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18.3.10

Hormigas gigantes

En la década de 1990 hubo una ola de publicaciones sobre la resistencia contra los gobiernos previos al golpe de Estado contada desde adentro. Esa ola fue cayendo a medida que avanzaba la década y volvió a tener su
momento de auge en los primeros años de este siglo. Si bien se contaron historias desde todos los ángulos, desde cada una de las realidades, hubo una que tuvo un poco más de repercusión y que muchas veces es erróneamente tomada por la única historia de esa resistencia, la que gira en torno al Movimiento de Liberación
Nacional-Tupamaros. Sin embargo, la realidad fue mucho más vasta y aún quedan historias por contar.

Del mismo modo que es un error reducir la lucha armada al MLN, o la resistencia obrera a la CNT (ya que había sindicatos fuera de ella), es una grave ausencia en obras sobre este fenómeno la falta de registro de lo actuado en los barrios por vecinos organizados, muchos de ellos olvidados, anónimos.

Para contribuir de algún modo a salvar esa carencia, el libro de Augusto Chacho Andrés es una obra fundamental. El autor formó parte de la Federación Anarquista Uruguaya (FAU) desde 1966, luego de la organización político- militar OPR-33, y fue fundador del Partido por la Victoria del Pueblo en 1976 en Buenos Aires. Pero desde antes de integrarse a la FAU ya estaba vinculado a la resistencia popular organizada por obreros y vecinos del Cerro y La Teja.

Este libro es la historia de movimientos de hormigas, colectivos barriales que resistían día a día sin hacer alharaca por las acciones que llevaban adelante. Vecinos que no sólo sufrían la violencia política y la violencia laboral sino también la económica, por lo cual su resistencia no era una excepción sino su vida entera. Al
detenerse en varios movimientos pequeños, Estafar un banco llega a momentos altos, ya que logra generar la atmósfera vivida en lo previo al golpe de Estado de 1973 y reforzar la tesis de que la dictadura comenzó mucho antes de ese momento.

Así, el libro está separado en capítulos, cada uno de los cuales gira en torno a un luchador, y a través del seguimiento de su vida traza un paralelismo entre la persona y el entorno; esta forma de narrar hechos
históricos remite indudablemente al Rodolfo Walsh de Operación masacre o Quién mató a Rosendo y a las crónicas de anarquistas de Osvaldo Bayer.

A medida que avanza el libro, las historias se van centrando en las acciones para recaudar dinero de la Chola (organización de la FAU que fue el germen de la OPR-33) mediante secuestros, expropiaciones y asaltos. En este sentido es muy interesante la forma en que el autor describe toda la planificación, desde la idea inicial hasta la realización.

Las acciones eran verdaderas puestas en escena con un fuerte componente lúdico, que los rebeldes que las llevaban a cabo no vivían como un acto solemne sino como una especie de celebración revolucionaria. Esto coincide con el carácter teatral que Luis Camnitzer señala (en Didáctica de la liberación: arte conceptualista
latinoamericano) que tenían las acciones del MLN, por lo que se podría ampliar la observación al campo de las acciones anarquistas.

Un punto más que atractivo llega cuando el autor narra los meses que pasó preso en la cárcel de Punta Carretas. Por un incidente en torno a un compañero, los prisioneros del MLN y la FAU ocupaban zonas separadas en el penal, y esto acrecentaba la interna complicada entre los dos sectores. Pero para realizar
acciones conjuntas tenían que relacionarse de algún modo, lo que generó unas idas y vueltas muy interesantes, sobre todo para desmentir ciertas visiones idílicas sobre los movimientos populares y su unidad.

Lo que Andrés cuenta es realmente atrapante y contribuye a ponerle humanidad a víctimas que muchas veces hemos transformado en simples carteles y consignas heroicas.

Detrás de esas consignas había personas de carne y hueso, hijos de vecino como cualquiera de nosotros, que no eran semidioses sino laburantes. Lamentablemente, el libro está escrito de manera muy desprolija, lo que genera confusión en el hilo. Dentro de los capítulos hay subdivisiones inentendibles, caprichosas, algunas
de ellas que no justifican su presencia allí. Del mismo modo, la línea cronológica va y viene sin sentido, al igual que los personajes que entran y salen de una historia muchas veces sin entender de qué modo lo hacen.

La forma de narrar es buena, salvo cuando realiza unas puntuaciones extrañas, como la excesiva presencia de guiones en partes en que no se admiten. Pero como seguramente lo que Andrés intentó hacer no es una novela con una prosa al estilo Joyce o Proust sino la historia de una resistencia anónima, popular, y sus historias cultas, que no aparecieron ni aparecerán en los textos de historia, los defectos de escritura no son un
problema. Lo que quiso hacer lo hizo de muy buena manera: hay pasión en el relato, hay historias interesantes y hay muy buena información y apoyo en documentos de la época.

Para todos aquellos que son conscientes de la necesidad de contar la historia de los ignorados por los relatos heroicos, éste es un libro fundamental; para los otros, la ventana para entrar a una nueva forma de ver lo que pasó hace unos años, que lejos de ser una verdad cerrada, es un ser vivo y mutante. ■

Diego Recoba (la diaria, 09/02/09)

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