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Cultura | Viernes 16 • Septiembre • 2016

El cómic "La casa" es una verdadera novela gráfica

Tres viñetas y una rama de árbol bastan para contar el transcurso de muchos meses. Este es el recurso que usa Paco Roca en la segunda página de su último libro, La casa, para mostrar que el dueño esta no volverá. Pocos autores de cómic pueden narrar como lo hace este valenciano de 46 años, guionista y dibujante, al que se puede describir como uno de los maestros de la historieta europea reciente.

Las primeras tres páginas apelan básicamente a la narración muda para contar que un anciano sale de su hogar por un rato (la pista está en que deja la persiana abierta), sufre un leve mareo, se recompone y sigue. Pero no vuelve, y Roca lo da a entender, como se dijo, mostrando el transcurso del tiempo en el patio. A continuación, entra uno de los hijos del hombre y así empieza una historia familiar que tiene elementos autobiográficos como trasfondo.

Para quien no conozca a Paco Roca, se puede decir que es un historietista de producción abundante en la que casi siempre ha oficiado de autor integral. Si no se pueden conseguir sus libros, aunque algunos circulan por librerías uruguayas de historietas, cabe acceder en internet a su tira de historietas Un hombre en pijama, publicada en un suplemento de El País de Madrid. En ella trataba de responder a la pregunta de si se podía vivir y trabajar así vestido, algo que había sido su sueño hasta que logró dedicarse por completo al dibujo. En muchos de los libros de Roca aparecen temas como el tiempo, la memoria, las ilusiones y los encuentros generacionales. El español dedicó su primera década de trabajo a las historietas eróticas, las de aventuras y -sobre todo- las ilustraciones para publicidad; recién cuando comenzó a publicar en Francia creó su primera obra como autor maduro: Arrugas (2007), una emotiva y divertida novela gráfica protagonizada por ancianos en un geriátrico, inspirada en el envejecimiento de sus propios padres y en el Alzheimer del padre de un amigo (el protagonista lleva el mismo nombre). En poco tiempo, esa obra se reeditó en muchos países y su adaptación como película animada (con colaboración de Roca en el guion) ganó un premio Goya en 2012.

A partir de Arrugas se les empezó a prestar más atención a algunos de sus trabajos anteriores, como El faro (2004), un drama cruzado con aventura y guiñadas a las narraciones marinas, y El juego lúgubre (2001), con un Salvador Dalí temible. Después crearía, entre muchas otras, Las calles de arena (2009), un ingenioso cómic borgiano sobre un joven que se pierde en sus propios sueños. También hizo El invierno del dibujante (2010), reconstrucción documentada sobre una emblemática generación de historietistas españoles; y, sobre todo, Los surcos del azar (2013), ambiciosa y profunda investigación histórica sobre una división blindada francesa de la Segunda Guerra Mundial, integrada por españoles republicanos exiliados.

La casa mantiene algunos de los elementos que Roca exhibió en sus trabajos previos y que domina a la perfección. Con pocas palabras, o directamente sin ellas, atrapa al lector desde el comienzo y luego emplea la justa combinación de diálogos y dibujos para construir una verdadera novela gráfica. Esto es mucho más que una historieta extensa, como se suele decir, y en realidad implica que el o los autores pintan un mundo mediante las palabras, las imágenes y sus secuencias. El español Carlos Giménez, el estadounidense Will Eisner, el japonés Jiro Taniguchi y el argentino Juan Sáenz Valiente han dado grandes ejemplos de esto. En Uruguay, Nicolás Peruzzo y Gabriel Serra lo consiguieron en la reciente Rincón de la Bolsa.

En el cómic, los tres hijos del anciano que no volvió revisitan la casa del título, con la idea de poner todo en orden y venderla. Como es natural, esto remueve muchas cosas en ellos y los fuerza a reencontrarse, tanto entre sí como con la memoria de su padre. Para mostrar el modo en que cada uno vive esa experiencia, Roca emplea distintas diagramaciones de página, desde las más intuitivas y libres para el hijo menor, el escritor (en el que se puede identificar al propio Roca), hasta las más cuadradas y simétricas para el mayor. Estos son recursos narrativos racionales y valiosos, pero son sólo una parte de lo que importa: el autor se expone y se arriesga desde lo más personal, para mostrar que, en su caso, no sólo pesa lo que cuenta, sino también el modo en que lo hace y la honestidad que exhibe en cada trazo.