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Dínamo | Lunes 15 • Agosto • 2016

Vigencia del debate sobre socialismo

Los avances, las contradicciones y los retrocesos de los progresismos en América Latina y las recientes derrotas en Argentina, Brasil y Venezuela abren debates de fondo sobre proyectos societarios, que incluyen también la situación del capitalismo central y de los países que siguieron bajo gobiernos de derecha.

Al contrario de las opiniones críticas o conformistas que generalizan la defensa o el cuestionamiento totales, creo que no hemos vivido procesos lineales. Avances sociales y políticos significativos coexisten con muchos factores de disgregación social, concentración de la riqueza y valores contrapuestos. Hay una pugna entre proyectos de sociedad que se traduce en muchos campos. En las políticas públicas, en la construcción de trama social, en los valores ideológicos y en la acción política se produce una gran lucha por la hegemonía. Muchas veces se ha perdido esa batalla. En la izquierda han faltado debates sobre los proyectos de sociedad futuros, incluido el socialismo y otras alternativas al capitalismo. El pragmatismo que vino de la mano de reducir la política a la gestión de gobierno le quitó importancia a ese plano ideológico y teórico de la contienda.

Durante dos siglos, el socialismo estuvo en el centro de las grandes luchas de la humanidad. La conversión socialdemócrata en derecha y el derrumbe de los regímenes estalinistas fueron la apoteosis del capitalismo y su vertiente más extremista, el neoliberalismo. Sin embargo, las teorías eufóricas del libre mercado, las privatizaciones, las desregulaciones y la desprotección social no dieron los resultados prometidos, sino que, por el contrario, generaron deterioro social y un incremento brutal de las desigualdades. El imperialismo en sus nuevas formas trajo más guerras, destrucción, terrorismo, crisis migratorias y múltiples resistencias.

Las alternativas de superación al capitalismo deben refundarse como proyecto ideológico. La herencia de los modelos del siglo XX pesa demasiado como para poder levantar las banderas socialistas sin saldar cuentas con el pasado y sus ideas erróneas. La subestimación del valor de las democracias, de las libertades públicas y los derechos humanos, como parte esencial del socialismo, supuso un grave daño a las luchas populares. Cuando predominaron, estas concepciones privaron a la izquierda de su esencia libertaria, contrapusieron justicia social y democratización.

Hay que cuestionar también la concepción lineal y mecanicista de la historia según la cual el socialismo es el resultado inexorable del desarrollo de las fuerzas productivas que chocan con las relaciones de producción capitalistas. Esa idea del crecimiento económico lleva también a ignorar la problemática ambiental. Esta forma de analizar la sociedad reduce su diversidad y empobrece el análisis de clases al no integrar las múltiples fuerzas sociales que luchan en cada formación social. No se incluyen otras contradicciones que surgen de las relaciones de desigualdad y opresión, como las de género, raza o culturas impuestas por el poder dominante. Aún hoy hay quienes las rechazan o minimizan.

La principal idea fuerza de una alternativa al capitalismo es, en mi opinión, la democratización radical de la sociedad y el Estado. Como señalan Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, se trata de redefinir el proyecto socialista en términos de una radicalización de la democracia como articulación de las luchas contra las diferentes formas de subordinación de clase, género, etnia y otras, incluidas las resistencias a la alteración de los equilibrios ecológicos.

En un sentido similar, Erik Olin Wright habla de justicia social y justicia política, y propone un igualitarismo democrático que surge de la combinación de ambas. La democracia radical es un derecho propio, dice Wright, y también un valor instrumental para la justicia social. Una democracia participativa significa una forma de Estado y sociedad en la que la población tiene injerencia en las políticas públicas, en el plano local y nacional. No excluye los mecanismos representativos, pero crea mayores controles y vínculos con los representantes y un conjunto de prácticas directas de la población respecto de los temas colectivos. Lo local es un espacio para formas de participación y poder popular donde lo comunitario y lo ciudadano convergen. El territorio opera como campo donde se vinculan las políticas con la comunidad. Con la idea de “utopías reales”, Wright toma ejemplos de instituciones que funcionan hoy con formas no capitalistas que van desde el Presupuesto Participativo a Wikipedia o la cooperativa Mondragón, y propone luchar por alternativas deseables, factibles, emancipatorias.

No luchamos por un capitalismo regulado, sino por construir una sociedad diferente desde transformaciones estructurales de los principales campos de la vida social, fortaleciendo a sus actores. Esos cambios en la salud, la educación, la cultura, los medios de comunicación, la convivencia, los espacios públicos, las relaciones de género pasan por su mayor democratización como sistema, incluida la economía. La democratización radical hace a la concepción de una sociedad distinta y es una respuesta a los problemas de la población para ejercer sus derechos.