El rockero de lentes negros

Renzo Teflón (1962-2018)

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¿Qué había atrás de esos lentes negros? Decían que tenía un problema en la vista, que escondía unos ojos verdes, que se hacía el interesante. Era 1986 y Renzo era la clase de figura que generaba –y alimentaba– ese tipo de especulaciones. Una estrella, la primera o la única, del nuevo rock nacional. Dos por tres uno se mete en conversaciones acerca de lo rápida e intensamente que se vive en o...
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¿Qué había atrás de esos lentes negros? Decían que tenía un problema en la vista, que escondía unos ojos verdes, que se hacía el interesante. Era 1986 y Renzo era la clase de figura que generaba –y alimentaba– ese tipo de especulaciones. Una estrella, la primera o la única, del nuevo rock nacional.

Dos por tres uno se mete en conversaciones acerca de lo rápida e intensamente que se vive en otras partes. Dice cosas como que la carrera de los Sex Pistols, la última banda que cambió al rock para siempre, duró apenas tres años. Y se olvida de que lo de Los Tontos con Renzo fue igual de vertiginoso. Cuando grabaron su primer disco llevaban un año largo tocando, y durarían otro año y otro disco más. (Hubo Tontos luego, pero eso no importa por ahora.) El disco Los Tontos fue editado por Palacio de la Música en ese año alto del nuevo rock nacional, 1986, el de los grandes recitales, como el del Teatro de Verano o el primer Montevideo Rock, el año de la explosión de las bandas nuevas, el del avance de Los Estómagos y el del disco debut de Los Traidores, punta moral y punta rebelde del tridente neorockero que completaban Los Tontos. Es imposible pensar en esa movida sin Renzo y los suyos, el músico y la banda más populares de toda la camada.

En 1986, para empezar, Los Tontos tenían, desde finales del año anterior, un hit que sonaba en absolutamente todas partes: en las radios, en los ómnibus, en parodias de los programas televisivos de humor, en fiestas, en cumpleaños. La gente lo conocía como “El tema del puré” o “Quiero puré”, pero en rigor se llamaba “Himno de los conductores imprudentes”, una composición del baterista de la banda, Trevor Podargo (nacido Leonardo Baroncini), junto al compañero de ruta Alberto Mandrake Wolf. Era imposible no escucharlo: atravesó generaciones, clases sociales, gustos musicales. Y además, también se lo podía ver: era la época de los videoclips y los creadores locales se ponían a tiro en base a breves tomas originales y edición bandida de fragmentos importados. El productor Alfonso Carbone no sólo editaba a la mayoría de las nuevas bandas desde su puesto en Palacio de la Música –que también tenía su emisora de FM–, sino que tenía además dos programas de música en la televisión pública (o, como le decíamos entonces, Canal 5), y allí fueron apareciendo las nuevas bandas locales.

En ese mismo año, Los Tontos tuvieron su propio programa de televisión. Canal 4 emitió La cueva del rock los sábados de tarde durante la segunda mitad del año. Allí, además de presentar “videos”, llevaban a bandas en vivo, y también tocaban ellos. Si pueden, youtubeen “Agua podrida”, el cover del tema de Leo Maslíah que tocaron en el programa junto a él, y que luego grabarían en su segundo disco. Conviene recordar que por entonces todo el mundo miraba tele y que sólo había cuatro canales (nada de cable ni internet). Ocurrente, espontáneo, gracioso, Renzo era el conductor principal de La cueva del rock. Una vez, llegó a anunciar que se quitaría los lentes oscuros al final del programa. Lo hizo, pero de espaldas a la cámara.

Todo era nuevo. El rock uruguayo, el rock uruguayo en la tele, los recitales de rock uruguayo, la forma de ser joven, andar con auriculares por la calle. Los Tontos tocaban mucho y tocaban en todo el país, y también llegaron un poco más allá. Al año siguiente apareció el nuevo disco, Tontos al natural, cuya edición en casete venía en una lata. Para el segundo Montevideo Rock eran grandes; para algunos, demasiado grandes, demasiado queridos, demasiado famosos. El episodio es conocido: unos boludos les arrojaron frutas, el grupo sintió el golpe afectivo, hicieron un toque más en el interior y luego Renzo dejó la banda.

Todo eso, desde los primeros ensayos hasta el final, ocurrió en menos de tres años.


Lo conocí bastante después de todo aquello, que siguió abrumándolo hasta el final. Fue a mediados de los 90. Estaba recluido, primero en lo de sus padres, adonde había vuelto, y luego con su propia familia. Entusiasmado con lo hogareño, que incluía su estudio casero. No había dejado de hacer música. Se había obsesionado con la electrónica y la grabación. Mucho después leí una entrevista a Joe Strummer, el de los Clash, en la que decía que luego de haber dejado su banda había pasado largo tiempo entendiendo cómo grabarse a sí mismo, pero que la aparición de lo digital había vuelto inútil su aprendizaje. Renzo, al revés: cualquier dato sobre microfonía o circuitos le venía bien para sus proyectos de baja fidelidad. Lo importante era hacerlo él sólo, lejos del negocio de la música. Do it yourself, a lo punk. (Anoche, una amiga lo asoció a la movida punk en Facebook y lo primero que pensé fue que Los Tontos habían sido la menos punk de aquellas bandas, pero ahora es obvio que todas, en aquel momento en que se agolpaban tantos estilos novedosos, tenían algo de punk, y más tarde me acordé de esto otro, de que su manera de producirse fue la más punk de todas).

No todo había sido silencio después de Los Tontos. En 1988, cuando el rock nacional agonizaba, había editado un disco solista, Je, je, que era brillante, ambiental, muy moderno, y muy poco humorístico. Con mis hermanos fuimos a verlo presentar ese disco. Los otros Tontos, Calvin Rodríguez y Podargo, habían sacado un álbum sin él, delicadamente titulado Chau, Jetón. Como tantas bandas que trataron de seguir descabezadas, no duró mucho. Una que sí duró sin su alma fue Pink Floyd, y la traigo para nombrar a Syd Barrett, el genio loco y ausente en quien muchas veces termino pensando cuando pienso en Renzo. O al revés.

Yo me había acercado a él buscando consejo y terminamos tocando juntos. Encontré a un tipo generoso, inteligentísimo y muy, muy divertido, como sugerían muchas de su letras. Inquieto, sintonizado con cierta música nueva con su antena particular. Ya no iba de lentes, claro. Sus ojos eran marrones, poderosos, y miraban un poco para afuera y un poco para adentro.


En el cambio de siglo, Renzo reformó brevemente a Los Tontos con otros músicos. Un par de toques, un disco con temas viejos y vuelta a casa. Antes había armado otro trío con Gerardo Bruno y Juan Carlos Fuentes, Los Drinkin’ Boys, que mezclaban hiphop y bases de rock, muy a lo Rage Against the Machine; hay algunos temas en la red, como “Motín en el INaMe” (el Iname ahora es el INAU), que muestra bien el giro que había dado la música de Renzo.

Después, en los 2000, Renzo se asoció a Nacho Piñas, con el que sacó dos discos bajo el nombre Fachos a Go Go y con quien llegó a tocar en vivo por lo menos una vez. El primero, Al fondo a la derecha, apareció en 2008. Los dos compositores alternaban temas; los de Renzo, por momentos, volvían a brillar. En “Estados Unidos”, por ejemplo, retomaba con fuerza el reclamo antiimperialista cultural que había asomado en Los Tontos (“Canción importada” hablaba casi de lo mismo), con dos toques notables: la recuperación de la sigla como onomatopeya rockera (“¡Eh, eh”!, “¡uh, uh!”) y el verso “Las casas, la lluvia, la gente, el frío / son mucho mejor en los Estados Unidos”. Pero ese disco, sobre todo, tenía “Sin tu amor”, compuesto junto al ex Cadáveres Ilustres (hoy en Buitres) Orlando Fernández, uno de esos temas tan lindos, tan acertados, que nos hacen pensar en un mundo en el que fuera posible que, sólo con las regalías, Renzo pudiera dejar su trabajo precario como reparador de PC. Pero no era un pop más justo lo que Renzo buscaba, sino otro tipo de justicia.

En 2013, los Fachos a GoGo lanzaron Sgt Pepe Empty Heads Club Band, con portada de Óscar Larroca en juego con la clásica de los Beatles. Ese año, Renzo había hecho música para la exposición Santas Pascuas –también con un espíritu “que se vayan todos”– que Larroca montó en el Museo Nacional de Arte Visuales, y en donde asomaba su amor por la electrónica primitiva. (No era la primera vez que se embarcaba en un proyecto así: a principios de los 90 había colaborado con el videoartista Enrique Aguerre, hoy director de ese mismo museo). Sgt Pepe tenía, además de durísimos e ingeniosos versos dirigidos al entonces presidente José Mujica, otro de los grandes temas de Renzo: “¿Dónde estabas?”, que pregunta, muy abiertamente pero sin restricciones, qué hacía cada cual durante la dictadura. Para entender un poco su cabeza, para entrar a su obra, es bueno saber que en 1973 Renzo tenía 11 años y que su padre fue detenido político hasta 1985.


Se llamaba Renzo Guridi. Eso lo sabíamos, pero anoche en la redacción tuvimos que buscar el año en que nació. Lo encontramos en la red, en un proyecto de ley para concederle una pensión estatal que presentó hace pocos días el diputado Sebastián Sabini. Era noticia ya que Renzo estaba muy enfermo. En su tema “Yo seguiré” habla un poco de eso, creo que sin saberlo. Pero también habla de continuar creando pese a todo.


Renzo estuvo lejos, pero nunca quieto. A lo largo de los años fue compartiendo temas en las redes que daban una pista de por dónde iba su cabeza. Unknown, el disco que le editó hace unos meses el sello Kissero, es una compilación de algunas de esas canciones. Mitad electrónica instrumental, mitad temas cantados en inglés, indica que Renzo seguía buscando y mutando. Su voz, en ellos, suena distinta: más cantada. En la emisión de Renzo, en su fraseo casi hablado (o gritado) al borde de la afinación, creo que hay una huella de Leo Maslíah, de quien fue alumno; vale recordar la conexión porque la tensión entre ruptura total y continuidad con cierta escuela local fue una sobre la que Renzo volvió más de una vez, tanto en los 80 como en estos años de cumbia pop.


¿Por qué fueron tan populares Los Tontos? La recuperación democrática alentaba el cambio y el rock era lo nuevo, pero eso no alcanza para explicar por qué ellos y no otros. No eran el grupo de sonido más comercial de los que se lanzaron públicamente en la compilación Graffiti, de 1985 (que fue una especie de sonda exploratoria lanzada al mercado juvenil), pero ese fue el disco en el que apareció el “Himno de los conductores imprudentes”. De las tres bandas “grandes”, sin dudas Los Tontos era la más pop, pero su humor estaba lejos de ser tranquilizador: había pachanga, sí, pero sobre todo había humor negro y muchos, muchísimos mensajes antiautoritarios; volvamos a escuchar “Ana la del quinto” (que se bailaba como una lenta) para comprobar qué vigente sigue su retrato de un indiferente/indignado, o vayamos a versos como “un policía reprime mucha gente, dos policías reprimen muchos más”, recordando que aquellos eran también los años en que debió surgir la Coordinadora Anti Razzias. Los Tontos eran graciosos, pero tenían ese filo.

Principalmente, tenían el carisma de Renzo. Un tipo que sabía hacer una mueca hilarante en el momento justo, ridiculizar inadvertidamente al entrevistador ocasional, o contestarle inmediatamente a un zapallo que le gritaba desde el público (Zapallo: “¡Imbécil!”, Renzo: “Epa, alguien vino a verme”). Un tipo capaz –como Lennon, que también debe estar presente– de correrse en dos pasos desde el absurdo volado a la crítica social directa.

También, un tipo que sabía encajar un golpe, como dicen los españoles, pero al que finalmente le resultó demasiado. Su rápido ascenso y su bastante voluntaria –pero no por eso menos mortificante– caída son parte de un fenómeno pop común en otros medios, pero excepcionales en este. No debe ser fácil pasar por eso, y menos fácil todavía si no hay cerca quien comparta la experiencia. “Unknown”, el tema, repite casi exclusivamente “desconocido en mi patria”.

Y, sobre todo, un tipo que fue un ícono: sus pelos parados y sus lentes oscuros fueron la imagen de aquel rock nacional. Creo que entonces ya presentía algo, que un poco no se creía lo que le estaba pasando, esa fama tan repentina y tan poco uruguaya, y que lo de los lentes era su seguro para estar a resguardo en los tiempos que vendrían. Después de todo, estaba recorriendo territorios inexplorados: aprendía a ser joven mientras se lo enseñaba a toda una generación.

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