La tierra no habla

Columna de opinión.

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Tal vez sea una obviedad decir que la información que circula socialmente y de la que podemos apropiarnos está directamente relacionada con nuestra pertenencia o no a determinados círculos sociales. Entre aquellos que tienen una sensibilidad que genéricamente podría definirse como de izquierda (concepto vago si los hay pero que aquí me gustaría contemplar como un espacio incluyente desde el que milita activamente hasta el grueso de los que pusieron la papeleta rosada en 2009) la noticia que el jueves informó el hallazgo y desenterramiento de los restos de una persona en el Batallón N° 14 significó un gran impacto. Mucho más, por razones obvias, lo fue para aquellos familiares directos de víctimas de la dictadura. Sin embargo, es legítimo pensar que, pese a los portales de noticias, los relinkeos de Facebook, los informativos televisivos y las tapas de los diarios, cientos de miles de uruguayos no se hayan visto ni siquiera tocados por ese sentimiento mezcla de indignación y expectativa que a muchos nos parece natural. Es que la mostración fotográfica o televisiva de un cuerpo no es, en última instancia, más que ese acto de mostrar. En otras palabras, el cuerpo no significa, no puede significar nada, a no ser para aquellos que posean un determinado bagaje conceptual que les permita asignarle un sentido, de la misma manera que para una hipotética persona que no conociera el concepto de volar un avión sería sólo un objeto monstruoso o fantástico. En cualquier caso, incomprensible.

El ingreso del equipo de antropólogos de la Universidad de la República a los predios militares fue una ruptura significativa del gobierno de Tabaré Vázquez -continuada por el de Mujica desde el año pasado- con respecto a las políticas de derechos humanos de los gobiernos anteriores. Pese a que los resultados no han alcanzado las expectativas iniciales (cosa natural, por otra parte) y pese a que en algunos casos se han infundado ilusiones, el solo hecho de entrar a investigar en lo que hasta hacía pocos años parecía tierra prohibida fue, además de empezar a saldar una deuda innegable con los familiares de desaparecidos, una acción política que buscó interpelar al conjunto de la sociedad acerca de la participación de policías y militares uruguayos en la desaparición de personas. El acto realizado ayer en el Palacio Legislativo, impuesto por una sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, significó un nuevo paso en ese sentido, con el agregado de poner en cuestión ya no sólo a las fuerzas represivas sino al Estado en su totalidad. Esto podría significar un punto de partida en el reconocimiento social de otras dimensiones de la responsabilidad que, además de contemplar las de tipo criminal, como se ha hecho hasta ahora, incluyera los niveles de la complicidad política y moral. Pese a ubicarse en una dimensión diferente a la primera estos niveles de participación son fundamentales para poder entender por qué pasó lo que pasó. En otras palabras, sería erróneo e injusto enjuiciar de forma póstuma a Daniel Rodríguez Larreta (por nombrar sólo a uno de los colaboradores de la dictadura más reconocidos) de la misma forma que a Gavazzo, pero eso no lo exime de la responsabilidad de haber sido uno de los principales sostenes, desde el Consejo de Estado y las páginas del diario El País, del Estado terrorista.

No obstante todo esto, el avance que han significado los dos gobiernos frenteamplistas en la búsqueda de respuestas para el qué, cómo, cuándo y dónde parece haber opacado la renuncia al ensayo de nuevas exploraciones en torno al por qué. Y aquí es cuando regresamos a la cuestión del sentido de las cosas.

Pese a que el período anterior al golpe de Estado difícilmente pueda ser caracterizado como una guerra civil, existe una visión de la historia que gusta de reducirla a una especie de enfrentamiento en el vacío entre tupamaros y militares. Desde la posdictadura esa visión es el sentido común de los partidos tradicionales. Podría definírsela como un muro contenedor para la razón, que correría el riesgo de descascararse si cada tanto no se le pasara una mano de pintura, como la que le dio la semana anterior Luis Alberto Lacalle, durante la inauguración del curso de formación política para las juventudes del Partido Nacional, o la de Julio María Sanguinetti en el último editorial del Correo de los Viernes.

Pero este planteo también ha figurado en el discurso de los gobiernos frenteamplistas. El “Nunca más uruguayos contra uruguayos” de Tabaré Vázquez y la tendencia de Mujica, en muchas de sus tomas de posición acerca del tema, a reducir la historia a su experiencia personal y a la del MLN-T parecen expresar ese abandono del Frente Amplio (FA) gubernamental a dar la discusión ideológica sobre ciertos temas, optando por camuflarse en una posición conformista que no comprometa la supremacía electoral. Marcada por la agenda de los partidos tradicionales, como parece suceder en materia de seguridad o educación, la política de los gobiernos del FA se transforma en algo así como una reacción instintiva en procura de la mera sobrevivencia -gobernar-, antes que ser una lógica capaz de cuestionar la realidad y dirigir esa vida hacia objetivos más elevados.

La consolidación de una izquierda que hoy no ve al capitalismo como un objeto a discutir sino como una realidad dada e inexorable parecería traducirse en una suerte de vergüenza sobre su propio pasado, en el que había gente que conjugaba la política en términos de revolución, justicia social y liberación, que hoy son malas palabras o chistes de Capusotto y que, por lo tanto, no admitirían el menor intento de ponerles un sentido anclado en la realidad. De ahí que el FA se quede sin argumentos cada vez que algún pretendido demócrata de pura cepa le recuerda que en febrero de 1973, cuando el gobierno “democrático” de Bordaberry fue desafiado por parte de las Fuerzas Armadas, apoyó lo actuado por los militares en vez de respaldar al presidente.

De seguir así podrán ubicarse más cuerpos de desaparecidos, pero mientras socialmente continúen construyéndose como el producto aberrante del sueño de dos locos, seguirán siendo aviones para personas que no conciben lo que es volar.

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