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Cultura | Martes 06 • Septiembre • 2016

Abel Soria. Foto: s/d de Autor

Mil millas orientales

Abel Soria (1937-2016).

“Hasta el campo está cansao / y no hay cosecha que rinda, / la chacra no es cosa linda / pa' estar en ella enterrao. / Yo quiero ser diputao / en vez de un triste paisano, / no cinchar como un enano / sino hacer cada vez menos, / comprarme perjumes güenos / y no andar jediendo a guano”. Así dice la recordada milonga “Tata, yo quiero ser diputado”, una de las numerosas composiciones del poeta y payador Abel Soria, que falleció el domingo a los 79 años. Recordado por sus décimas y su estilo humorístico, Soria fue uno de los integrantes más jóvenes de la Cruzada gaucha, movimiento de payadores que comenzó en 1955 y que durante varios años recorrió pueblos y ciudades del interior para difundir e impulsar ese tradicional arte repentista que suele desarrollarse en la forma de desafíos.

Los orígenes de sus perspicaces retratos de la vida campera se pueden rastrear en su infancia, cuando trabajaba en la chacra de su padre al tiempo que comenzaba estudios de guitarra y solfeo e iniciaba una larga trayectoria autodidacta de la retórica y la poética. Mientras tanto, gambeteaba la pobreza trabajando como mozo, peón de albañil e incluso como enfermero del hospital de San José. En 1956 editó su primer libro de poesía, Primeros vuelos, al que le siguieron una treintena de publicaciones, y comenzó sus presentaciones en público, que lo llevaron a Argentina, Brasil e incluso a Australia.

A Martín Bentancor, creador de un universo campero signado por la tradición de los viejos payadores y el recuerdo de las leyendas orales, lo sorprendió la llamada de la diaria cuando se encontraba en el paraje Echeverría, allí donde nació, en 1885, el emblemático payador Juan Pedro López, al que versionó y admiró el propio Carlos Gardel, y que además integró la notable historia de Muerte y vida del sargento poeta (segunda novela de Bentancor, publicada en 2013). Como si esto no fuera suficiente para confirmar el destino, aquel payador fue, justamente, uno de los mentores de Soria.

El escritor contó que Soria nació en 1937, cuando las grandes figuras del género ya se encontraban en actividad, y tenía la particularidad de emplear sus décimas para contar historias, “una de las vetas que retoma de López. O sea que, en vez de hacer lo mismo que muchos otros payadores, al cantar sobre temáticas más rimbombantes o trascendentales, como la humanidad o la amistad, Soria retomó la tradición de narrar historias”, al igual que López, señaló Bentancor. Y explicó que su veta humorística provino de otro payador, Evaristo Barrios -nacido en Argentina y nacionalizado uruguayo-, que, al igual que López, se apartaba de la imagen típica de los payadores vestidos de gauchos, y era por apariencia y por su temática más bien urbano. También aclaró que, aunque Soria se hizo especialmente conocido por sus composiciones humorísticas, también fue autor de otras más líricas y, en algunos casos, desoladoras.

“Abel surge como payador cuando se va de Los Cerrillos -contó el autor de El inglés, que nació en la misma localidad-, y a los 18 o 19 años se integró a la Cruzada gaucha”, con tal fortuna -buena o mala, según se mire- que en su primera presentación le tocó payar nada menos que con Carlos Molina, un maestro del género, anarquista y luchador social. “Si bien durante muchos años fue payador, después Soria se fue decantando no tanto en ese tipo de actuación, sino más bien hacia escribir y cantar sus trabajos humorísticos”, apuntó.

Cuando se le pide una posible definición, Bentancor no titubea en identificar a Soria como “un narrador en décimas”, al igual que López y Barrios, aunque también haya empleado otras formas de versificación. “Cargó sus creaciones con una gran capacidad de observación, sobre todo del hombre de campo y de sus costumbres. Y quizá su perfil menos conocido haya sido el del gran estudioso del idioma español a nivel académico (aunque eso no correspondiera a su educación formal). Tenía una biblioteca muy amplia sobre versificación española, por ejemplo. Podía hablar horas sobre el encabalgamiento de un endecasílabo, las variantes, las figuras. Detrás de la aparente sencillez de sus versos había un gran trabajo del lenguaje en la elaboración del verso, algo que, en general, no ocurre con los payadores, ya que, por crear en el momento, no están tan atentos a la forma”. A esto lo complementa recordando que a principio de los años 90 Soria publicó Cursillo de versificación, un libro “muy interesante, que a su vez habla de su generosidad” para compartir el conocimiento del oficio.

En este punto también coincide el músico, docente e investigador Rubén Olivera, quien lo recuerda como un payador humorístico y con un “prurito por lo literario”. “Era un conocedor literario muy sabio, y no sólo de literatura gauchesca. Dio cursos, por ejemplo, en Guitarra Negra (un programa de perfeccionamiento y profesionalización para artistas nuevos, seleccionados por concurso, que lleva adelante desde hace años la Intendencia de Montevideo), porque era un erudito en versificación, estructuras y formas literarias”.

Metejón rastrojero

Bentancor contó que cuando era niño leía muchas de las publicaciones de Soria porque estaban entre las pocas que había en su casa. Con tono risueño, recordó la picaresca del payador y sus juegos con el doble sentido, que -remarcó- nunca caían en lo soez. Así fue como se lo escuchó prosear, del otro lado del teléfono, recordando las décimas de “Esperando al fin del mundo”, que cuenta diversas reacciones de paisanos ante la presunta inminencia de la catástrofe: “El que ligó fue Facundo, / nieto de Antenor Segovia, / pues le hizo creer a la novia / que se terminaba el mundo. / La llevó a un zanjón profundo / del campo de los Almeida / y ella que era más leida / y avispada que Facundo / no creyó en el fin del mundo / pero igual se hizo la creida”.

Si bien hacía más de 30 años que Soria no podía cantar por un problema en las cuerdas vocales, todavía parece que se lo ve, saliendo como una luz mala, a brindar con grapa. Aquella que tanto homenajeó en sus “Mil millas orientales”: “En el siguiente eslabón / tomé grapa en San Ramón / y tomé grapa en el Tala, / me armé un cigarro de chala, / me compré unas golosinas. / En Migues robé gallinas, / pinché mi chivita guapa, / puse un parche, tomé grapa / y llegué primero a Minas”.