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22.3.10

Rockera y literata

Este año se terminó de consolidar una nueva camada de escritores jóvenes que en 2008 había ganado visibilidad gracias a la publicación de dos (o tres) antologías generacionales. Son señales dispersas, pero entre ellas habría que anotar datos concretos, como que en los últimos meses aparecieron los segundos libros de Jorge Alfonso (1976) y Andrés Ressia (1977), y que el ganador del concurso de narrativa de Banda Oriental fue un nacido en 1980 (Damián González Bertolino), además de tendencias más vagas, como la promoción de circuitos de autores sub 30 en algunas capitales del interior del país. Lo que tendrían en común estos nuevos escritores es el abandono de las dos direcciones aparentemente antagónicas que dominaban la escritura joven hasta hace unos años -el intimismo y el pop- para volver a privilegiar lo estrictamente narrativo, es decir, la historia y la forma en que es contada.
Ramiro Sanchiz (1978) es, junto con Alfonso y Horacio Cavallo (1977 ), uno de los escritores más prolíficos de este grupo. Participante de concursos varios desde hace una década, Sanchiz ganó un Fondo Concursable del MEC 2008 para publicar un volumen de cuentos y tiene una serie de relatos que giran en torno a los mismos personajes de filiación rockera que por ahora integran las novelas 01.Lineal (editada hace un año por Anidia, en España) y la recientemente aparecida Perséfone. Como en El gran Gatsby, no hay que dejarse engañar por el título: acá la muchacha que bautiza la novela tiene tanto protagonismo como el narrador, para el caso un tal Federico Stahl, guitarrista de diversas bandas que coincide con Perséfone en una agrupación estrafalaria llamada Space Glitter. Pero Stahl y Perséfone no están del todo involucrados en el tren hedonista del grupo, y, en cambio, comparten un código especial, el de la subcultura gótica, que reúne una veta teatral del rock (Bowie, Bauhaus) con un tipo de literatura necrofílica (Poe, Lovecraft) y una adoración radical por la vestimenta de color negro. De hecho, la muchacha de seudónimo mítico acude a Stahl para que le enseñe latín, esa lengua muerta, y antes de unirse a Space Glitter entablan una amistad literaria. Luego Space Glitter crece y tensiona al máximo las dualidades de los protagonistas, él cada vez más descreído de las ilusiones de la carrera musical y ella mortificada por el abandono del ethos depresivo que le daba forma a algo más que a su faceta artística. Cuando, un verano, la banda abandona el gris confortable de Montevideo para emprender una gira por el soleado este, los conflictos se desatan. Pero hasta las playas tienen al menos un lugar de escape para los espíritus romántico-góticos, y hacia allí van Stahl y Perséfone al final -feliz o terrible, pero en todo caso, bien logrado- de la novela.
Como plus, el libro incluye una historieta que extiende el mundo de Space Glitter (y pasa a integrar la saga rockera de Sanchiz) dibujada por el ascendente Matías Bergara (1984), quien también colabora con algunas interpretaciones de la trama principal de Perséfone (incluyendo parodias de la cubierta de la novela). En tanto que el cómic, titulado Descenso, es una excursión onírico-lisérgica, la novela se mueve por territorios bastante reconocibles para los montevideanos, ya que la ciudad, así como muchos de sus animadores musicales, aparecen apenas traspuestos a un universo levemente más movido.
Es interesante leer Perséfone junto con Adiós Diomedes (2005), de Leandro Delgado (1966). Ambas dan cuenta de la mutación que la subcultura dark, fuerte entre los rockeros posdictdura, sufrió durante la década pasada para terminar en lo que actualmente es. Desde extremos opuestos, tanto Delgado como Sanchiz reflexionan sobre este aspecto de la sociología rockera que tuvo sus inflexiones locales, pero que más o menos en todas partes sacó al movimiento del ámbito torturado del postpunk (afín, de alguna manera, al clima de la restauración democrática de los ochenta) para llevarlo, durante los noventa, al superficial dominio del metal (en una especie de repetición como comedia que sintonizó bien con la proliferación de "tribus" estimuladas por el neoliberalismo).
Hay otra coincidencia, además de este interés relacionado con lo biográfico por el devenir de la barra dark-gótica, entre las novelas de Delgado y Sanchiz, y es la ya mencionada presencia de un narrador que es tanto o más importante que el supuesto protagonista de la historia. Pero, aunque esta maniobra distractiva es un truco conocido entre los escritores, las dos novelas se relacionan de manera muy distinta con la tradición literaria. En la de Delgado, las alusiones a temas clásicos (como el del doble) son sutiles y constantes; Sanchiz, en cambio, no duda en nombrar autores y reproducir directamente sus ideas (PK Dick es el caso más notorio). Aventuro que la diferencia no radica únicamente en que el narrador de Sanchiz es un escritor (además de músico), sino en una manera distinta de encarar la relación con el lector. Delgado trabajaría con la visión moderna, en la que se espera que el receptor vaya descubriendo progresivamente una red de referencias que le da sentido a la obra, mientras que Sanchiz escribe utilizando los procedimientos de una rama del posmodernismo que no vacila en aumentar las guiñadas hasta volverlas marcas evidentes. Usualmente, esta manera "posmoderna" de citar es empleada para vincular canciones, programas televisivos, figuras del espectáculo, es decir, elementos pertenecientes al mundo de la cultura pop (como hacen por aquí Dani Umpi, Natalia Mardero e Ignacio Alcuri); lo novedoso de esta novela (y de algunos relatos) de Sanchiz es que aplica el método a objetos literarios. Y lo atendible de esta novedad es, entonces, que de alguna manera recupera la capacidad de la literatura para llamar la atención sobre sí misma sin sacrificar la legibilidad, como ocurría con tantos experimentos autorreferenciales. ■

JG Lagos (la diaria, 28/09/09)

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