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Dínamo | Lunes 15 • Agosto • 2016

No es “lo que hay, valor”: pensar el socialismo desde la historia

El siglo XX registra diferentes ensayos de socialismo. Es probable que sus fracasos o mutaciones no siempre generen la necesaria identificación afectiva como para citarlos en pos de “invitar” al socialismo. Pero desde una perspectiva histórica resulta al menos necesario tener en cuenta qué pasó (y qué pasa) con esos socialismos, para aprender, no repetir, ser creativos y también humildes a la hora de proponerse pensar el socialismo de cara al futuro.

Comparto a continuación seis temas centrales para hacer dialogar el socialismo y su historia con el objetivo de dinamizar y calibrar las visiones socialistas en colectivo hacia el futuro.

1. Un punto inicial: las proyecciones del marxismo-leninismo (con excepción, quizá, de la Nueva Política Económica soviética -de corta duración-) estuvieron lejos de cumplirse. Esto no invalida el aporte teórico y analítico del marxismo. Ni supone adoptar una posición de juez que califica lo bueno o lo deseable de las prácticas de sus seguidores. Sí asumir, con evidencia histórica a la vista, que las revoluciones proletarias no ocurrieron y que el capitalismo mundial no se derrumbó. Pero proyección errada no supone intención descartable. Exige revisar práctica y teoría para revalorizar las dificultades que rusos, chinos y cubanos enfrentaron para formar regímenes socialistas incompletos o frustrados. Cuántas veces una discusión se ha intentado cerrar diciendo “Marx no previó eso”, como si fuera el oráculo de Delfos.

2. Cuando las hubo, las revoluciones sucedieron en países con un capitalismo apenas desarrollado o muy poco maduro para ser caracterizado como tal. Su deriva implicó un sesgo complejo para la práctica de la política de las izquierdas a nivel mundial: los bolcheviques y Lenin, los chinos y Mao Zedong, los cubanos y Fidel Castro, los vietnamitas y Ho Chi Minh triunfaron sobre estructuras de dominación y construcciones institucionales “premodernas”, de tipo aristocrático o colonial decimonónico.

3. Aquellas experiencias no arrojaron luz como para imaginar o emular organizaciones, estrategias ni relatos propicios para ser aplicados en contextos de sociedades capitalistas desarrolladas con Estados, empresas y burguesías modernas y poderosas. Tanto Perry Anderson como Edward Carr señalaron hace tiempo cómo el leninismo fue un valioso ejemplo eficiente para formar un partido capaz de sustituir el poder nobiliario y semifeudal en decadencia que representaba el zarismo y que constituyó un modelo de “modernización por la vía socialista” para los pueblos de oriente y en situación colonial. Pero poco pudo aportar para resolver creativamente la complejidad del accionar político en sociedades desarrolladas a partir de la segunda industrialización, del fordismo, de la democracia y del capitalismo de masas.

4. Las sociedades y las economías en las que se implementó el socialismo han mostrado una tendencia a consolidar un aparato político autoritario y rígido, con poca capacidad de incluir la diversidad político-cultural y la innovación técnica, en la medida en que debieron afrontar la enorme tarea de modificar estructuras económicas que lejos estaban de ofrecer la abundancia necesaria para desplegar el ideal socialista. La cuestión de China debería seguir siendo materia de estudio para el caso del desarrollo económico, más allá de que continúa la senda rígida desde lo político.

5. Todo ensayo de caminar hacia el socialismo debería tomar nota de las viejas polémicas entre bolcheviques y mencheviques, de las discusiones chinas entre Mao y Deng Xiaoping y de los problemas actuales que se enuncian en Cuba respecto de los “problemas del igualitarismo” en economías aún subdesarrolladas: el reparto en sociedades cuya producción resulta insuficiente conduce al voluntarismo, el burocratismo y la negligencia. El socialismo en la pobreza podrá ser moralmente más justo (lo que no deja de ser polémico), pero históricamente no demuestra ser una senda para el desarrollo pleno del ideal inicial.

6. Los intentos por caminar democráticamente hacia el socialismo han chocado contra la oposición de sectores dominantes a nivel global y local (Chile, Venezuela) y con problemas de construcción cultural de una nueva hegemonía que permita superar los pilares del afán de lucro y la propiedad privada (la socialdemocracia en toda su extensión), con innovaciones creativas y duraderas que den cuenta de un sistema nuevo y superador del capitalismo. De forma que el análisis de las condiciones económicas de partida en relación con los procesos de construcción de hegemonía contracultural alternativos debe estar presente a la par de los deseos y los ideales.

¡Valor!

Así como “el fin de la historia” se terminó solo, hay que retomar el valor de discutir en pos del renacer de ideologías positivas (pero no absolutas, ¡por favor!) con su hermosa invitación a una vida mejor entre todos (si no, ¿para qué escribir, militar, debatir?). Salvo algún caso raro, nadie piensa en el socialismo por resentimiento y revancha, sino porque es un desafío hermoso y superador, que incluye a todos en la búsqueda de más libertad y solidaridad. Esta postura debe acompañarse con un mínimo de criticidad respecto de lo que pasó con los socialismos, para evitar la protesta idealista alejada de la realidad. Y con especial énfasis en atender la cuestión del “valor”, de la generación de riqueza y de los estímulos creativos para la productividad.

Es importante para esto reposicionar el marxismo en su dimensión imperfecta, propositiva y crítica, sin elevarlo a la categoría de método único o de propuesta definitiva. Las corrientes marxistas en diálogo con el humanismo y los enfoques poscoloniales permiten evitar la centralidad de la lucha de clases como motor (único) de la historia y de la práctica política. Sin negar la existencia del conflicto, pero conscientes de que la historia demuestra que no todo ni siempre es por la lucha de clases (Sudáfrica y el fin del apartheid, por ejemplo). Así se podrán incorporar diversas cuestiones étnicas, de género, ecológicas, tecnológicas y generacionales que, cuando los colectivos sociales (y no camarillas iluminadas) pongan en juego creativamente, darán lugar a experiencias cercanas a formas más lindas, solidarias y libres de pasar por esta tierra… que es la idea, ¿no?