La máquina de dibujar

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Ciertamente, son los personajes de ficción los que a veces contribuyen a la fama de los trabajadores que los dibujan en historietas. Haber dibujado a Batman le dio a Eduardo Barreto una suerte de fama en Uruguay que trascendió los círculos de quienes leen cómics y saben que aquel fue sólo uno de los tantos hitos en su larga carrera. A Gezzio, que le abrió las puertas a Barreto cuando este comen...
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Ciertamente, son los personajes de ficción los que a veces contribuyen a la fama de los trabajadores que los dibujan en historietas. Haber dibujado a Batman le dio a Eduardo Barreto una suerte de fama en Uruguay que trascendió los círculos de quienes leen cómics y saben que aquel fue sólo uno de los tantos hitos en su larga carrera. A Gezzio, que le abrió las puertas a Barreto cuando este comenzaba a trabajar, le pasó algo más o menos parecido debido a que trabajó durante décadas en la revista Charoná y definió la imagen del personaje que le daba nombre. Uno fue nombrado repetidas veces como “el uruguayo que dibuja Batman”, y el otro como “el dibujante de Charoná”, aunque esas fueran sólo las proverbiales puntas de los icebergs de sus carreras. La muerte les dio a los dos un reconocimiento más amplio. La de Gezzio, ocurrida este martes, a los 73 años de edad, puso sobre el tapete la carrera de un trabajador que ilustró la infancia de casi todo Uruguay, sin habérselo propuesto.

Se llamaba Williams Omar Geninazzio Pólvora y creció en Nueva Palmira. Año tras año, volvía allí para visitar a familiares, mantener el contacto con los vecinos e incluso colaborar con el diario local El Eco. A pesar de estar jubilado, Gezzio nunca dejó de dibujar ni de colaborar e incluso editar numerosas publicaciones en papel y en línea. Dibujaba todos los días, salvo aquellos en los que se dedicaba a pensar qué dibujar.

Sin saber bien de dónde nacía su vocación, Williams Omar dibujaba desde chico, casi a contracorriente de la herencia familiar. Su abuelo paterno era un hombre de campo que falleció en un duelo, en circunstancias de las que se hablaba poco, y sus abuelos maternos eran fabricantes de pólvora que habían llegado desde Brasil. En la escuela aprendió a hacer un hectógrafo, un artefacto casero de impresión con gelatina que le permitía hacer una decena de copias de los ejemplares de las revistas de humor gráfico e historietas que les vendía a sus compañeros. Como no podía pagarse los cursos de dibujo por correspondencia con los que soñaba, estudió para concursar por un trabajo de bancario, y también magisterio. Sin embargo, nunca llego a trabajar en un banco ni a recibirse de maestro, porque antes se compró una tabla de dibujo y logró costear uno de aquellos cursos con sus ahorros, respaldado sobre todo por su madre.

El gran salto

En 1965 empacó sus cosas y viajó a Montevideo para quedarse en casa de un tío materno mientras probaba suerte. La misma mañana en que bajó del ómnibus se fue hasta el diario El Día, que había sido fundado en 1886 por José Batlle y Ordóñez. Le habían dicho que se presentara con el dibujante José Rivera, pero el portero le explicó que no iba a llegar hasta las ocho de la noche, por lo menos. Así que esperó. Y cuando llegó Rivera, nadie le avisó. Más tarde, el portero recordó que estaba ahí y le dijo que podía entrar.

Rivera era el dibujante oficial de El Día desde hacía años, un autodidacta que nunca había pensado en dedicarse a ese oficio y que en 1957 había publicado en el diario una adaptación de la novela Ismael (1888), de Eduardo Acevedo Díaz. Empezó por aclararle a Geninazzio que no había trabajo para él, pero cuando vio sus dibujos lo llevó ante el secretario de redacción, quien se impresionó lo suficiente como para darle una oportunidad. “Demoraron tres días en avisarme. Me ofrecían ponerme como aprendiz de Rivera, pero yo tenía que pagarme el boleto, la manutención y seguir dependiendo de mi tío, porque era un trabajo gratis. Y lo peor era que me pedían una respuesta inmediata”, contaba. No tuvo otra opción que aceptar.

Gezzio nació al poco tiempo, cuando Williams pudo poner su firma por primera vez en el diario. Los maquetadores le dijeron que el apellido Geninazzio era demasiado largo para el espacio disponible, de modo que, tras varias pruebas, nació ese seudónimo con el que todo el mundo lo conoció desde entonces. Fue como un sello que marcó su voluntad inagotable de dibujar sin parar como un trabajador de las artes gráficas, sin ínfulas de artista ni pretensiones extrañas. “Hubo una época en que casi no dormía, cuando apareció el boom del álbum de figuritas en los 70”, recordaba; dibujó decenas de ellos (un trabajo que se pagaba muy bien en una época dura), entre ellos el de Súper Cacho, un personaje de Cacho de la Cruz.

En El Día hizo de todo, desde retocar fotografías deslucidas hasta ilustrar el suplemento El Día de los Niños y también noticias policiales, a partir de lo que le contaban los cronistas. Mediante los contactos que hizo en el diario consiguió otros trabajos, por ejemplo en el semanario Al Rojo Vivo, e incluso un contrato de un año para dibujar en vivo en un programa de televisión conducido por Cristina Morán. El arquitecto, empresario y dibujante Sergio Boffano lo contrató para su revista Charoná, lo convirtió en su dibujante de cabecera y le asignó la tarea de hacer las historietas del personaje del título, al que le dio su forma definitiva.

Sin pausa

En 1971 Gezzio empezó a publicar en Charoná la historieta Santos Cruz, que es tal vez una de sus obras más conocidas y que tuvo un desarrollo singular: empezó con una trama de venganza, luego pasó a la historieta histórica pura y dura, y desembocó en la fantasía. Fue una especie de eco lejano de la infancia de Williams, cuando se crio escuchando historias y leyendas del campo, bajo la sombra de la muerte de su abuelo. Hace pocos años, como muestra de su incansable voluntad y también de su gusto por mantenerse en contacto con las nuevas generaciones, hizo una versión remozada de Santos Cruz guionada por Rodolfo Santullo. Son alrededor de 90 páginas que fueron parcialmente publicadas en internet y que aún esperan una edición en papel.

A mediados de los años 70, la revista Patatín y Patatán le ofreció un sueldo mayor que el que ganaba en Charoná, y decidió dejar esa publicación; su director, el mencionado Boffano, en vez de buscar el modo de retener a tan estrecho colaborador, le retiró el saludo. Tal vez en aquel entonces no se percibía, pero el trabajo de Gezzio daba forma, semana a semana, al imaginario escolar de decenas de miles de niños, y su arte construía gran parte de la identidad de aquella revista. Miles de cartulinas escolares se armaron con sus dibujos para explicar cómo eran los charrúas, las pirámides, Juan Antonio Lavalleja o muchísimos otros temas del programa curricular. De todos modos, años más tarde volvió a Charoná, tras el cierre de Patatín y Patatán.

Más tarde perdió su trabajo en El Día, cuando el director del diario se ofendió porque él dibujaba al mismo tiempo para la legendaria revista El Dedo, dirigida por Antonio Dabezies. Eso, a su vez, lo llevó a hacer algunos trabajos para agencias de publicidad, y al mismo tiempo trabajaba en el área de prensa de la Intendencia de Montevideo.

La gran cantidad de encargos que recibía le permitió abrir su propio estudio de dibujo en 1985 y contratar asistentes, sobre todo a partir de que un empresario le encargó la ambiciosa tarea de ilustrar los cuentos de Horacio Quiroga en gran formato. “Por suerte, siempre tuve mucho trabajo. Trataba de que los tiempos me coincidieran, así que en mi estudio hacía cosas para afuera y a veces llevaba cosas para el municipio”, contaba.

En 1990 tuvo un infarto exactamente sobre su mesa de dibujo y con un lápiz en la mano. A las pocas semanas volvió a dibujar. En 1999 editó la revista Balazo, en la que incluyó la adaptación de Ismael realizada por Rivera hacía ya más de cuatro décadas, y les mostró a las nuevas generaciones por qué se lo consideraba un maestro. Entre muchas otras cosas, en este siglo había sustituido a Enrique Ardito en la tira Viviana y Yamandú, que salía a diario en el diario La República.

En 2013 sufrió un accidente cerebrovascular mientras fotografiaba unos edificios como referencia para una historieta, y no se dio cuenta hasta que su esposa lo arrastró al médico. Eso tampoco fue obstáculo para que, poco después, retomara su trabajo. “Lo llevo en los genes”, fue la sencilla explicación que me dio cuando hace un año le pregunté por qué no paraba. No es casualidad que el blog que mantenía día a día, en el que permanece parte de su legado, se llame Mi mundo dibujado.

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