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Incorrecta | Lunes 08 • Agosto • 2016

“Nunca pretendí presentarme como mujer”

Laerte, la caricaturista brasileña más allá del género.

Dibujante, caricaturista, intelectual, transgénero: Laerte Coutinho (San Pablo, 1951) transita todas esas denominaciones en una conversación situada en el Brasil de los tiempos que corren. Una pensadora genial con una obra que se mueve entre lo individual y lo colectivo.

-¿Cómo ha sido la reacción de las personas frente a tu transformación en Sônia?

-Al final desistí de cambiar de nombre. Decidí mantener el nombre de Laerte, primero, porque me gusta. Segundo, porque existen registros de Laerte como un nombre femenino en Brasil. Descubrí que hay 264 mujeres que se llaman así, como indica la web del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística. Es genial. Pero, en realidad, desistí porque no me considero mujer, sino del género femenino, que no es lo mismo. Esta transformación fue muy bien recibida en general, a pesar del modo brasileño de agresividad contra los transgéneros. Pudo haber sido porque ya era conocida en el ámbito profesional, y ese reconocimiento resistió al intento de ridiculización que hubo.

-Tal vez tenga que ver también con la forma en que te presentaste a la opinión pública, de a poco, en términos provocativamente no binarios, desconcertante.

-Puede ser. Nunca pretendí presentarme como mujer: ésa fue una conciencia que tuve desde el principio. Fue así porque pertenezco a un grupo de personas que piensan de esa manera. Vemos la transgeneridad como una posibilidad de aumentar el abanico de la diversidad, y no cerrarla en el bigenerismo, en la vieja concepción de dos géneros, dos sexos. -¿La transformación le dio libertades a tu trabajo? ¿Cambió tu manera de hacer humor? -Mi sensibilidad no cambió. La forma de trabajar el humor y las historias ya había cambiado por otros motivos, estaba cansada de la línea que trabajaba. La dinámica que implica cambios en el humor, en el dibujo, es bastante independiente, aunque creo que se articula, porque en el fondo soy una persona sola. Afecta, claro, pero no es una conexión obvia.

-¿Cómo fue hacer humor en la posdictadura, al lado de Angeli y Glauco?

-En realidad, yo empecé a trabajar en 1972, en plena dictadura. Era un contexto de censura y represión, pero había además deseos políticos organizados, de los cuales formé parte. Hay que decir que la dictadura no fue la única dinámica de nuestra cultura en aquel momento. El fin de los 60 fue decisivo, estábamos en dictadura, pero yo estaba interesada en la creación: en Caetano Veloso, en la explosión del cine y las artes plásticas. Mi formación, como la de otros, mezcló esas inquietudes con la necesidad de hacer un trabajo políticamente elocuente, consistente. La democracia, en 1985, me agarró en la mitad de la carrera, con una personalidad formada, aunque siempre cambiando.

Actualidad

-¿Qué ocurre con el momento actual?

-El momento actual es dramático. Me río, pero no es para reír, aunque al mismo tiempo es risible. Ocurre aquello que dijo Marx: cuando la historia se repite dos veces, es una farsa. Estamos viviendo una gran farsa. Al mismo tiempo, se trata de una sociedad que tiene una construcción de ciudadanía diferente a la de 1964. Hoy, este presidente interino, busca construir una estructura de poder por la que serán perjudicadas poblaciones enormes: trabajadores, negros, mujeres, artistas, pero se enfrenta a una sociedad que no tiene el grado de pasividad de los 60. Es casi imposible que se repita el mismo grado de opresión. Existen agentes articulados, empoderados, esa palabra extraña, traducción literal de empowered, y podemos esperar momentos de conflicto intenso. El sentido de retroceso que se dibuja en este gobierno interino es inviable. ¡No se puede meter la pasta de dientes en el tubo de nuevo!

-¿Podrías dar un ejemplo de lo anterior?

-El año pasado hubo un movimiento de estudiantes de secundaria en San Pablo que obligó al gobernador del estado a negociar. Y el modelo de lucha lo buscaron en Chile, o en Europa. Estuve en una ocupación acá en San Pablo y quedé impresionada por el nivel de organización y de conciencia de los estudiantes. Esas experiencias, potenciadas por internet, se han transformado en un patrimonio común. Internet sirve para algo además de para poner fotos de gatitos y esas mierdas de sitios llenos de odio.

-¿Para quién se hace humor misógino? ¿Los fanáticos religiosos tienen un humor propio?

-Los fanáticos religiosos no, pero algunas alas conservadoras tienen un tipo de humor particular. Ciertos humoristas y dibujantes que tenían un conservadurismo latente, hoy aparecen con más fuerza. Hace algunas décadas, no había mucha diversidad de opinión: estabas a favor o en contra de la dictadura. El tiempo trajo una gran complejidad a ese cuadro. Hay dibujantes de derecha, y hay uno en particular que es muy bueno. El tipo es reaccionario hasta el hueso, y nos sorprendió porque hasta hace poco tiempo ese canal no estaba abierto. ¡Es como si todo el mundo hubiera salido del closet en 2013! Hay una intelectualidad de derecha mucho más grande de lo que teóricamente creíamos, y responde al llamado de los medios, que siempre han tenido una vocación golpista.

-A propósito, ¿cómo es trabajar para, justamente, Folha de São Paulo?

-Yo tengo libertad de hacer lo que quiero. Si bien Folha tiene una postura con la cual no estoy de acuerdo, es el medio donde trabajo y donde además me apoyaron en situaciones delicadas. Existo dentro del diario a partir de un pacto de convivencia que funciona. Pero no sólo me publican a mí, sino también a gente como Janio de Freitas, a Guilherme Boulos.

Cambio de rumbo

-¿Cuál es el lugar de la ironía en el humor brasileño?

-No sé si puedo responder esa pregunta. Cuando el Senado votó por el juicio político de Dilma, hubo un momento muy interesante: el voto del senador Collor. Pensemos que él mismo fue juzgado en 1992, aunque no llegó a ser impedido porque renunció antes. Y allá estaba Collor ejerciendo su venganza. Se trata de un momento de gran ironía. La realidad brasileña es muy fértil en momentos irónicos y la ironía es una herramienta de cualquier tipo de humor. Pero puedo citar otra forma de humor. Por ejemplo, en un acto de Bernie Sanders, un pajarito se posó en un estrado junto a él y todo el mundo se dio cuenta. Es una especie de gesto poético-humorístico.

-Tus cómics de los últimos años son un poco así, más “poéticos”.

-El hecho de que una tira poética esté dentro de una página donde se espera un chiste es muy informativo, descoloca. Los lectores llegan a quejarse, porque dicen que no tiene gracia, piden que me echen. Hubo una época en que lo pidieron con mucha fuerza, y Folha siempre apoyó ese cambio a un nuevo tipo de cómics. La propia palabra “chiste” está mal utilizada. A mí eso no me interesa; quiero generar otras lecturas.

Personaje público

-¿Cómo has manejado la exposición mediática desde el comienzo de tu transformación? Recuerdo un reportaje con revelaciones bastante íntimas en una revista Piauí de 2013.

-Me arrepentí de parte de lo que dije en esa ocasión. El periodista que hizo el perfil es amigo mío, me abrí demasiado, se me escaparon cosas que fueron delicadas.

-¿Tenés una estrategia para manejar tu exposición?

-No. Mi única estrategia es no dejar que los medios impongan una dirección editorial “atorrante” sobre mí. Soy el dibujante que se viste de mujer: todo un número circense. Me he preocupado por filtrar esa embestida, negándome a recibir periodistas que trabajan en ese sentido. Creo que el resultado es bueno, porque dejé de ser “el hombre que se viste de mujer”, para ser un hecho más productivo, ser transgénero. Es gracioso; una vez un periodista se equivocó y llegó a decir que yo era “transgénico”, y le dije que yo no era soja.

-¿Qué papel tuvo el Brazilian Crossdresser Club en ese camino?

-En Brasil, el crossdressing sirvió para que mucha gente de clase media ejerciera su transgeneridad sin creer que eran travestis. Entré por esa puerta, pero con el tiempo me pareció que no tenía sentido mantener escondido ese deseo. A fines del 2010, llegué a la conclusión de que no quería más ropa masculina y que expresarme como mujer era perfecto para cómo me sentía. Ahí sí asumí un riesgo. Pero fue un riesgo calculado, porque sabía que no iba a pasar por las mismas dificultades que la mayoría de las travestis brasileñas. Tenía una profesión, familia, un lugar en la sociedad, amigos. Era un punto de partida ventajoso.

-Laerte, ¿te considerás feminista?

-Sí. Además de movilizar originalmente a las mujeres biológicas, el feminismo genera un arsenal de ideas y propuestas en la sociedad con las que estoy muy de acuerdo. Es evidente la manera en que el feminismo instruyó y abasteció al movimiento LGBT, por ejemplo, o al movimiento democrático en el mundo entero. Es una catapulta de cambios innegable en el siglo XX. Además, se puede ser feminista de manera libre, no es un partido.

-¿Se puede colocar preocupaciones de ese tipo en el trabajo de caricaturista?

-En “The Lady in the Van” el dramaturgo inglés Alan Bennett llega a decir que el escritor no se coloca en lo que escribe, sino que se encuentra ahí. Cuando pienso en mi movimiento de transgeneridad y homosexualidad, en el feminismo o en el socialismo, no los meto en mis historias, sino que trato de encontrarlos allá. Es una forma de mantener el trazo y las ideas libres, con poder de vuelo. El trabajo en sindicatos, en la militancia, en el periodismo sindical, se empobrece cuando deja que la militancia tenga hegemonía evidente en lo que se hace. -¿Cuándo empezaste a interesarte por la lucha por los derechos de otras personas y no sólo por tu camino personal, y a militar, por ejemplo, en la Associação Brasileira de Transgêner@s? -En los 60 pertenecí al Partido Comunista. Quería una sociedad sin clases, y durante mucho tiempo ésas eran mis ambiciones. Mis cuestiones personales estaban quietitas. Asuntos como género, mujer, gay, eran cuestiones secundarias. Con el tiempo, pasé a preocuparme por lo que estaba pasando acá adentro. Actualmente, creo que hago una buena combinación de esas dos esferas. Entender, reconocer, aceptar y vivir un proceso de transgeneridad, así como de homosexualidad, me hizo conocer gente que está en la lucha. Puedo decir que hice un upgrade en mi militancia.