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Deporte | Jueves 22 • Septiembre • 2016

Manuel Castro de Wanderers y Yony González de Junior, ayer en el estadio Franzini. Foto: Federico Gutiérrez

Wanderers empató con Junior de Barranquilla

En un partido cerrado, trabado y sin demasiadas posibilidades de que se llegara al gol, Montevideo Wanderers y Junior de Barranquilla empataron sin goles anoche en el estadio Luis Franzini por los octavos de final de la Copa Sudamericana. Decidirán la serie la semana que viene en Colombia. Cualquier resultado que no sea derrota en el estadio Roberto Meléndez de la ciudad de Barranquilla dejará a los uruguayos a las puertas de la clasificación si llegan a los penales, o directamente en la próxima fase si ganan o empatan a marcador abierto.

¿Cómo se encaran estos partidos? No es fácil y no hay una respuesta de catálogo. Sobre todo si se revisa la coyuntura de este siempre joven y, en consecuencia, siempre renovado Wanderers que, a pesar de sus limitaciones y en virtud de sus posibilidades, es desde hace tiempo -demasiado para las expectativas del fútbol uruguayo- el único representante del fútbol uruguayo en la Copa Sudamericana.

Es complejo el encare, la estrategia, cuando, como anoche, el representativo supuestamente más débil debe tratar de resolver en casa el partido que juega, teniendo en cuenta el próximo, de visitante y con calor, frente a un estadio con mucha gente.

La respuesta que ensayó Wanderers anoche fue oportuna: jugar como casi siempre, soñar como casi siempre y creer que -aunque lo haya, que lo hay y mucho- no hay nada que perder. El “cuando no se puede ganar no hay que perder” va un paso más allá en este tipo de torneos: cuando no se puede ganar hay que ganar 0-0. Eso fue lo que hizo Wanderers, que dejó la serie abierta y hasta perfilada a su favor, si tenemos en cuenta que si hace un gol la semana que viene en el calor de Barranquilla se arrimará a su meta de avanzar a los cuartos de final, un logro que sería histórico para el viejo club del Prado.

Así lo hizo, y aunque comenzó algo timorato demostró que podía conseguir un buen resultado, hasta que a los 15 minutos Junior de Barranquilla dejó en evidencia que los videos no mienten y metió una contra que fue una puñalada. Pero cuando parecía que Joni González lograría anotar, el Cachorro Leonardo Burián se tiró de cabeza a la salvación y evitó el gol barranquillero.

Esa jugada, junto a algún amague de correr la cancha insinuado por los tiburones, fueron finalmente casi todo lo reseñable de los colombianos en el primer tiempo. De Wanderers hubo más, pero apreciable en ganas, en quiero. La buena marca en la mitad de la cancha de los rojiblancos y la falta de desequilibrio individual de los montevideanos dejaron ataques aislados de los bohemios, apoyados en la experiencia del Chapita Sergio Blanco, quien pivoteando cerca del área propició faltas y penúltimos pases que no llegaron a nada.

Sigamos así sin seguir así

Con la mitad del juego resuelto, o la otra mitad por resolver, salieron a la segunda mitad básicamente con los mismos planteos.

El juego se fue estirando en intenciones, parciales conveniencias y fatuas frustraciones. Es que un partido de este tipo de instancias eliminatorias es apenas un módulo de juego, en el que a veces parecen pesar variables casi ajenas a la esencia del juego, como valorar casi de igual manera una victoria por un gol que no haber recibido goles de local, o ese tipo de cosas que a veces exceden las valencias del rival, sus características y sus posibilidades.

Al final, vos y yo, desde la primera pelota que corrimos, jugamos para tratar de ganar. Y se sabe que para eso es necesario un permanente equilibrio de expectativas, cuidados, neutralizaciones y aciertos.

Wanderers quiso más que el cero en el arco propio. Pugnó por festejar algún gol. Casi llegó cuando un bochazo cruzado del duraznense Manuel Castro estuvo cerca del gol cuando el rosarino Joaquín Verges no pudo enderezarlo al arco.

Lo siguió intentando desde el banco, desde la estrategia, cuando entró el grandote canario Santiago Bellini, quien tuvo sus primeros minutos en la temporada, y el maragato Santiago Gáspari fue para recomponer la línea más ofensiva.

No pasó nada más, y el esbozo inicial quedó firme hasta el final. Wanderers tuvo la ligera locura de desequilibrar sin caer en excesos. Junior se mantuvo firme en su pugna por mantener el control defensivo y la imbatibilidad de visitante. Uno no gana porque quiere. Es más: si así fuese, siempre lo haríamos, porque siempre queremos ganar.

Uno consigue el mejor resultado posible, dadas las circunstancias, cuando es capaz de arriesgar tanto como de cuidar lo que tiene. El partido de anoche estuvo bien jugado en el sentido de seguridades, riesgos y futuro, pero mal jugado para quien sólo quiere ver un partido de fútbol y nada más que eso.

Fue lo que pudo Wanderers, y el sueño sigue vigente.