A mediados de los años 50 existió una campaña de desinformación y mentiras que intentó asociar a la delincuencia juvenil con el consumo de historietas de temática oscura, como aquellas que contaban historias de criminales famosos o las de monstruos sanguinarios. La táctica del miedo tuvo su efecto y las editoriales más importantes se comprometieron a implementar un férreo código de conducta, que prohibía escenas de violencia, la aparición de vampiros y hasta las palabras “horror” y “terror” en los títulos de las revistas. Evitaron así una intervención gubernamental, y de paso se sacaron de encima a EC Comics, que hasta entonces se comía el mercado con títulos como Cuentos de la cripta y La bóveda del horror.

Eso dejó las puertas abiertas para el regreso del género que 15 años antes era el preferido de los niños (hasta el momento, mayoría absoluta entre los lectores de cómics): los superhéroes. DC Comics inauguró esta Edad de Plata resucitando a sus personajes más destacados de los años 40 y, en muchos casos, reconvirtiéndolos para las nuevas generaciones. Linterna Verde, por ejemplo, cambió su origen místico por uno de ciencia ficción, y se volvió un piloto de pruebas que era reclutado por una fuerza policial intergaláctica. El golpe de gracia llegaría en 1960 con la aparición de la Liga de la Justicia, versión plateada de la Sociedad de la Justicia. En ambos casos se trataba un supergrupo con los héroes más destacados del momento.

Cuenta la leyenda que Martin Goodman, capo de lo que luego sería Marvel, estaba jugando al golf con Jack Liebowitz, capo de DC Comics. Este último fanfarroneó durante la partida con el éxito de juntar a varios personajes en un mismo título, y Goodman se fue con la idea de crear algo similar. Por suerte, tenía a la persona perfecta para esa misión, un guionista de casi 40 años que llevaba la mitad de su vida en la industria: Stanley Martin Lieber. Stan Lee.

El éxito de Marvel, que en pocos años le arrebataría el primer lugar en ventas a su “Distinguida Competencia”, puede explicarse con la aparición del primer número de Los Cuatro Fantásticos, en el que Lee crea esos personajes tan complejos como imperfectos, esos personajes tan humanos, cuya fórmula repetiría con éxito en Spider-Man, los X-Men, Hulk, Iron Man, Thor y tantos otros.

Pero Lee no tenía solamente una fértil imaginación: también contaba con la capacidad innata de venderse como producto y se transformó en la cara visible de la compañía, contestando los correos, escribiendo editoriales y haciendo toda clase de cosas para que los lectores percibieran que Marvel era un sitio amigable del que podían sentirse parte.

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Este personalismo lo acompañó durante el resto de su vida, lo que hizo que mantuviera un cargo honorario dentro de la compañía luego de retirarse, que encabezara proyectos de dudosa reputación que se vendían sólo por su nombre, y que diera cientos de entrevistas en las que contaba, una y otra vez, cómo había creado a algunos de los superhéroes más famosos del mundo.

Y si bien nunca recibió una remuneración acorde al beneficio que tuvieron los accionistas (las películas del Universo Cinematográfico de Marvel llevan recaudados más de 17.000 millones de dólares), hubo quienes la pasaron mucho peor: los cocreadores de cada uno de esos personajes, ya que Stan solamente ponía palabras en un papel que, muchas veces, eran sólo un disparador para que los artistas terminaran de imaginar aquellos universos.

El espíritu jovial de Lee y su supuesta mala memoria hicieron que en reiteradas ocasiones ninguneara el aporte de Steve Ditko (cocreador de Spider-Man) o de Jack Kirby (cocreador de los Cuatro Fantásticos, los X-Men, Iron Man, Hulk y Thor, entre otros).

Fue así que el portavoz perfecto se volvió cada vez más famoso, haciendo cameos en más de 30 películas (incluyendo una aparición brillante en ¡Jóvenes titanes en acción! La película), mientras que Kirby falleció peleando por un reconocimiento que jamás estuvo a la altura de lo que merecía y Ditko se convirtió en un huraño que contestaba a sus fans en cartas de puño y letra.

Los últimos meses de Lee suavizaron el rencor de algunos de sus colegas, ya que luego de la muerte de su esposa Joan, con quien estuvo casado 70 años, fue manipulado por mafiosillos que le pasarían el trapo a Funky Flashman, la parodia de Lee creada por Kirby en su pasaje por DC Comics. Como tantas estrellas mal asesoradas, Lee fue obligado a sacarse fotos con los fanáticos en un estado de salud que no ameritaba apariciones públicas, y finalmente este lunes se produjo su desaparición física.

Stan Lee transformó la industria del cómic en forma irreversible y fue ese tío (luego abuelo) canchero que te anima cualquier entrevista; sin embargo, muchos en la industria no olvidan que su ego opacó el trabajo de al menos una persona que mereció ser tan reverenciada en 1994 como está ocurriendo con él por estas horas en las redes sociales. Larga vida al Rey.