Implosión en Pocitos
Hay un límite para ir contra la familia, así que acá Polleri se mete con toda una clase social. La clase también es un lugar: se llama Pocitos. Cada cual sacará sus conclusiones –que si refiere exclusivamente al barrio montevideano, que si describe anacrónicamente la relación entre venidos a menos y nuevos ricos-, pero lo cierto es que la historia comienza en un edificio de mármol blanco (y sin embargo, negro) lleno de herederos suicidas, padres implacables y sirvientes traicioneros. Desde adentro, la tarea de demolición de esa voz que es Polleri no para.
Pero tampoco se puede dejar de hablar de la familia. Por eso la novela abre con el despertar de una pesadilla de oscuridad total originada en esa niñez que se va a rememorar. Sin embargo, esta es la menos onírica de las historias de Polleri. Los sueños sólo aparecen nombrados como indicios vagos de crímenes no aclarados (y totalmente secundarios respecto al crimen principal: la formacón en la hipocresía del protagonista). Y el padre, figura pesada en Carnaval (1990), Colores (1991) y El rey de las cucarachas (2001) es aquí una figura menor, ornamental: La inocencia es una historia de la madre, y, en todo caso, de las hermanas.
Todo esto –odio, parientes, clase social- suena a Thomas Bernhard. La primera parte de La inocencia recuerda inevitablemente a Extinción, la novela donde el escritor austríaco condena, a través de una disección familiar, a toda la clase alta de su país. También el tono de esta primera parte tiene un aire de Bernhard, con sus repeticiones, variaciones mínimas y disgresiones (aunque no con sus frases largas: Polleri cuida la brevedad), pero está manejado con una atención al sonido y la belleza de las palabras indiscutiblemente más poética.
La “belleza de la vida”, justamente, parece ser el tema de la segunda de las tres partes de La inocencia. Porque el protagonista de la primera tiene un “muñeco”, como le llama, un doble, que se hace cargo de este tramo. En su versión bautizada Rodolfo, el personaje vive en infeliz armonía con su hermana; sus padres han muerto y ellos son solterones millonarios. Amor filial, sí, pero también desgracia extrema. El cambio de tono es es total: si unas páginas atrás estábamos en modo Berhnard, acá pasamos al plácido y superficialmente inocente -por ahí va el título de la novela- modo Vonnegut. Hay incluso una referencia a los latigilllos que usaba el autor norteamericano (por ejemplo, el “Hi ho” con el que cerraba varios capítulos de Payasadas, su novela sobre dos gemelos huérfanos, millonarios y más que complementarios), nunca mejor transfigurados al decir rioplatense que con este “patatín, patatán” que rescata Polleri.
Kurt Vonnegut y Thomas Bernhard a esta altura parecen haber configurado los dos polos ejemplares para hablar de la tragedia que ocurre con la familia en el siglo XX. Acá Polleri se les acerca para utilizarlos como subestilos del suyo, y al hacerlo se acerca también a la “limpieza” de aquella primera novela, El payaso y sus juegos (1982), que prefiere dejar afuera de su currículum y que sin embargo tiene, como La inocencia, forma de triángulo no equilátero.
De la tercera parte de esta historia, especie de coda, conviene no adelantar demasiado, pero no hay que dejar de mencionar un cuarto elemento, un anexo con “retratos familiares” compuesto por dibujos infantiles que no dejan que después de cerrado el libro olvidemos del terror anunciado en la primera frase del relato. A la vez, resuena con uno de los tantos epígrafes de William Blake que atraviesan todo el libro: “aquel que ha permitido que abuses de él, te conoce”. Polleri parece querer decir que algo levemente contrario también vale: ser educado para la infelicidad no alcanza –más bien lo contrario- para ser un buen hombre.
De alguna forma, eso es lo que está diciendo siempre Polleri. En La inocencia da un rodeo a su habitual “poética de la suciedad” para decirlo desde donde más duele: el origen, ese lugar adonde volvemos para ser juzgados de acuerdo a nuestra medida, según el griego Anaximandro. De paso, escribe su mejor novela, y ya es mucho decir. ■
JG Lagos (la diaria, 24/10/2008)







