Secuestrados

Columna de opinión.

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El martes, camino al cementerio de Modi'in, miles de israelíes acompañaban los cuerpos de los tres jóvenes secuestrados y asesinados: Gil-Ad Shaer y Naftalí Frenkel, de 16 años, y Eyal Yifrach, de 19. Después de ver las dolorosas imágenes de sus padres despidiéndolos, decidí tomarme un pequeño descanso en el trabajo. Era el primer día de vacaciones de mi hijo y lo llevé a comprarse unos cham...
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El martes, camino al cementerio de Modi'in, miles de israelíes acompañaban los cuerpos de los tres jóvenes secuestrados y asesinados: Gil-Ad Shaer y Naftalí Frenkel, de 16 años, y Eyal Yifrach, de 19. Después de ver las dolorosas imágenes de sus padres despidiéndolos, decidí tomarme un pequeño descanso en el trabajo.

Era el primer día de vacaciones de mi hijo y lo llevé a comprarse unos championes de fútbol como los de Neymar, Gastón Ramírez, José María Giménez y muchos más. Las noticias en nuestra casa invaden cada rincón y me esperaba una larga noche de trabajo. Él se merecía un rato conmigo y también con sus championes, dado el esfuerzo de un año de clases. Así que calculé el tiempo para poder seguir la cobertura desde la televisión y viajamos al centro de Jerusalén. Para quien no visitó nunca esta ciudad, el centro consiste en unas cuantas cuadras en forma de triángulo.

Con los nuevos championes en la mano marchábamos por la peatonal Ben Yehuda cuando comencé a captar a lo lejos mucho más movimiento del común: coches de la Policía, policías a caballo y muchos israelíes ultranacionalistas religiosos. Los instintos prendieron luces rojas, pero era nuestro camino.

Al llegar a la plaza Zion, nos vimos envueltos por grupos de decenas de personas, en su mayoría jóvenes, que cargaban pancartas y cantaban "muerte a los árabes" mientras marchaban camino a la ciudad vieja de Jerusalén. No era una manifestación, eran grupos de personas que coreaban sin cesar, una y otra vez, esas palabras cargadas de odio. Traté de evitarlos y cruzamos la calle pero era imposible; el fluir de la gente no cesaba. Unos entraban en negocios, buscando trabajadores palestinos, otros simplemente no paraban de cantar. Me llené de preocupación y de dolor. En las calles de Jerusalén las masas pedían venganza, querían revancha. Daba miedo.

Si bien en mi bolso cargaba con cámaras, el instinto de padre se sobrepuso al profesional. Le tomé la mano a Guil y por una calle lateral lo saqué del centro de la ciudad. Para un niño que crece con árabes en su escuela todo esto disparó miles de preguntas, algunas de las cuales no me atreví a contestar.

Para entender tanto odio hay que volver 20 días atrás, al momento en que los tres adolescentes fueron secuestrados en Cisjordania, territorios ocupados, donde se sentían suficientemente seguros como para hacer dedo camino a sus casas a las diez de la noche. Tres adolescentes inocentes pagaban el precio de la dura ocupación israelí. Una tragedia, resultado de un conflicto que no encuentra una solución. Civiles que pagan con sus vidas el precio de las guerras sin fin. Ninguna bandera, ninguna causa puede justificar la muerte de estos jóvenes.

Pocas horas después del secuestro, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, no dudó en acusar a Hamas, y las fuerzas de seguridad comenzaron con los arrestos masivos a sus líderes y activistas en Cisjordania. Una oportunidad política de interferir en el gobierno de unidad nacional, creado por el presidente palestino, Mahmud Abbas, al cual Israel se oponía fuertemente.

Analistas de seguridad en medios israelíes siguen señalando el secuestro como una acción organizada por los propios secuestradores, que pertenecen a Hamas, y no como algo orquestado por el movimiento, a pesar de los festejos y de las declaraciones de parte de sus miembros. Hasta ayer, no había ninguna declaración creíble en la que una organización se hiciera responsable por el secuestro y asesinato de los jóvenes.

Además, el liderazgo israelí una y otra vez declaró a los medios que se trabajaba bajo la hipótesis de que los jóvenes estaban vivos, creando una esperanza en la población israelí. Miles de soldados buscaron durante días en la zona de Hebrón, zona en la que se creía que los secuestradores escondían a sus víctimas. Cubrí parte de las búsquedas con la sensación de que poco se sabía acerca de dónde podían estar.

El 30 de junio, aproximadamente a las 18.30, la espera ansiosa por noticias positivas desaparecía. Los cuerpos sin vida de los jóvenes eran encontrados no muy lejos del lugar donde fueron secuestrados. Ese día la censura oficial permitía publicar la grabación de un llamado telefónico que uno de los secuestrados, Yifrach, logró hacer desde su celular a la Policía. Su voz decía: "Me han secuestrado". Después, la voz de uno de los secuestradores gritaba que bajaran la cabeza, y a continuación se escuchaban disparos y gritos de dolor. Ese mismo día, además, se pudo saber que en un coche quemado que habían utilizado los secuestradores habían manchas de sangre y cartuchos de balas. Durante 18 días el gobierno y las fuerzas de seguridad sabían que la suerte de los jóvenes había sido marcada poco después de su secuestro.

La madrugada del miércoles era sacudida por las noticias que venían del barrio palestino Shoafat, en Jerusalén Oriental. Mohammed Abu Khdeir, de 16 años, había terminado su comida antes del comienzo del ayuno de Ramadán y esperaba fuera de su casa a sus amigos para ir a la mezquita a rezar. Un auto con tres personas se detuvo. Mantuvieron con él una corta conversación para luego meterlo a la fuerza en el auto y secuestrarlo; ayer vi cientos de veces un video de la cámara de seguridad frente al lugar de los hechos confirmándolo.

Sus padres lo buscaron pero no lo encontraron, por lo que llamaron a la Policía. Una hora y media después su cuerpo aparecía calcinado en el bosque de Jerusalén. Si bien hasta el momento en que escribo la Policía israelí sigue investigando el motivo, para familiares y vecinos no hay ninguna duda. Mohammed fue secuestrado y asesinado como venganza por la muerte de los adolescentes israelíes. La ira se despertó en el barrio de Shuafat, donde palestinos enfrentan a la Policía israelí por segundo día consecutivo.

El testimonio de los padres, de otros testigos y de una familia cuyo hijo intentaron secuestrar el día anterior son suficiente para mí: mientras la Policía no demuestre lo contrario, Mohammed fue víctima de quien quiso vengarse. Tal vez me equivoque, pero las voces pidiendo venganza y muerte a los árabes del día anterior aun suenan en mi cabeza.

A quien quiera argumentar que el episodio de Jerusalén involucra a unos pocos le contaré que una página de Facebook bajo el nombre "El pueblo de Israel exige venganza" recibió 35.000 "me gusta", y allí decenas de israelíes -civiles y soldados- colgaron fotos sosteniendo carteles en los que exigen venganza.

Para completar el escenario de violencia, los distintos grupos islamistas no paran de disparar cohetes y morteros a la población civil israelí desde Gaza, y reciben como respuesta bombardeos aéreos israelíes.

Hace tiempo que se habla de una tercera intifada. Soy de los que cree que en ambos lados se ha aprendido sobre el alto precio que se paga en vidas cuando sólo las armas hablan. Sin ningún canal de diálogo, los hechos de los últimos días abren un nuevo capítulo violento que pone en peligro la frágil estabilidad de la zona.

Sin un acuerdo de paz que busque una solución justa para ambos pueblos, que les permita vivir en paz y en seguridad y que termine con la ocupación israelí en Cisjordania, la violencia volverá, siempre. Un cartel que circula en las redes sociales anuncia: "Hemos sido secuestrados, ambos pueblos somos rehenes de los extremistas de ambos lados, Israel-Palestina 2014".

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