Youtube y es muy divertido. Este largometraje de igual título fue producido por el director, guionista y productor australiano James Wan, una de las estrellas actuales del género y responsable de El conjuro (2013). En la primera semana de exhibición recaudó seis veces lo que había costado la producción.

No hay mucha violencia explícita: en Estados Unidos pueden ver el film los mayores de 13, y en Uruguay los mayores de 12. Tanto es así que acá, en la mayoría de las funciones de la mayoría de las salas, se proyecta en copia doblada al castellano (esa costumbre con la que exhibidores y distribuidores locales prestan su gentil colaboración al gran proyecto deseducador). Quienes acudan a las exhibiciones más concurridas encontrarán un cine repleto de adolescentes pochocleros ruidosos. Esto no es necesariamente malo: para algunos será un tormento; para otros, parte de la fiesta de ir a asustarse juntos.

El guion se amolda totalmente al esquema de las películas japonesas de fantasmas y sus emulaciones yanquis. Es decir: hay un prólogo en el cual, sin explicaciones, una entidad maligna mata a un personaje; luego se nos presenta a los personajes que acompañaremos por el resto del metraje; nos familiarizamos paulatinamente con esa entidad maligna y sus reglas de juego, y la historia transcurre mayormente en una casa semejante a un castillo, en una localidad aislada; en algún momento aparece la “explicación”, que involucra ciertos hechos del pasado sin realmente explicar mucho sobre cómo podría ocurrir lo que ocurre; de vez en cuando muere alguien, y finalmente hay un showdown en el que, luego de los momentos de máxima tensión, se despeja el peligro, al menos en lo inmediato.

Dentro de ese esquemón, el film tiene su originalidad en varios niveles. Uno es el perfil de la criatura, que es femenina pero se diferencia de las típicas niñas siniestras a la japonesa. Hay alguna traición a las expectativas: en un momento, cuando cualquiera que esté familiarizado con el cine de terror anticipa que determinado personaje va a ser liquidado, este termina zafando de un modo que tira más bien hacia la comedia. El desenlace también es inesperado e ingenioso.

Diana, la criatura/fantasma/entidad o como se llame, parece alérgica a la luz y sólo se corporiza en su ausencia. Por lo tanto, para atacar o poseer a alguien siempre está buscando la manera de que todo quede a oscuras, mientras que quienes ya la conocen y le tienen miedo intentan más bien encender la mayor cantidad de luces que sea posible. Eso convierte a la luz en un importante elemento temático: Marc Spicer, el director de fotografía, hace un trabajo buenísimo, muchas veces usando únicamente las fuentes de iluminación presentes en las escenas (velas, linternas, y una escena sensacional con luz negra). Buena parte del film es bastante sombrío, y eso ocurre justamente en un contexto en el que tendemos a literalizar eso de que lo luminoso es bueno y lo oscuro es malo.

Como tantas buenas películas de terror, hay una rica potencialidad para las metáforas: Diana sólo puede cobrar existencia a través de Sophie, la madre de la joven Rebecca y del pequeño Martin, y eso sólo es posible cuando Sophie se hunde en sus trastornos psiquiátricos (de ahí que Diana intente impedir que Sophie tome sus medicamentos). Incluso las madres cuerdas son toda una fuente de problemas psicológicos para sus hijos, y tener una madre loca es directamente espantoso, más aun si uno es un niño. Entonces, por un lado Diana puede verse como una representación de la locura. Por otro, aun más rico, es una representación de los aspectos “malos” de la figura materna (en cuanto factor aterrorizante y objeto de odio y pulsiones agresivas, en la línea, por ejemplo, de las teorías de Melanie Klein). Para Rebecca, además, esa figura involucra un vínculo “de complejo de Electra” (al fin de cuentas, Diana mató a su papá, y ahora la mamá parece tener un vínculo más fuerte con su hermano Martin que con ella). Esas alegorías contribuyen a dar espesor a la película, a activar mecanismos de miedo y odio, y además motivan arcos de desarrollo bastante consistentes para los cuatro personajes principales.

Lo que puede llegar a comprometer ese aspecto más personal y dramático de la película es la elección de las dos actrices principales. Nunca le vi mucha gracia a Maria Bello (Sophie), y peor aun resulta Teresa Palmer, una especie de Barbie a la que le falta la hondura que el guion parece atribuir a su personaje, máxime porque los diálogos son medio simples y Sandberg es mucho mejor eligiendo ángulos, iluminando, montando y generando climas que dirigiendo actores. Y queda casi patético el artificio de apelar, a falta de una actriz de peso, a un refuerzo del carácter desajustado y rebelde de Rebecca mediante unos pósters metaleros en su habitación.

Eso, entonces: no le pidan peras al olmo, pero es un olmo lleno de sustos y algunos encantos.

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